Lemaitre en París, el 14 de abril de 2016. Crédito: Joel Saget / AFP.

Deudas literarias: Pierre Lemaitre

El ganador del premio Goncourt 2014 por 'Nos vemos allá arriba', comenzó su carrera a los 56 años, escribiendo policiales. Tras cuatro novelas protagonizadas por el detective Verhoeven, alcanzó el aplauso de la crítica con una novela sobre la miseria humana que arrastra toda guerra.

2017/04/22

Por Juan David Correa* Bogotá

El lunes 4 de noviembre de 2013, Pierre Lemaitre (París, 1951) supo que había dejado de pertenecer a una estirpe. Que lo considerarían traidor a la patria de las novelas policiales, o de género negro, una especie de culto francés que tiene pocos parangones en el mundo. Las librerías especializadas, los foros de expertos, los seguidores de casos, los proclives a los detectives de vieja guardia, los adoradores de James Ellroy y miles de legiones más supieron que uno de los suyos había ganado el premio literario más importante del ámbito francófono, el premio Goncourt, creado en 1896 por el escritor naturalista Edmond de Goncourt, dotado con 10 euros, y que han conseguido en el pasado, entre otros, el nobel Patrick Modiano, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras y el escritor Romain Gary dos veces: la primera en 1956, con Las raíces del cielo, y la segunda bajo el seudónimo de Émile Ajar, con La vida delante suyo.

Pero no hay que equivocarse. No existe en Francia menosprecio por el “polar” —el policial, la novela negra—, pues hace parte de la tradición. Una que comenzó desde hace siglos, pero que se concretó en la Série noir, creada por Marcel Duhamel, en 1945, y bautizada de ese modo por Jacques Prévert, en el sello Gallimard. Una que leyó el profesor Lemaitre durante toda su vida —sí, también a Barthes y a Borges— y que, al cumplir los 56 años, concretó en su primer libro, Irene [Travail soigné] en el que rinde un homenaje, letra por letra, cita tras cita, a la literatura. A los casos de James Ellroy, Hadley Chase o el macabro Bret Easton Ellis, de American Psycho. Tras ese libro vendría una serie que lo hizo más conocido entre los cultores del género. Su detective, Camille Verhoeven, bautizado por su madre, una tenaz fumadora, en honor al pintor Camille Pissarro, nació hipotrófico. Ese hombre, que detesta que lo llamen jefe, vive una tragedia dolorosa como pocas en la primera entrega de la tetralogía compuesta por las novelas Irene, Alex, Rosy & John, y Camille.

Nos vemos allá arriba fue, sin embargo, la piedra de toque. Una novela extensa, ambientada en 1918, justo al final de la gran guerra; una novela sobre la manera en que los seres humanos podemos enriquecernos con la desgracia ajena. Albert Maillard, Edouard Péricourt y el teniente d’Aulnay Pradelle son los protagonistas de una historia que comienza con una tremenda descripción de las trincheras, en un confuso y extraño accidente justo antes de firmarse el armisticio, y que continúa con sus vidas en París, lejos de los obuses y las explosiones pero muy cerca de la pequeñez del ser humano, de su naturaleza ambigua, interesada y cambiante. La novela, ambientada hace casi un siglo, es de una pertinencia abrumadora en el momento que vive Colombia por cuenta de un ejército desmovilizado, cuyos soldados tendrán que aprender a vivir en una sociedad intolerante, deshumanizada y llena de odios y rencores.

Y entonces, mediando 2013, seis años después de haber publicado su primera novela, ese hombre que había sido mencionado entre los conocedores del polar, como se le dice en Francia a lo policiaco, fue protagonista de su propia historia. Y comenzaron a preguntarle cosas como estas.

Quiero comenzar preguntándole por el lugar común que se ha repetido desde que ganó el Goncourt, y es su vocación tardía. Me imagino que usted publicó después de los 50 años por alguna razón.

Tiene razón al hablar de que se trata de un cliché, de un lugar común. Si yo hubiera decidido convertirme en carpintero o mecánico, no me harían la pregunta. Pero convertirse en escritor a esa edad parece un poco misterioso. Pienso que eso tiene que ver con una cosa: para la mayoría uno no “se convierte” en escritor. Uno nace escritor. Escritor no es una profesión, es una vocación; escribir no es una técnica, o un saber hacer, es una cualidad inmanente. Esta es una representación del escritor que creo se remonta al romanticismo. Es una representación práctica que siento que es equivocada. Es verdad que escribir novelas necesita de una predisposición —llámelo vocación, si prefiere—, necesita de un saber hacer —llámelo talento, si prefiere.

