Espacios como ArtBo y Barcú, o mercados como el Bomm (fotos) y el BAmm contribuyen anualmente al impulso de la economía naranja.

¿Economía naranja?

Tanto en prensa como en círculos especializados se viene hablando con mayor regularidad de la economía creativa. La pregunta en boca de todos es: ¿puede un país, por medio de ella, crear valor de la nada? La respuesta, según esta economista, es que sí, pero el reto es grande. Acá explica cómo y por qué.

2016/09/29

Por Juliana Barrero* Bogotá

La economía creativa, economía de la cultura o economía naranja —como fue renombrada recientemente por el BID— está compuesta por las llamadas industrias culturales, creativas, de experiencia o de entretenimiento. Uno de sus atributos es que, como dice el escritor Charles Leadbeater, “a diferencia de los demás sectores de la economía, tiene la ventaja de que puede crear valor de la nada”. La creatividad es un recurso intangible asociado directamente al conocimiento y al acervo cultural que poseen los individuos. Es un recurso que en principio no se agota, no es escaso, no contamina y que cualquiera puede utilizar como factor de producción económica. Eso ha posicionado a la economía creativa como un motor de desarrollo económico y social deseable para la sociedad.

Desde una perspectiva económica, la decreciente disponibilidad de recursos y las capacidades intelectuales que han alcanzado los individuos han cambiado los focos de desarrollo de los países. Esto no quiere decir que la explotación de materias primas para actividades extractivas y el uso intensivo del capital para actividades de manufactura hayan dejado de ser una fuente importante de ingresos para las economías del mundo. Sin embargo, parece ser que el uso y la explotación de estos recursos ya no son motores suficientes de crecimiento. Menos ahora cuando los resultados de su desmedida explotación y la caída de sus precios en el mercado son evidentes, como también lo es que los países dedicados a las actividades extractivas y manufactureras no se están quedando con los mayores excedentes de las actividades económicas. Por el contrario, los que están concentrando las rentas son los que han buscado generar valor agregado.

Usemos como ejemplo la cadena de producción de los zapatos deportivos: unos son los países que extraen las materias primas, otros los que llevan a cabo la manufactura y otros los que diseñan los zapatos y generan las estrategias de marca. Todo esto, además de otras actividades económicas, tiene que suceder para que un consumidor, en cualquier punto del globo, encuentre exactamente los zapatos con los que se identifica. El uso y la comodidad ya no son atributos suficientes. Los países emergentes son, en la mayoría de los casos, los que abastecen la cadena con materias primas y manufactura (la maquila), mientras que los países desarrollados hacen los diseños y dotan estos productos de significado identitario. Basta con ver a un grupo de jóvenes y hacer un sondeo de las marcas de sus zapatos para intuir sus preferencias musicales o deportivas.

En resumen, las etiquetas de los productos dan cuenta de la asignación de roles en la economía global: para los que producen, hecho en y para los que diseñan, diseñado en. Es importante tener en cuenta los recursos requeridos para la manufactura y el diseño. Mientras que la primera actividad implica un uso intensivo de máquinas, combinado con recursos humanos no necesariamente calificados, la tarea de diseñar necesita de recursos humanos calificados, que tengan las habilidades requeridas para llevar a cabo una actividad creativa. En algunos países, las actividades de la economía creativa ya han logrado convertirse en una fuente importante de crecimiento.

La oferta cultural de un país está determinada por los bienes y servicios que produce mediante procesos industriales o artesanales. Sin embargo, el caso de los bienes culturales es diferente. Estos se precian de distintas maneras: por un lado, como todos los demás, tienen un valor de cambio, es decir, un precio en el mercado. Por otro lado (y en este caso esto es más importante que lo anterior), los individuos les dan a estos bienes un valor especial por el simple hecho de existir y ser transmisores de la identidad de una sociedad —su valor simbólico—. David Throsby, un economista reconocido en este campo, considera que un bien o un servicio cultural se caracteriza por tres razones: su producción involucra alguna forma de creatividad, genera o comunica un significado simbólico e implica una forma de propiedad intelectual.

Los bienes culturales, sin embargo, no siempre tienen estos tres atributos simultáneamente. Por ejemplo, un festival, la gastronomía de una región o las artesanías tradicionales parten de un hecho creativo y tienen un significado simbólico, pero ninguno está sujeto a propiedad intelectual —este es el caso de la comida china, o en Colombia, la comida y las bebidas tradicionales del Pacífico—. Por el contrario, los softwares o el diseño industrial generalmente están sujetos a la propiedad intelectual y son producidos a través de un proceso creativo, aunque con frecuencia no transmiten ningún significado simbólico. En la mitad están la industria del cine, la editorial, la musical, las artes visuales y otras más, que pueden tener los tres atributos.

Cada país incluye distintas actividades económicas y distintos sectores en la categoría que estos tres atributos delimitan. Es por esto que, si comparamos el porcentaje del PIB, el empleo o las exportaciones que reporta el sector creativo en distintos países, la diferencia de uno a otro puede resultar confusa e incluso desorientadora. En el caso de Reino Unido, se habla de industrias creativas definidas como “aquellas actividades que tienen su origen en la creatividad, la habilidad y el talento individual, y que pueden crear empleos e ingresos a través de la generación y la explotación de la propiedad intelectual”. Otros paises han tomado esta misma definicio´n introduciendo sectores relevantes para sus prácticas culturales. Este es el caso de India, que en su lista incluyo´ el yoga y la medicina ayurve´dica. Por su parte, para los países escandinavos, la importancia de los bienes y servicios generados por las industrias culturales se establece a partir de la experiencia que pueden tener quienes los consumen. Allí las denominan industrias de experiencia. En Estados Unidos se habla de industrias del entretenimiento.

