Blanca, el personaje principal de 'Noche herida'. Foto: archivo particular.

Relatos campesinos: el cine de Nicolás Rincón Gille

En su premiada trilogía de documentales sobre los efectos del conflicto armado en el campo colombiano, este cineasta construye desde la intimidad y la oralidad la memoria de las víctimas. En marzo se estrena en salas la película que cierra el ciclo, 'Noche herida', que se llevó el premio a mejor película en el FICCI en 2016.

2017/03/24

Por Gerrit Stollbrock* Bogotá

A pesar de la larga lista de reconocimientos en festivales internacionales de cine, entre ellos, uno que nos es muy cercano, el premio a mejor película en la competencia de cine colombiano en el Festival de Cine de Cartagena de 2016, la obra del realizador colombiano Nicolás Rincón Gille sigue siendo relativamente desconocida en nuestro país.

Quizá se deba a que el cine documental tiene una audiencia, aunque creciente, mucho menos masiva que la ficción. Quizás se deba, también, a las particulares circunstancias de producción de sus primeras películas: tras iniciarse en el cine documental en un encuentro con Marta Rodríguez, una de las más reconocidas documentalistas colombianas, viajó a Bruselas a estudiar Cine Documental, se instaló en esa ciudad y sus primeras producciones son belgas.

Sin embargo, su aguda y cuidadosa mirada ha estado desde el inicio instalada en Colombia, en las devastadoras e invisibles consecuencias del conflicto en el campo colombiano, así como en la oralidad como condición de su supervivencia y recreación, el eje de reflexión de su trilogía Campo hablado.

Mientras avanza en la producción de su primer largometraje de ficción, Todas las almas, el documental Noche herida, que culmina la trilogía, se estrena el 30 de marzo en salas de cine en Colombia. Es hora de que el público colombiano descubra esta fascinante apuesta cinematográfica, que tanto aporta, en el escenario político actual, a reparar simbólicamente el campo, a restituir su lugar en nuestros imaginarios, a narrarlo.

El cine colombiano de ficción ha tenido recientemente mucho reconocimiento internacional. Pero en el FICCI 2016 varios de los premios más importantes fueron para documentales, entre ellos, el suyo. Como documentalista, ¿cómo leyó usted ese hecho?

Para mí el cine es documental o ficción. Solo que cuando haces una ficción te consideran mucho más “autor”. Se presume que si la película es buena, el director es un tipo “genial”. Esa marca de genialidad de la ficción interesa, porque se mercadea fácilmente. El documental, en cambio, lo hace un director con otras personas, en interacción. El público o la crítica que observa el resultado final no sabe si corresponde al deseo del director o si es un acto fortuito que él pudo captar. Eso frustra mucho a la crítica convencional: ¿qué viene de quién? El documental parece tener por eso menos “valía” cinematográfica. Considero, justamente, que esa marca de un trabajo conjunto es la esencia misma del cine.

Estoy convencido de que lo que pasó en el FICCI está pasando poco a poco entre el público. El documental ofrece “materia viva” y, si lo logras bien, la percepción del público se engrandece, porque se enfrenta a una realidad construida entre dos, entre el director y sus personajes. Gran parte de lo que me gusta del cine de ficción tiene mucho de documental, como Apichatpong Weerasethakul o Pedro Costa, directores que saben guardar un espacio para lo inesperado. El cine documental que me interesa utiliza herramientas narrativas de la ficción, que tradicionalmente trabajaba con los afectos, pero entra a enriquecer la ficción proponiendo un viaje incierto, que no fue escrito sobre una mesa por un individuo y luego financiado por una producción para que se pareciera lo más posible a lo que este tenía en la cabeza. Hay espacio para lo fortuito, la complejidad, el momento.

Noche herida propone un viaje con Blanca, una abuela desplazada con lo que queda de su familia. Nunca sabemos más de lo que ella sabe. Al contrario, la realidad que ella guarda para sí nos sobrepasa.

Rincón Gille filmando el documental. Foto: archivo particular.

