Su vida pende de un hilo, una obra del Teatro Experimental de Cali (TEC).

2016: el florecimiento cultural de Cali

La capital del Valle es hoy una ciudad que vive una efervescencia cultural que se escribe en letras mayúsculas, gracias a una renovada temporada del libro y la lectura, un festival de música del Pacífico que completa dos décadas de historia, el renacer de su festival de teatro y la consolidación de su festival de cine.

2016/12/09

Por Lucy Lorena Libreros*

Pocos podían creer lo que estaban viendo esa tarde de noviembre: una fila que se extendía a lo largo de dos cuadras y en la que pacientemente aguardaban cerca de 200 personas para lograr un puesto en una función gratuita que solo comenzaría un par de horas más tarde, en un pequeño teatro del barrio San Antonio. La sala apenas si podía albergar a unas 70 personas. Y algunos espectadores provenientes de Pereira y Manizales, se oponían a la idea de regresar a casa sin ver subir el telón, dejándo ver el impacto que generó en las salas de teatro la apuesta cultural de Santiago de Cali este año.  

La escena ocurrió durante el Festival Internacional de Teatro, espacio que llevaba cuatro años sin ver la luz en la que paradójicamente ha sido por tradición la ciudad de los montajes memorables del maestro Enrique Buenaventura y su Teatro Experimental (TEC). Cuando se indagan las razones de ese largo silencio aparecen las cortapisas de siempre: falta de dinero, falta de voluntad política, falta de dolientes.

Este año, la ciudad quiso saldar esa deuda. Invirtió 1.000 millones de pesos y le entregó la misión de rescatar el festival a un buen padrino, Fernando Vidal, un abogado que convirtió la dramaturgia en su propia ley. En su hoja de vida se leen una decena de obras de su autoría, la dirección de otras 70 y muchos aplausos como gestor de montajes en España, Chile, Venezuela y México.

Fernando narra cómo ocurrió el milagro de lograr que durante ocho días Cali colmara los 30 escenarios dispuestos por el festival para presentar 80 funciones de 10 grupos nacionales y 3 internacionales, provenientes de Ecuador, Argentina y México. El trabajo de unir al gremio de las artes dramáticas; de incluir a gestores del teatro universitario, el teatro callejero, el teatro de títeres, el teatro de dramaturgos con salas o sin ellas; de hacer curaduría de las obras, de visitar cada una de las locaciones y de estructurar una programación académica con talleres y conferencias para reflexionar sobre el oficio.

La secretaria de Cultura de Cali, Luz Adriana Betancourth, piensa también en esos días en los que vio a reventar espacios como el Parque del Peñón para disfrutar “de algo distinto a la salsa, que es con lo que siempre nos asocian culturalmente. Pero Cali demuestra que es una ciudad en donde tienen cabida todas las artes”.

Y es cierto. Este 2016 deja un balance excepcionalmente positivo para la cultura caleña. El asunto comenzó a gestarse en enero cuando la Secretaría de Cultura abrio su ‘Semana de puertas abiertas’ y convocó a 400 artistas, tan ilustres como el cantautor Julián Rodríguez, el tipo que nos regaló el bello Coro de las Mil Voces, o tan desconocidos como un grupo de cantadoras, que después de llegar con el dolor del desplazamiento a cuestas, entendieron que con sus currulaos podían cultivar el arte de la supervivencia. El mensaje era claro: en Cali abundan artistas; faltaban espacios de difusión.

Con ellos comenzó una actividad que ya hace parte de la vida cultural de los fines de semana, Artistas en el Bulevar, que convoca a los artistas censados para presentarse en el Bulevar del Río. Con una inversión de 244 millones de pesos, por aquí han pasado artistas de música del Pacífico, hip hop, salsa y boleros. Ningún artista se repite. Y ya todos lo saben: los viernes, sábados y domingos, después de las 5:00 p.m., la “Cali Calabozo” que nos dejó en la memoria Andrés Caicedo tiene una cita para aplaudir a sus propios artistas.

