Horizontes (1913), del pintor antioqueño Franciso Antonio Cano. Cortesía: Museo de Antioquia.

Antioquia: un mito poroso

El columnista de 'El Espectador' publicó el pasado 17 de julio un texto sobre la Antioquia que se sentía ofendida por alusiones satíricas del columnista Daniel Samper Ospina, desmontando el mito de la existencia de una "antioqueñidad" que se presenta como excluyente y auténtica, y reivindicando el talante liberal y progresista de miles. Una ampliación de dicha reflexión.

2017/08/25

Por Mauricio García Villegas* Bogotá

¿Cómo son los antioqueños? Me hago esta pregunta por estos días, después de que el expresidente Uribe calumniara a Daniel Samper Ospina y sostuviera, además, que este periodista agravia, con su sátira mordaz, a Antioquia y a los antioqueños. ¿A cuál Antioquia se refiere Uribe? ¿Existe algo así como una identidad antioqueña?

Es difícil responder a esta pregunta. Antioquia es un territorio de contrastes, no solo geográficos y humanos (entre Bolombolo, Sonsón, Tarazá y Medellín hay todos los climas, con gente de muchas razas y culturas), sino sociales y políticos. Antioquia es la tierra de un empresario del mal como Pablo Escobar y de una santa como la madre Laura; de un paramilitar feroz como Carlos Castaño y de un industrial humanista como Nicanor Restrepo; de gobernantes honestos como Alonso Salazar y Sergio Fajardo, y de políticos sinuosos como Luis Pérez; de un cardenal iracundo como Alfonso López Trujillo y de un médico bondadoso como Héctor Abad Gómez; del cartel de Medellín y del Hospital San Vicente; de Suramericana y de Interbolsa.

En medio de tanto contraste, lo más probable es que la Antioquia que el expresidente Uribe considera ofendida no sea la que está asentada en todo el departamento, sino la que él tiene en mente y representa. No es la Antioquia que se hizo grande a principios del siglo XX, sino una de las partes de esa Antioquia dividida que hoy tenemos. Pero para explicar esto hay que hacer un poco de historia.

I

El impulso modernizador en Antioquia llegó muy temprano, a finales del siglo XVIII, con el visitador Juan Antonio Mon y Velarde (“el regenerador”), que reformó la estructura agraria, construyó caminos, legalizó las tierras de los campesinos y sentó las bases para el desarrollo de la minería. Al llegar la independencia un grupo de patricios locales, entre los cuales estaban José Manuel Restrepo, Juan del Corral y Félix de Restrepo, sentaron las bases de un nuevo proyecto social fundado en el valor del trabajo, la libertad de empresa, la religiosidad y el respeto por el orden social.

El progreso de la minería hizo posible que muchos salieran de la pobreza, que hubiese excedentes para impulsar el comercio y consolidar el minifundio, y que se creara una cierta igualdad social, ausente en otras partes del país en donde predominaba la hacienda. Algo del espíritu libertario de los antioqueños y de su actitud altiva e igualitaria se forjó en esta economía incluyente de la segunda mitad del siglo XIX. De allí también viene el espíritu conciliador y pacífico que caracterizó a los antioqueños hasta muy entrado el siglo XX. La paz social era indispensable para los negocios y en parte por eso los pobladores de Antioquia no tenían la belicosidad que exhibían muchos de sus compatriotas. En una proclama (siglo XIX) de los vecinos de Rionegro contra el alistamiento se lee lo siguiente: “No hay mal más grande, no hay calamidad más temida en Antioquia que un reclutamiento (…). Apenas suenan los rumores que lo anuncian, el hijo abandona a su padre, el marido a su esposa, el hermano a la hermana, sepultándose en los montes a vivir con las fieras, antes que presentarse a ser soldado” (Botero, 2006, p. 57).

Durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, Antioquia estuvo relativamente aislada del país y de su violencia, y fue gobernada por políticos conservadores moderados y pragmáticos que creían en el poder redentor de la educación y en la necesidad de proteger los bienes públicos (Melo, 1988). Por esta época surgieron grandes escritores y líderes intelectuales como Tomás Carrasquilla, Manuel Uribe Ángel, Baldomero Sanín Cano, María Cano y Porfirio Barba Jacob. Hubo también gobernantes notables como Rafael Uribe Uribe, Carlos E. Restrepo, Pedro Nel Ospina, Pedro Justo Berrío, Mariano Ospina Rodríguez y Marco Fidel Suárez. Todos ellos eran, dice Jorge Orlando Melo, “mandatarios tolerantes, preocupados por el desarrollo económico de la región, por el progreso material y el avance de la educación, respetuosos de la ley y la constitución, pacifistas pero buenos militares, profundamente religiosos, de una honestidad a toda prueba…” (1982, p. 4). Se crearon instituciones públicas con un gran alcance cívico, como la Sociedad de Mejoras Públicas (creada por Carlos E. Restrepo y dirigida luego por Ricardo Olano) y la Escuela de Minas (impulsada por Tulio Ospina Vázquez), dos de las expresiones más notables de este espíritu progresista y modernizador que hizo grande a Antioquia.

La religión era muy importante en la vida de los antioqueños, pero la Iglesia no ostentaba el poder ni el boato que tenía en Popayán o en Bogotá, y por eso estaba más cerca del pueblo y se asociaba con mayor facilidad a los proyectos sociales e institucionales que favorecían a la gente humilde y hacendosa.