¿Cómo nace la idea de hacer la trilogía Campo hablado?

Me fui en 1998 de Colombia y volví por primera vez en 2001, por un tiempo muy corto. Estuve ausente durante la gran crisis de violencia paramilitar y recibía noticias desde lejos que me preocupaban. Me preguntaba qué habría pasado con esa tradición popular que conocí cuando íbamos al campo con mi padre y nos encontrábamos con campesinos que nos contaban sus historias, ofreciéndonos una lectura capaz de transformar el paisaje. Yo quería saber cómo la violencia había impactado esa tradición, si la había aniquilado o si continuaba. Inicialmente quería hacer una película que contara tres momentos: la vida en el campo, el desplazamiento y la vida en la ciudad. Con una pequeña ayuda de Bélgica me fui a investigar en 2004. Pero en el terreno me di cuenta de que hacer una sola película era imposible. Cuando me encontré a Carmen, el personaje de mi primera película (En lo escondido), decidí empezar con ella. La pretensión de hacer una película de seis horas se rompió y decidí hacer el viaje del campo a la ciudad en tres momentos: primero En lo escondido (2007), luego Los abrazos del río (2010) y finalmente Noche herida (2015).

¿Por qué la llamó Campo hablado?

Es algo que no he podido traducir al inglés o al francés. Es el campo que aparece cuando alguien lo narra. Cuando uno habla con un campesino la percepción del paisaje cambia. La oralidad es muy importante para entender el campo. Por otra parte, también tenía la inquietud de poder trabajar la oralidad en el cine, la palabra.

¿Por qué su interés en la oralidad, de dónde nace?

Viene de muchas cosas, pero tal vez lo esencial es que mi papá es antropólogo y como profesor hacía salidas de campo con sus alumnos. Cuando yo iba y escuchaba a los campesinos contar sus leyendas, como “la Madreselva” o “el Mohán”, sentía siempre que había un trasfondo de la realidad que estas cuestionan. Lo bueno de la oralidad es que nunca es la misma versión: cada uno adapta las leyendas a su manera, es maleable, eso me fascinaba. Esta dimensión narrativa, no-racional, juega un papel determinante en la realidad de muchas personas, sobre todo en el campo.

Dado su interés en la oralidad, ¿por qué el lenguaje del cine documental resulta siendo para usted el indicado?

Fui descubriendo que el cine es lo más cercano a una historia que es contada, por ejemplo, por la abuela. Es el mismo dispositivo: se necesita estar sentado en la penumbra, ser paciente, tener confianza en la persona que cuenta y darle el tiempo necesario. Si escuchas radio, tu atención puede estar en otro lado. En mis películas ha sido muy importante preguntarme dónde vive la palabra, entre los silencios y los ruidos. Hay momentos en las tres películas donde lo que se dice cobra otro sentido por los sonidos que se oyen, por el entorno donde se dice.

Noche herida es la última de una trilogía y usted tenía quizás expectativas muy concretas. Pero la magia del documental es lo que se encuentra y no se espera, la contingencia. ¿Cómo nace esta película y qué descubre que no esperaba?

Era la conclusión necesaria de la trilogía. Desde que estaba filmando En lo escondido, a Carmen en el campo, me preguntaba qué pasaba con las familias que llegaban a la ciudad. Es tan fuerte la relación narrativa con el campo que me parecía raro que eso desapareciera totalmente en la ciudad. Por ejemplo, cuando empecé a ir a los barrios entendí la importancia de las “almas benditas”: las personas se encomiendan a ellas en el cementerio, en clara continuidad con la tradición oral.

Lo que descubrí con Blanca (el personaje central de Noche herida), en concreto, es que ella no vive en una “casa de desplazada”: es “su rancho”, como el que hacía cuando se iba a trabajar el monte, sin saber cuánto tiempo iba a durar allá; las ollas colgaban de la misma manera. Hay algo que ella conserva de sus prácticas del campo y logra hacer olvidar el contexto en el que estamos con ella: un barrio violento.