Un proceso similar se teje detrás de la tarima del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que celebró sus primeros 20 años. El reto de la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali era enorme: trasladarlo a un escenario de 13.000 metros cuadrados, poco utilizado para eventos públicos, la Unidad Deportiva Alberto Galindo. Es que ya las Canchas Panamericanas, donde se realizó por cuatro años, resultaba estrecho para la gran cantidad de público que convoca.

Lo reconoce Hugo Candelario González, creador del Grupo Bahía, discípulo de la marimba de Gualajo y uno de los nombres sin los cuales no es posible entender la sonoridad del Pacífico. Fue el arreglista del montaje de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, Pazífico Sinfónico, que aterrizó en el Petronio como un regalo del Ministerio de Cultura y nos hizo agitar pañuelos blancos al son de Birimbí, Mi Buenaventura y Kilele.  

El cambio funcionó: unas 70.000 personas disfrutaron a diario al son de las marimbas y los sabores de 70 cocineras, seleccionadas entre 200 que buscaban un cupo para llevar sus sabores a una zona de comidas en la que el paladar viajaba por el litoral. De la fiesta del pusandao nariñense al pastel de arroz chocoano.

La apuesta artística también se transformó. El número de inscritos en Marimba, Versión Libre, Violines Caucanos y Chirimía aumentó y por primera vez fueron más quienes apostaron por presentarse en la categoría de Marimba y no en Versión Libre, que es la que permite la inclusión de aires modernos para así sonar más comercial. La semilla del nacimiento de grupos como Herencia de Timbiquí.      

El maestro González ve el asunto con ojos benévolos. Junto al fallecido antropólogo Germán Patiño –fundador del Festival–, emprendió en 1995 una larga expedición por pueblos remotos del Pacífico para rescatar ritmos, canciones y compositores que crecían silvestres y amenazaban con extinguirse.

Juntos convencieron a los viejos lutieres de que siguieran cortando la palma de chonta en luna menguante y no dejaran de construir los pianos de la selva. También a las pocas cantadoras que aún amenizaban el lavado de sus ropas en el río y sus voluptuosas preparaciones culinarias al son de alabaos, bambucos viejos, jugas, abozaos y aguabajos, para que trajeran a Cali todas esas expresiones. Y a un grupo de jóvenes –rendidos sin remedio ante los ‘beats’ de otros lares– para que le dieran una oportunidad a la interpretación de los ritmos de sus ancestros. Génesis de lo que en 1996 sería el más importante festival del Pacífico. Ese kilele –término africano que invita a la fiesta y la rebelión– que se quedaría a vivir desde entonces en Cali.

Juan Carlos Garay, crítico y periodista musical, reconoce que a diferencia de otros espacios folclóricos, donde acaban presentándose artistas que nada aportan a su propósito cultural, el Petronio ha conservado su esencia. “Y ese, al tiempo, es el reto que le queda: seguir siendo una fiesta masiva que respete la tradición”. Lo cree también el periodista musical Jaime Monsalve, para quien el Petronio está llamado a seguir difundiendo la música del Pacífico en el país. La tarea se está haciendo: el 21 de julio de  2017 será el lanzamiento del Festival en el auditorio Julio Mario Santo Domingo de Bogotá.

“El éxito de esta cita musical -cuyo costo supera los 3.000 millones de pesos- demuestra según la secretaria de Cultura de Cali, que el Festival está muy bien organizado desde el sector público, garantizando la protección de la manifestación y gestionando recursos adicionales como el de la Fundación Ford que aportó 150.000 dólares.”

Con igual entusiasmo, Cali vive un renacer como ciudad lectora. Lo intuyó el escritor Leonardo Padura que, al término de una de sus intervenciones en el Festival Oiga Mire Lea, dejó deslizar entre colegas y curiosos la impresión que se llevaba de una ciudad de la que siempre había tenido noticias solo por su baile: “Me gusta lo que he leído de Cali. Y no me refiero propiamente a sus autores, me gusta ‘lo que leo’ de la pasión que demuestran por la lectura”.