La economía creativa como un motor de desarrollo económico es, en principio, el resultado de una apuesta de política pública por generar valor agregado a partir de la creatividad, principalmente la que puede estar sujeta a propiedad intelectual. Las actividades creativas que están impulsando el crecimiento económico en los países en desarrollo, principalmente los asiáticos, se concentran en servicios creativos y nuevos medios (desarrollo de software). Esto ha puesto a la economía creativa en el mapa como un posible motor en países con economías emergentes. Mientras tanto, los países desarrollados concentran las ganancias de la industria del cine, las artes escénicas, la música, el sector editorial, la publicidad y el diseño, consolidadas por décadas.

Países como Reino Unido, Canadá, Alemania, Australia, Francia, Estados Unidos, los países escandinavos, India, Francia y Singapur, entre otros, han logrado delimitar desde la política pública los bienes y servicios que pueden generar empleos e incrementar la producción y las divisas. Además, han creado mecanismos económicos para potenciar su desarrollo y su penetración en mercados externos, sobrepasando barreras lingüísticas y culturales. Es decir, han hecho una apuesta importante para que las industrias creativas ocupen un puesto relevante dentro de sus economías, con acciones que pasan por delimitar los marcos normativos y las políticas públicas. Los países asiáticos, que han estado a la vanguardia del sector de la animación y los videojuegos, cuentan con importantes fondos para la financiación de producciones y prototipos. En Estados Unidos se ha fomentado el lobby de la industria cinematográfica por décadas. Canadá está proponiendo una política que busca balancear la concesión de licencias comerciales y de licor, la planificación del transporte, la planificación del uso del suelo y los intereses de los bares, las salas de conciertos, los teatros y los festivales, para potenciar la economía de la música en sus ciudades.

Entonces, ¿es posible que la economía creativa genere valor de la nada? Claro, es muy posible, siempre y cuando la generación de valor parta de unos mínimos dados: el acceso a formación que promueva la generación de ideas y su materialización en bienes y servicios innovadores o que fomente la acumulación de conocimiento para que ese capital realmente sea un factor productivo de cualquier individuo; políticas públicas consecuentes con la apuesta, es decir, mecanismos que faciliten el acceso a fuentes de financiación o a fondos de promoción para el desarrollo creativo, que promuevan la experimentación, que no les teman al ensayo y al error, y que reconozcan y fomenten el rol que cumplen los mediadores culturales (entre muchos otros: agencias de diseño, librerías, galerías, críticos y espacios de creación colectiva); la disponibilidad de infraestructura que permita la creación, producción y circulación de los contenidos, tanto en espacios físicos como digitales; finalmente, públicos, es decir, individuos que valoren la creación y el acceso a bienes y servicios con contenidos creativos y culturales que permitan generar mercados y que incentiven la generación de más contenidos. Con estas condiciones, la economía creativa puede posicionarse como motor de desarrollo económico del país y pasar de ser hecho en a diseñado en.

Ahora, ¿qué tan factible es lograr cada uno de estos mínimos para que broten ideas creativas e innovadoras y estas se produzcan, circulen y se consuman? Aquí está el reto, y me atrevo a decir que en Colombia los agentes que participan de las industrias culturales y creativas (desde el ámbito privado y público) son conscientes de las dificultades a las que se enfrentan. Aunque con todo y la evidente ausencia de estos mínimos enunciados anteriormente —que hacen su trabajo más difícil—, han buscado decididamente la manera de crear, producir y circular los contenidos locales.

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MICSUR 2016

El Mercado de Industrias Culturales del Sur, Micsur, se constituye en la gran apuesta del continente por la creatividad, la diversidad, la cooperación horizontal, y sobre todo, por la integración cultural. La segunda edición de este mercado se realizará del 17 al 20 de octubre en Corferias, Bogotá, gracias al Ministerio de Cultura de Colombia en asocio con la Cámara de Comercio de Bogotá y con el apoyo de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

A través de una convocatoria pública, liderada por el Ministerio de Cultura, se abrió un espacio para la participación de emprendimientos colombianos en Micsur. Entre los más de 420 proyectos que se presentaron de todas las regiones del país, fueron elegidas 60 propuestas de igual número de empresarios culturales, diez por cada uno de los seis sectores que integran el mercado: animación y videojuegos, artes escénicas, audiovisual, diseño, editorial y música. La convocatoria, que se realizó mediante el Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura, permitirá a los empresarios llevar a cabo un intercambio que potencie la circulación de bienes y servicios culturales en la región sur y el mundo.

Sesenta empresas provenientes de Bogotá, Bucaramanga, Cali, Medellín, Barranquilla, Pasto, Jardín, Cartagena, Pereira y Popayán participarán en las ruedas de negocios de Micsur 2016, la principal plataforma para el conocimiento, difusión, promoción, circulación y comercialización de bienes y servicios generados por las industrias culturales y creativas de la región, que se realizará del 17 al 20 de octubre en Corferias.Algunos de los participantes serán Rey Naranjo, Laboratorios Black Velvet, Fundación Barrio Colombia, Teatro Libre de Bogotá y la Libélula Dorada. Estas empresas estarán en contacto con compradores, programadores de festivales y mánagers para ampliar sus potencialidades de negocio. Consulte la programación en: www.micsur.org.

*Directora asociada de Lado B, consultora en economía creativa. 

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