Por mi parte, siempre me sentí y viví como escritor. Solo que era un escritor que no escribía —o no aún—, pero veía la vida como una novela, a pesar de mí mismo, así que veía historias por todas partes. Después de medio siglo de reflexión —es una decisión que merece ser muy bien pensada— decidí escribir novelas y extraje todo aquello que sabía de narratología. Y heme aquí.

Usted comenzó escribiendo novelas policiales. ¿Puede explicarle al lector colombiano toda esa cultura alrededor de la novela negra en Francia?

Es verdad que en Francia hay una gran cultura alrededor de la novela negra. En principio porque aquí surgió el género con Gaboriau [Emile, precursor del género con novelas como El caso Lerouge], y después porque dicho género ha acompañado toda nuestra historia. Además, hemos aportado algunos autores talentosos y otros genios, como Simenon. Francia tiene hoy una de las literaturas policiacas más creativas del mundo. Es un signo de un compromiso del público por un género y un signo de vitalidad de los autores franceses.

En ese sentido, ¿qué opina de la división entre escritor popular y culto?

Supongo que al decir “escritores cultos” usted opone la literatura en general a la popular. De un lado, la literatura “artística”, del otro, la popular, que incluiría la policiaca. Este debate ya no tiene ningún interés hoy. Borges le dedicó con nobleza páginas enteras, Eco la saludó imitándola, Simenon la elevó al rango de literatura mayor, Graham Greene la utilizó, y nadie puede dudar que Ellroy, David Peace, Taibo II, Chandler o Hammet son autores mayores. El resto es literatura.

La literatura popular merecería una definición. Yo tengo la mía: me es útil para trabajar, pero una vez acabada le pertenece a los lectores, y no a la literatura.

¿Cómo se le ocurrió la idea de su primer policiaco, Irene, y la creación de Camille Verhoeven, ese pequeño hombre, culto, algo raro?

Buscaba un personaje que tuviera una visión del mundo distinta, un punto de vista diferente. Pensaba que ver el mundo en contrapicado era una solución. Eso permitía una mirada, un pasado, un pasivo, un color al personaje. Una rabia también, pero es de mí que Camille la tiene, esa rabia. Soy un poco trágico.

En Vestido de novia parece haber un interés por la enfermedad mental, por el psicoanálisis, por la psicosis.

No me ha interesado mucho la psicología (excepto por el abordaje cognitivo); el comportamentalismo no es asunto mío. Pero el psicoanálisis me apasiona. No sé si tendrá una influencia sobre lo que escribo. Para saberlo quizás habría que interrogar a mi inconsciente… o a mi psicoanalista.

¿Qué es Nos vemos allá arriba para usted?… ¿Una novela negra, algo distinto a lo que había estado haciendo?¿Cuál sería la diferencia entre lo policiaco y lo negro?

Esta es una distinción un poco académica. El mundo latino no hace muchas diferencias entre el policiaco y la novela negra, y creo que es una buena idea. Hay algunos matices pero se ocupan más de la técnica narrativa que de la literatura. Un policiaco se centra en la investigación, en el misterio. La novela negra es más una visión del mundo subyacente a la historia que se cuenta pero no me gusta demasiado esa dicotomía. Todas mis novelas, históricas, policiacas o negras están escritas con la técnica que las revela todas del mismo género: el “polar”, no sé hacer sino eso.

Bueno, pero sabe rendirle un homenaje a la lectura en todos sus libros, lo cual no es poco.

Un extracto de mi primera novela dice que un escritor “es alguien que cita sin comillas”. Es una frase de Barthes. Eso significa para mí que nada de lo que escribimos nos pertenece en realidad. Siempre es algo que escribimos a partir de algo que entendimos, leímos, vimos, nos encontramos, en fin, fundamentalmente nada viene de nosotros mismos.

Desde mi primera novela consideré mi trabajo un permanente ejercicio de admiración por la literatura. La literatura ha hecho de mí lo que soy. Pago esa deuda con gusto, con alegría, con gratitud y con reconocimiento.

*Director de Arcadia.

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