A Cali había llegado por primera vez, un par de meses atrás, como jurado del Premio Spiwak de Novela, que dejaría como ganador al novel escritor Miguel Botero con su libro Sueño blanco. Aunque se trataba de la primera versión, era sin duda un galardón de quilates: incluía no solo un reconocimiento de 50.000 dólares, sino la publicación de la novela bajo el sello Siglo XXI, una de las editoriales más prestigiosas de México.  

El premio era la punta de lanza de una iniciativa que nos volcaría a la Temporada del Libro y la Lectura que unió al sector público, (en el que la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali invirtió cerca de 400 millonesde pesos), y privado del municipio,  para mostrar tres meses de actividades que cerraron con una Feria del Libro que se tomó el Bulevar del Río, el Parque de los Poetas y el edificio de Coltabaco, reafirmando que Cali es una ciudad que lee.

En los doce días del evento de cierre, la zona fue recorrida por 78.000 visitantes. Juan Camilo Sierra, gerente de proyectos de la Fundación Spiwak e impulsor de la Feria, cree que uno los grandes aciertos fue tener a Ecuador en país invitado, con una muestra que incluyó lo mejor de su novela, cuento y ensayo, y una muestra gastronómica. El balance que dejó para expositores, libreros y los propios autores evidencia el crecimiento del lento, pero valioso aumento del consumo cultural de la ciudad: 13.000 títulos vendidos.

En esa misma temporada los caleños respondieron al Festival Oiga Mire Lea que trajo a autores como Wendy Guerra, Jorge Volpi y Padura. Durante un mes, le cumplieron también al XVI Festival Internacional de Poesía, que logró la llegada de autores España, Argentina y Alemania y que caleños anónimos, desde amas de casa hasta tímidos estudiantes, se aventuraron a compartir sus propios versos.    

María Elisa Holguín, directora de la Red de Bibliotecas de Cali, cuenta más: que este 2016 le dejó a la ciudad un Carnaval del Libro Infantil y un Encuentro Internacional de Bibliotecas. Esfuerzos que son en realidad la punta del iceberg de una Cali que se esfuerza todo el año en promover la lectura en cárceles, parques públicos y estaciones del sistema de transporte MÍO.

El objetivo se cumplió también con la Convocatoria Estímulos que en 2016 entregó 2.067 millones de pesos para apoyar 141 proyectos (seleccionados entre 485) que se presentaron en investigación, creación, circulación y formación cultural. Nueve de ellos terminaron convertidos en libros y otras más en e-books.

Igual de positivo es el balance del Festival Internacional de Cine de Cali, financiado por el municipio. Su director, Luis Ospina, que lo impulsa desde 2009 y este año vio rodar su octava edición, lo cuenta orgulloso. Asegura que ha crecido en su convocatoria, en el público asistente y en la calidad de sus películas. Y se atreve a decir sin ruborizarse que la ciudad vive hoy una fiebre cinéfila mayor que la que se respiró durante los días del Caliwood, con Mayolo y Caicedo a la cabeza.

Fiel a la esencia de sus inicios, el Festival, que costó 700 millones de pesos, apuesta por la descentralización. Que lo mismo pueda apreciarse una buena película en una sala de cine que en la cancha de fútbol de un barrio popular. Hasta escenarios como ese llegó, precisamente, la pantalla móvil que proyectó películas colombianas como Los nadie y Siembra y decenas de películas infantiles.   

Este año, además, se realizó el Encuentro de Productores, el cual reunió a los realizadores que trabajan en proyectos cinematográficos con las grandes empresas de producción y posproducción que cuentan con los recursos para lograrlo. Se realizó por primera vez un Encuentro de Investigadores de Cine en la Universidad del Valle y se consolidó un espacio que suma más seguidores, el Cine Foro Andrés Caicedo.

Que a nadie le queden dudas, pues, de que este 2016 significó el renacer cultural de esa Cali que un día retrató Andrés Caicedo. La Cali de Ricardito, el miserable, que seguro tendría muchas razones para seguir otra vez su callejeo.

*Periodista cultural.

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