Frank Zappa nació en 1940 y falleció en 1993 a los 53 años. Foto: Roger Allston.

Frank Zappa: el gran irreverente

Tan contestatario de la cultura conservadora de su país como del movimiento hippie, este asiduo lector de Flaubert y admirador de Ígor Stravinski rompió como pocos los cánones musicales de Estados Unidos con una de las propuestas sonoras más innovadoras del siglo XX. Su autobiografía, editada por Malpaso, llegó este mes al país.

2017/03/24

Por José Gandour* Bogotá

Era un bicho raro. A los 10 años buscó desesperadamente por meses The Complete Works of Edgard Varèse, Volume One, un disco que, cuando lo halló a unos cuantos kilómetros de su casa, descubrió que los dueños de la tienda lo usaban para probar la capacidad de estridencia que podían resistir los equipos de sonido que tenían a la venta. Aunque sus contradictores lo etiquetaron durante años como un hippie zarrapastroso, era común que citara en sus conversaciones a Gustave Flaubert y marcara como una de sus más importantes influencias al compositor ruso Ígor Stravinski. Estamos hablando de un personaje que se sentaba durante horas a conversar sobre política europea con Mick Jagger, mientras el británico, después de un accidente, le sacaba las astillas de una puerta rota de sus pies. Este rockero aborrecía las drogas (aunque pedía por su legalización) y murió a los 53 años de cáncer de próstata, una de las enfermedades menos glamurosas del espectro anatómico. Estamos hablando del poseedor, según Matt Groening, creador de la serie televisiva Los Simpson, del mejor bigote de la historia estadounidense. Estamos hablando de Frank Zappa, uno de los protagonistas artísticos más interesantes de la segunda mitad del siglo XX.

Sus acciones y sus palabras, desde temprana edad, lo definieron con claridad: la primera vez que apareció en la televisión, con apenas 22 años, demostró que se podía hacer música (o al menos ruido interesante) a punta de dos bicicletas, un par de baquetas y un arco de violín. Más de dos décadas después, en su última entrevista, expresó que en un mundo de estereotipos básicos, si alguien tiene una gran nariz y un corte de cabello extraño, esa persona estará capacitada para hacer cualquier cosa que desee. Su coherencia intelectual nunca perdió la ruta, está claro.

Todo esto lo decimos a propósito de la reedición en español, en la editorial Malpaso, de sus memorias, La verdadera historia de Frank Zappa, publicadas en inglés en 1988. Este libro, un compilado caótico y divertido de sus mejores historias, es un relato completo de la vida de este hijo de sicilianos nacido en Baltimore, y que, a causa de un asma que sufrió durante su infancia, se trasladó con su familia a California, donde pasó gran parte del resto de su vida. La narración arranca en los momentos en que su padre, un químico profesional que trabajaba para el ejército estadounidense, guardaba máscaras de gas para toda la familia por si en la planta donde laboraba, cercana a su hogar, ocurría algún accidente con gas mostaza. Cualquiera, a partir de este detalle, podría decir que es más que explicable la excentricidad del artista en los años venideros.

Con una carrera artística de más de tres décadas, Zappa fue compositor, guitarrista, cantante, productor discográfico y hasta director de cine. Su obra estuvo relacionada con el rock, el jazz, el blues, la música electrónica y la música concreta. Su discografía tiene más de 60 títulos, buena parte de ellos hechos con su agrupación The Mothers of Invention. Su trabajo suma conflictivas alianzas con diversas orquestas sinfónicas del mundo, incluido su último esfuerzo, poco antes de morir, en septiembre de 1992, con la orquesta de cámara Ensemble Modern, en el festival de Fráncfort, donde, aunque visiblemente agotado por el avanzado estado de su cáncer, recibió de parte del público asistente una ovación de 20 minutos.

Durante todo el libro, Zappa desborda al lector, por momentos de manera desordenada, con infinidad de datos sobre su vida, que abarcan desde su acercamiento autodidacta a la música (“Como no tuve ningún tipo de formación, para mí no había ninguna diferencia entre escuchar Lightnin’ Slim, o un grupo vocal llamado Jewels..., o Webern o Varèse o Stravinski. Para mí todo era buena música”), hasta su amor por la tecnología musical de aquellos tiempos, en particular por el Synclavier, uno de los primeros sintetizadores del mercado, con el cual esperaba lograr una ejecución perfecta de piezas difíciles (“Con el Synclavier, cualquier grupo de instrumentos imaginable puede ser invitado a tocar los pasajes más difíciles... con una aproximación de un milisegundo en cada ocasión”).

Metiéndonos en emociones particulares, en uno de los capítulos más llamativos del libro, Zappa habla de un mes terrible, diciembre de 1971, en el que sufre en plena gira europea dos desgraciados momentos: durante una presentación en el Casino de Montreaux, en Suiza, el equipamiento de The Mothers of Invention fue destruido cuando una bengala disparada por una persona del público incendió por completo el lugar del evento, hecho inmortalizado en la canción Smoke on the Water, de Deep Purple. Una semana después, Zappa y su banda tocaron en el teatro Rainbow de Londres y un asistente al concierto empujó a Zappa fuera del escenario, quien cayó al suelo de cemento del foso de la orquesta, y sufrió un traumatismo craneal y lesiones en la espalda, pierna y cuello, además de un golpe en la laringe que le hizo perder un intervalo musical de una tercera mayor, es decir, dos tonos en su voz, después de su recuperación. Durante más de medio año, el artista quedó postrado en una silla de ruedas, y al salir de ese periodo, una de las piernas le quedó más corta, produciéndole un crónico dolor de espalda del cual nunca se pudo recuperar. Igual, en recuerdo de esa experiencia, Zappa compuso en los siguientes años dos canciones, Zomby Woof y Dancin’ Fool.