Nicolás Rincón Gille nació en Bogotá en 1973. Foto: archivo particular.

Noche herida tiene un ritmo muy arriesgado para las audiencias de internet, que piden cada vez más eficacia narrativa. Sin embargo, también tiene un ritmo muy envolvente. ¿Cómo fue la decisión de ritmo, cómo llegó a ella?

Es parte de lo que me gusta del cine que veo. Me gustan mucho las películas en las que la acción va cambiando en el mismo plano. Lo otro es sostenerse en ese ritmo, anunciarle al espectador que la película va a ser así: que estamos en otro tiempo de escucha. Por otra parte, estoy seguro de que es un tiempo que no tenemos tanto en la vida cotidiana, pero sí lo podemos encontrar en el cine. Es una apuesta que es radical en la que tal vez se pierden algunos espectadores. Pero es clave, porque en el cine podemos escuchar mucho más que en otros contextos y es algo que se comparte con la vida en el campo: las historias van y vienen, no se culminan inmediatamente.

Este es el documental más “observacional” de la trilogía. ¿Eso nace como una intención de un inicio?

Lo entendí haciendo la película. El prólogo de Noche herida era inicialmente Besos fríos, el corto que acabo de estrenar en el FICCI 2017: era como una introducción que le daba un contexto al problema de las ejecuciones extrajudiciales en el país. Pero no funcionaba: Blanca (el personaje central) debía construir el contexto de manera difusa, tal como sucede en la ficción. Dar un contexto que el personaje no presenta por sí mismo resultaba monstruoso. Si logras ir al fondo de los personajes, no necesitas el contexto: sigues a un personaje y esa es la historia. Es una libertad que el documental muchas veces no se otorga.

Desde la oralidad que usted aborda en las películas accedemos de algún modo al pasado. Frente a este escenario de memoria social tan efervescente en el contexto colombiano, ¿qué papel atribuye a los documentales y cómo espera aportar usted?

Hace diez años no se hablaba de memoria de las víctimas. A mí me parecía clave una propuesta que abordara la memoria desde estas personas en donde, por ejemplo, se confunden las leyendas con la violencia. Podría uno pensar que son dos registros muy distintos, que no se puede mezclar lo factual y político con las creencias religiosas, que es como una conjunción entre lo racional y lo irracional, pero casi siempre para los campesinos (y ni hablar de los indígenas) eso se mezcla, y así es si queremos contar la violencia desde ellos. Por ejemplo, Carmen (En lo escondido) dice que los paramilitares vinieron, porque ella perdió el poder de predecir que le habían dado las brujas. Se podría pensar que se están mezclando planos, pero para mí es clave que estén mezclados: la violencia vino y nos toca reconstruir, pero no a partir de puentes y vías, sino a partir de la oralidad, de la narración, porque hay necesidad de darle un sentido a la vida.

“La tradición, a partir de ahora hay que entenderla en un sentido no tradicional, es decir como algo capaz de efectuar transformaciones continuas e infinitas”, dice Pasolini. ¿El documental no congela el pasado justamente?

Es clave dejar en claro que se trata de la historia de una persona en un momento dado y que puede cambiar a futuro. Noche herida aborda lo que le pasó a Blanca en diciembre de 2013; no puede suplir todas las historias. Blanca vive en condiciones muy duras, pero se rehace todo el tiempo. Por ejemplo, durante el rodaje me preguntaba cómo acabar la película sin decir que la vida de ella se acabó, hasta que me encontré con el momento en el que baña a su bisnieta, ¡y entendí que era la escena final!

Elegir un personaje para hacer creer que va a contar la historia de todos tiene algo de impostura. A veces en el documental hay mucha taxonomía y lo considero problemático: “Vamos a ver tal película sobre la masacre en Ruanda”, y luego “vamos a ver esto sobre Camboya”. Pero la pregunta clave es: ¿dónde diablos se está parando uno para mirar esa totalidad avasallante?

*Sociólogo y documentalista.

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