Estos hechos han alimentado el mito de la identidad antioqueña. Como todos los mitos, este tiene algo de quimérico y de autocomplaciente: fue forjado en una sociedad tradicional (pueblerina) que ya no existe. Una sociedad que, además, no era tan homogénea como se suele retratar; en la que siempre hubo gente que se resistía a ser asimilada en el grupo dominante. Un mito poroso por donde se colaba lo que en esa época se denominaba “la relajación de las costumbres” y la sociedad marginal (Vélez, 2013 ).

Era, además, un mito construido casi al margen del Estado, por las fuerzas sociales, desde los empresarios hasta los curas, pero sin que la ley, la justicia y la administración pública jugaran un papel predominante. De ahí viene su fragilidad y su incapacidad para lograr, como ocurrió en otras latitudes en donde el Estado fue un impulsor esencial de la construcción social, una ética universal y cívica por fuera de la religión y de las redes sociales conformadas por las élites.

Pero un mito semejante, con toda la dosis de irrealidad que tiene, no habría perdurado tanto tiempo ni producido tanto consenso dentro y fuera de Antioquia si no estuviera sustentado en hechos reales: hechos materiales, como la extensión del comercio y del minifundio, y hechos culturales, como la honestidad, el trabajo y el pacifismo, que fueron muy importantes en aquella sociedad pueblerina de hace un siglo y que todavía sobreviven en una buena parte del pueblo antioqueño.

II

Antioquia, y sobre todo Medellín, experimentaron grandes cambios sociales y económicos a partir de mediados del siglo XX: en los años setenta la industria textil y luego la banca entraron en crisis, el progreso económico empezó a decaer y la migración masiva del campo a la ciudad trajo nuevas tensiones sociales. A esto se sumaron tres hechos que ahondaron la crisis: 1) la vieja clase dirigente, ligada a la industria y a las familias prestantes de Medellín, empezó a ser reemplazada por una nueva clase política, de origen pueblerino, vinculada con la administración pública y entrenada en las artes del clientelismo; 2) la crispación política entre liberales y conservadores, que venía de las tensiones producidas durante la reforma de 1936 y más tarde de La Violencia y del surgimiento de las guerrillas, acabó con el pragmatismo y la moderación que caracterizaba a los conservadores. Muchos jerarcas de la Iglesia, entre ellos Miguel Ángel Builes y Alfonso López Trujillo, se volvieron sectarios e intransigentes al ver la sociedad más urbana, más secular y más pluralista que estaba creciendo ante sus ojos; 3) y apareció el narcotráfico, quizás el factor social y económico que más ha incidido en la vida social y política del departamento y que más ha quebrantado el mito de la Antioquia clásica. Con el narcotráfico, una buena parte de la élite culta y moderadamente liberal empezó a desfigurarse: perdió su sentido de lo público, se amañó con el clientelismo, perdió la serenidad y se volvió camorrista y no tuvo problema en combinar medios legales e ilegales en su lucha contra sus enemigos, en la subversión, la izquierda y los movimientos sociales contestatarios.

III

Antioquia ya no es lo que era a principios del siglo XX. Los ideales que animaban aquella sociedad tradicional ya no tienen la presencia que tenían hace un siglo. Esos ideales ya no son, para ponerlo en los términos de la ciencia política, hegemónicos.

Pero eso no significa que hayan desaparecido. En las últimas décadas, en medio de tanta violencia y desconcierto, ha habido muchos líderes extraordinarios que han ayudado a mantener, con hechos, el mito de la vieja Antioquia: empresarios cívicos como Nicanor Restrepo (un intelectual pacifista que impidió que la mafia penetrara en la dirigencia industrial antioqueña), políticos decentes como el mismo Belisario Betancur, Gilberto Echeverri Mejía y Juan Camilo Restrepo; intelectuales y líderes de opinión, como Alberto Aguirre, Carlos Gaviria Díaz, María Teresa Uribe y Héctor Abad Gómez; historiadores finos como Jaime Jaramillo Uribe y Jorge Orlando Melo; líderes cívicos y educadores como Rafael Aubad López y Juan Luis Mejía; curas bondadosos, como Gabriel Díaz (perseguido por el cardenal López Trujillo) y Luis Alberto Álvarez, y muchos otros, entre ellos toda una generación de jóvenes inquietos y emprendedores que hoy se sienten herederos de las generaciones que han alimentado el mito antioqueño.

Todos ellos compiten hoy con una nueva clase dirigente, por lo general más tosca, más clientelista, más proclive a la ilegalidad, más ligada al poder de la tierra, más temeraria y más pendenciera, que intenta desde hace por lo menos tres décadas tomar las riendas del departamento y desmontar, no solo en la política sino también en los negocios y en todo el tejido social, lo que queda de la vieja identidad antioqueña. Esta clase social, y el contra-mito que representa, no es monolítica; también tiene sus grises, sus matices y sus poros. Pero en términos generales existe y cada día cobra su presencia en la vida de los antioqueños.

Tal vez nadie ha impulsado tanto este proyecto de sociedad y promovido tanto el surgimiento de esta nueva clase dirigente como el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Su éxito en la difusión de este nuevo proyecto ha sido tal que ha logrado extenderlo al resto del país, consiguiendo así una especie de “antioqueñización” de Colombia, con la salvedad de que en este caso solo se trata de la Antioquia que él tiene en mente. Es esa Antioquia la que se siente ofendida por el periodista Daniel Samper Ospina. No es la Antioquia noble y franca que yo conocí cuando era niño y que todavía palpita en el alma de la mayoría de los habitantes de este departamento.

*Sociólogo, investigador de Dejusticia, columnista de El Espectador.

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