Sandra Borda. Imagen de Trump crédito: Mark Wallheiser / Getty images North America / AFP

Trump: de las palabras a la acción

Lo interesante de la campaña presidencial en Estados Unidos, y del candidato republicano, es justamente que ha servido de ilustración sobre las posibles consecuencias de mandar al carajo el lenguaje políticamente correcto.

2016/10/26

Por Sandra Borda

Una de las críticas al uso de un lenguaje políticamente correcto que se encuentra uno por ahí es que simplemente no importa: que es una exigencia superflua, irrelevante y algo hipócrita que en nada cambia lo que uno “realmente siente” frente a un grupo o persona. Algunos, incluso, piensan en lo políticamente correcto como una imposición que coarta la libertad de expresión y que nos impide “llamar las cosas por su nombre”.

Lo interesante de la campaña presidencial en Estados Unidos es justamente que ha servido de elocuente ilustración sobre las posibles consecuencias de mandar al carajo el lenguaje políticamente correcto. Una parte importante del electorado estadounidense sugiere que está harta de que le sean impuestas formas en el lenguaje y que apoya a Trump justamente por ser uno de esos políticos que no teme “llamar a las cosas por su nombre”.

Pues bien, veamos algunos antecedentes de Trump y los desarrollos recientes en la campaña presidencial para entender cómo de un lenguaje equivocado, esta vez en lo relacionado con las mujeres, se pasa fácilmente y casi sin transición de por medio a un comportamiento equivocado y hasta ilegal.

Empecemos solo desde 2006 para no extender demasiado esta columna. Ese año, en una entrevista en Entertainment Tonight, Trump dijo que Rosie O’Donnell (una presentadora de televisión en Estados Unidos) era “desagradable, por dentro y por fuera”, que no se explicaba cómo trabajaba en televisión y que si fuera su decisión, la miraría directo a su “cara gorda y fea” y le diría que está despedida.

En 2007 dijo que “la belleza y la elegancia en una mujer, en un edificio o en una pieza de arte no es superficial o solo algo bonito para deleitar la vista”. En el camino que lleva a la objetificación de las mujeres, ciertamente compararlas con edificios es un intento novedoso y por eso habrá quienes digan que hay que darle algo de crédito a Trump. En su reality, The Apprentice, varias mujeres participantes se quejaron de su insistencia en calificarlas a partir de su apariencia física y hacerlas desfilar frente a los participantes hombres para que ellos las pusieran en un ranking. Nada muy distinto, obviamente, a lo que ha hecho en Miss Universo por décadas.

Durante la actual campaña descalificó a su única contendiente mujer en las primarias, Carly Fiorina, diciendo que nadie votaría por ella debido a su cara; ha insistido en innumerables ocasiones en que las mujeres que se practican abortos deben ser duramente castigadas (a pesar de que es legal); aseguró que Hillary no podía “satisfacer” a su marido y que, por tanto, no podría satisfacer al país; le sugirió a una periodista que lo entrevistaba con dureza que podría estar en “sus días”, etcétera. Podría seguir pero creo que la evidencia sobre uso indebido y sexista del lenguaje en contra de las mujeres de Trump es relativamente suficiente.

¿Y qué ha sucedido recientemente? Primero, que se reveló una conversación privada entre Trump y Billy Bush (otro presentador de programas de farándula) en la que quedó claro que para el candidato republicano las mujeres son algo para ser tomado, a las buenas o a las malas. Como dice Samantha Bee, lo de Trump fue una explicación paso a paso de un plan sobre cómo llevar a cabo un asalto sexual.

Y solo días después, la cereza encima del pastel que le dio una sensación de cierre casi perfecto a esta narrativa que empezó con el uso de un lenguaje “inofensivo” terminó con la peor crisis por la que haya pasado una campaña electoral republicana en mucho tiempo: dos mujeres denunciaron a Trump de haber puesto en funcionamiento el manual de asalto sexual que deletreó con tanta precisión en su conversación con Billy Bush. The New York Times publicó en detalle la denuncia. El mismo día, una escritora de la revista People detalló cómo Trump la empujó contra una pared y “forzó su lengua hasta su garganta” cuando ella intentaba entrevistarlo a él y a su esposa.

Es allí justamente donde está el problema: el lenguaje es un factor que permite y se constituye en una condición de posibilidad para el comportamiento. Un lenguaje agresivo, abusivo y muy ubicado en un contexto de lo que algunos han denominado “cultura de la violación” requiere de muy poco o casi nada para convertirse en una actitud concreta de dominación masculina. Mejor dicho: en los casos de discriminación y sexismo, raras veces existe una disociación profunda entre lo que se dice y lo que se hace. Por sus palabras los reconoceréis.

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