Mario Jursich Durán.

Costos ocultos

Mario Jursich analiza 'Busca por dentro', la biopic dedicada al músico colombiano Jairo Varela.

2017/02/24

Por Mario Jursich Durán

Es una lástima que, salvo menciones dispersas en Facebook, Busca por dentro, la biopic dedicada a Jairo Varela, apenas haya tenido repercusión pública. En ese extrañísimo “documusical” –¿de qué otro modo llamar a esa trastabillante mezcla de entrevistas, material de archivo y videos musicales?–, la vida del compositor chocoano se muestra con unos sesgos tan notorios que uno hubiera deseado, además de una intensa polémica sobre el contenido del documental, una discusión que desbordara lo puramente fáctico –digamos, lo relacionado con el Grupo Niche y la salsa–, y se lanzara hacia aguas más profundas. No lo digo de manera retórica: Busca por dentro es, entre varias definiciones posibles, un magnífico ejemplo de los costos ocultos que implican ciertas decisiones en apariencia inanes.

Permítanme explicarlo. A mí y a muchos otros espectadores nos sorprendió la escasa atención que el documental les presta a los 15 años que Varela pasó en Bogotá. En ese lapso, de 1966 a 1982, el futuro autor de “Cali pachanguero” terminó el bachillerato, quiso estudiar en la Universidad Nacional, se casó y tuvo una hija, trabajó en la Secretaría de Tránsito, vendió tarros de Sustagen, fue discjockey en fiestas de amigos, empezó a escribir canciones y, luego de muchas contrariedades, consiguió darle forma a Niche y publicar Al pasito (1979) y Querer es poder (1981), sus dos primeros discos.

En Busca por dentro se mencionan algunas de estas cosas, pero de manera aislada, como si esos tres lustros solo hubieran sido un hiato sin importancia. La verdadera vida de Varela, nos insinúan los directores Marino Aguado y César Gálviz, empieza cuando se establece en Cali a los 33 años. (O, como diría un escéptico burlón: a la misma edad en que empieza a contarse, según los evangelios, la vida de nuestro señor Jesucristo.)

Aquí lo menos relevante es que ese “enfoque bíblico” impida ver material fotográfico desconocido (por ejemplo, esa foto en que un joven Jairo aparece mezclado con los integrantes de la Colombia All Stars) o contar con el testimonio de personas decisivas para el grupo en su primera etapa. (Pienso en Berta Quintero, cuya casa era el lugar donde Niche ensayaba casi todas las tardes).

El costo real de esta minimización es que al no hablar de músicos como Antero Agualimpia o Aristarco Perea, al omitir que Varela fue un asiduo visitante de La Casa Folclórica del Chocó, los televidentes no podemos entender ni cómo fue su aprendizaje musical, ni cuáles fueron las fuentes de las cuales bebió, ni qué lo llevó, sobre todo en sus trabajos iniciales, a mezclar con tanto acierto los ritmos del Pacífico con la salsa neoyorquina.

Lo mismo sucede con los 36 meses que Varela pasó en la cárcel. Ya que sobre el episodio solo se le pregunta al abogado defensor y a un círculo de amigos, los espectadores nos vemos impelidos a creer que fue un “malentendido” con unos cheques girados por Miguel Rodríguez Orejuela, la cabeza del cartel de Cali, cuando en realidad todo indica que se trató del peor de los racismos: “A Jairo no le perdonaron que abriera una discoteca de negros en un barrio de blancos”, dice, elocuentemente, uno de sus amigos.

(Incluso si uno admite la hipótesis, la cuestión con dificultad puede describirse en esos términos. Ni los cheques del cartel, ni la involuntaria cercanía con un lugarteniente del capo valluno Helmer Herrera, tuvieron que ver con la sentencia. A Varela le impusieron seis años de cárcel porque nunca pudo explicar de dónde había sacado dos mil millones de pesos para adecuar su discoteca La Chica de Rojo.)

Considerando en conjunto ambos sesgos, es inevitable concluir que Aguado y Gálviz los pusieron en práctica por una mezcla de regionalismo mal entendido y falsa corrección política. En sus cánones, no parece concebible que “el referente poético y musical del Pacífico colombiano” le debiera prácticamente todo a Bogotá y fuera, además de un compositor de primera fila, un –¿qué le vamos a hacer?– mal ciudadano.

Aquí me abstendré de repetir la obviedad de que a los artistas los juzgamos por sus obras, no porque sean magníficos padres de familia o puntuales contribuyentes al fisco. En su lugar, prefiero resaltar, como ya dije al comienzo, que estas decisiones en apariencia neutras implican a menudo un inesperado y prohibitivo costo oculto, tal como se ve hacia el final de Busca por dentro.

Allí un productor caleño de apellido Sánchez sostiene que a Varela nunca lo debieron haber condenado porque “en esa época todo el mundo trabajaba para don Miguel”. Acaso sea por la nostalgia con que recuerda al capo mafioso, acaso sea porque no se ofrece un contrapunto a sus palabras, pero de tantas frases que se dicen en el documental, el espectador acaba reteniendo solo una: esa. Y aunque resulte injusto, aunque ese jamás haya sido el propósito de Aguado y Gálviz, terminamos recordando a Busca por dentro más como un velado elogio a ciertos narcos que como un homenaje a Jairo Varela. Es terrible, claro está. Pero esos son los costos ocultos de acumular sesgo tras sesgo tras sesgo tras sesgo.

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