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Coca nostra

Antonio Caballero refleja sobre los efectos del cultivo de coca en Colombia.

2017/04/22

Por Antonio Caballero

El cocalero Diositeo Matitui recorre su cultivo en Policarpa, Nariño.

El hombre lleva un sombrero viejo y roto de franjas blancuzcas y verdosas, con el ala levantada en curva, copia más o menos de una corrosca campesina, o del sombrero vueltiao que hace poco fue declarado símbolo del país, como la palma de cera. Pero se ve que no es de paja ni de cañaflecha, sino de plástico. Importado, probablemente de la China. La camiseta es gris. Tal vez fue blanca. En letras negras lleva impreso un letrero que no se alcanza a leer entero, tapado a medias por las brillantes ramas, con dos eres mayúsculas: RR. Puede ser también de importación, con el logo de alguna universidad norteamericana. Lo que sí es local es el mar verde que cruza el hombre, hundido casi hasta el cuello, como si nadara entre las olas: un mar de matas de coca, tan grande que no cabe en la fotografía de la agencia AFP publicada a cuatro columnas por El Tiempo. Es coca colombiana, la nuestra: convertida en cocaína es nuestro mejor producto de exportación. Gracias a ella Colombia es famosa en el mundo entero. Como en otro tiempo fue famosa por el café.

En Colombia el cultivo del café y su exportación al mundo tuvieron consecuencias socioeconómicas trascendentales durante todo un siglo, desde los años setenta del XIX hasta mediados del XX. Fueron el motor de la economía, trayendo los capitales que se invirtieron en la naciente industria, especialmente en Antioquia; y fueron a la vez el motor de la incipiente transformación social al desarrollar una clase media de propietarios rurales, también especialmente en Antioquia y en sus regiones de colonización. Con el café vinieron una cierta prosperidad y una cierta modernidad. El cultivo de la coca y la exportación de cocaína han tenido en los últimos 40 años consecuencias de comparable envergadura, o aún mayores. Pero con una diferencia: todas son negativas.

Las cifras de la coca (y de la cocaína) son semejantes a las del café. Hay cerca de 200.000 hectáreas sembradas en más de medio país, que producen anualmente unas 700 toneladas de cocaína para la exportación. Aunque el grueso de las ganancias se queda por fuera del país, en manos de los exportadores, los distribuidores y los bancos norteamericanos y europeos, a Colombia entran posiblemente (es imposible conocer con exactitud las cifras de un negocio ilegal) 8.000 o 10.000 millones de dólares al año. Unas 200.000 familias campesinas están ligadas al cultivo, la cosecha y el raspachineo, de donde sacan apenas para su subsistencia: para comprar sombreros made in China. Un escalón más arriba, millares de personas más participan en el más lucrativo negocio de la protección, organizadas en mafias criminales y en ejércitos privados de los grandes capos. Amenazan y compran policías, funcionarios de aduana, comandantes guerrilleros, generales del Ejército, jueces, congresistas, banqueros, arzobispos. O asesinan a los que no se dejan comprar. Compran fincas, mansiones, equipos de fútbol, caballos de paso, reinas de belleza, políticos, periodistas, presentadoras de televisión. Hace 40 años un dirigente político, Julio César Turbay, tuvo que solicitar de la embajada de Estados Unidos un certificado de que no era narcotraficante para que se le permitiera aspirar a la presidencia de la república. Hace 20 años otro presidente fue elegido con los dineros del narcotráfico, ya sin pedir permiso, y no pasó nada: la financiación mafiosa de las campañas políticas se había instalado en las costumbres. Y hoy el espíritu mafioso ha corrompido hasta tal punto la conciencia moral del país que el múltiple asesino y jefe de sicarios del más poderoso de los narcotraficantes puede impunemente, desfachatadamente, convocar a una marcha contra la corrupción, como sucedió el pasado l de abril. La tajada grande de las ganancias se queda por fuera, pero es mucho el dinero que entra a Colombia: los miles de millones de dólares al año que gastan en cocaína los aproximadamente 20 millones de consumidores habituales de la droga, principalmente en Estados Unidos y en Europa Occidental, pero también en Asia y África y en la propia Colombia.

Exactamente como el café. Solo que al revés: es una bonanza que en vez de construir, destruye. Por una única razón: que a diferencia de la cafeína, la cocaína está prohibida.

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