Manifestantes de la segunda Marcha de las mujeres el 21 de enero de 2018 en Las Vegas. Crédito: Ethan Miller / Getty Images North America / AFP.

El debate feminista

La discusión que desencadenó #MeToo no parece estar cerca a un fin. Varias reflexiones se desprenden de esta discusión global.

2018/01/23

Por Revista Arcadia

En la prensa colombiana, el año 2017 terminó, entre otras cosas, con dos columnas de Antonio Caballero, Acoso y Acoso (2), publicadas en Semana, que problematizaban la discusión sobre acoso y abuso sexual. En Hollywood, el año empezó con la ceremonia de los Globos de Oro, en la que las celebridades asistieron vestidas de negro para pronunciarse en contra del abuso en la industria, y en la que Oprah Winfrey dio un discurso casi presidencial sobre el tema. Dos días después, un grupo de intelectuales y celebridades francesas hicieron público un manifiesto en contra del “puritanismo” del movimiento Time’s Up, cuyo argumento central iba muy en la línea de las columnas de Caballero: comparar el acoso con el abuso sexual, ponerlos en el mismo nivel, conduce a una banalización de lo segundo, que sin duda es mucho más grave que lo primero. “Es malo confundir esas cosas con el verdadero abuso sexual, porque esa asimilación banaliza y disculpa este”, escribió Caballero. “La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista”, dijeron las francesas. En el manifiesto a ese argumento se suman otros: 1) La victimización excesiva termina infantilizando a las mujeres, quitándoles la autonomía, la capacidad de diferenciar, decidir, o la posibilidad incluso de ignorar a los hombres que se les insinúen. 2) Aunque la visibilización de la violencia de la que son víctimas las mujeres, sobre todo lo laboral, es valiosa, #MeToo y Time’s Up son movimientos obtusos que anulan la libertad de pensamiento, opinión y palabra, condenando no solo a otras perspectivas dentro del debate, sino a personas, incluso inocentes, judicializadas y señaladas de inmediato en los medios y las redes. Para las firmantes francesas, la discusión está sumida en un radicalismo con aires de totalitarismo.

A ese manifiesto respondieron otra treintena de intelectuales francesas diciendo que lamentaban que esas mujeres usaran su visibilidad mediática “para banalizar la violencia sexual”, y acusándolas de “despreciar de facto a los millones de mujeres que han sufrido ese tipo de violencia”. Catherine Deneuve, una de las firmantes del manifiesto, salió a pedirles perdón a las víctimas. Y luego salió la escritora Margaret Atwood a condenar el extremismo, la falta de reflexión del radicalismo. También a ella la abuchearon virtualmente. Y el debate sigue.

Varias reflexiones se desprenden de esta discusión global: 1) Una vez más las redes se muestran como un espacio en el que los debates se dan, pero son llevados al extremo. 2) El radicalismo que allí se incuba sin duda tiene de virtuoso haber, de cierta manera, despertado alguna conciencia, y el haber visibilizado un debate que es positivo que se dé. 3) También es positivo que las posiciones sean diversas y múltiples, eso solo garantiza que el debate se enriquezca. 4) Sin embargo, el radicalismo sí puede llevar a un extremismo dañino, propio (sin exagerar) de sociedades totalitaristas. Pero quedan preguntas por hacer: ¿qué tan políticamente efectivo es el debate que se da en las redes y medios? ¿Cómo organizarnos para que tenga efectos reales en las vidas de las mujeres en la sociedad?

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