Zappa en Chicago en 1984. Foto:Paul Natkin.

Quizá los momentos más interesantes de sus memorias están en su definición de la música y, casi al final del texto, en su lucha contra la censura en Estados Unidos. Sobre la música, Zappa dice que lo más importante es el marco, porque sin él no se especifica el límite entre el arte y el mundo real. Recurre al compositor y teórico musical norteamericano John Cage para explicar que el objeto artístico necesita “un envoltorio” que lo defina. Si Cage dice “voy a ponerme un micrófono de contacto en la garganta y voy a beber un zumo de zanahoria y eso será mi composición”, está notificando que el resultado sonoro de su trago es su obra, y le da un contexto para ser entendido como hecho artístico. Zappa advierte que cualquier cosa puede ser música, a partir del instante que alguien quiere que lo sea y el público que lo escucha decide tomarlo como tal.

¿Se acuerdan del joven Zappa mostrando por televisión cómo se podía utilizar como instrumentos musicales un par de bicicletas, mientras la audiencia se reía? Eso es el artista saliendo de la esclavizante abstracción general de la música que tiene la mayoría de la población. Su intención, y lo demostró en la mayoría de sus publicaciones discográficas, fue romper esquemas y cuestionar los límites establecidos por la industria musical, las radios y los preceptos cerrados de los críticos musicales. Ejemplos de ello se pueden observar en canciones como Help, I’m a Rock!, incluida en Freak Out, primer álbum de The Mothers of Invention, una suite en tres movimientos que parece una desquiciada mezcla de lectura de un guion de cine, incompresibles cantos que parecen tomados de experiencias religiosas orientales y un incesante torpedeo guitarrístico que intenta hipnotizar al espectador. También podemos citar Big Swifty, grabación de 17,5 minutos, de su disco Waka/Jawaka, donde en medio de sus coqueteos con el jazz inunda la mezcla con desesperadas percusiones que completan el espectro sonoro, rompiendo de forma fina la paciencia del oyente desprevenido. Este tipo de delirantes exposiciones sónicas se pueden hallar en los ejercicios de producción de Zappa a lo largo de su carrera discográfica. Pero igual, Zappa tuvo momentos en los cuales logró atraer una gran audiencia, como se vio con Don’t Eat The Yellow Snow, de su álbum Apostrophe, con el cual escaló hasta el puesto 10 en los listados de los discos más vendidos de la revista Billboard.

Zappa armaba letras llenas de humor y sin ningún tipo de restricción lingüística. Cantó sobre las intensas experiencias eróticas de su compañero en escenario, el reconocido guitarrista Steve Vai, que involucraban un banano y unos cuantos azotes (Stevie’s Spanking, del disco Them or Us). También, en otra composición, describió el encuentro íntimo de un adolescente con una “lesbiana llamada Freddie”, en el que el ingenuo personaje experimenta sensaciones nunca antes vividas, las cuales involucran vaselinas y lluvias doradas (Bobby Brown Goes Down, del álbum Sheik Yerbouti). Por su canción Jewish Princess, en la cual se burla de un estereotipo muy difundido en los años ochenta en Estados Unidos, recibió un llamado de atención de la Liga Antidifamación (organización judía fundada por la organización B’nai B’rith), que intentó impedir su difusión en las radios estadounidenses alegando que su letra era de contenido antisemita. Pero su momento cumbre de enfrentamiento frente al establecimiento norteamericano sucedió cuando, en septiembre de 1985, Zappa testificó ante el Senado de los Estados Unidos, cuestionando al Parents Music Resource Center o PMRC, una organización cofundada por Tipper Gore (esposa del entonces senador Al Gore), creada para controlar el contenido sexual o satánico de las letras de las canciones publicadas por las discográficas. Zappa veía las actividades de dicha entidad como un camino hacia la censura y calificó su petición para etiquetar ciertos álbumes con contenido explícito con la etiqueta “Parental Advisory” como una extorsión a la industria musical.

Zappa expresó en su declaración que lo que intentaban Gore y su institución era “perpetuar el mito que establece que Sexo equivale a Pecado”, ayudando de paso a mantener boyante a la verdadera industria pornográfica. Puso a consideración del Senado que no había evidencia científica que comprobara que la exposición a cualquier tipo de música provoca la ejecución de un crimen “o la condena de su alma al infierno”. También hizo referencia a la masturbación, diciendo que si no era ilegal ejercerla en territorio norteamericano, no tenía por qué estar prohibido hacer canciones al respecto. De todas formas, al ver desde 1985 los sellos de advertencia sobre los álbumes cuestionados colgados en las tiendas, podemos adivinar quién ganó la discusión.

Zappa murió en diciembre de 1993 y entre los reconocimientos post mortem que recibió su obra sobresale la inclusión, en 2005, de su álbum We’re Only in It for the Money en el National Recording Registry de parte de la National Recording Preservation Board de Estados Unidos, declarando en su discurso que “el inventivo e iconoclasta álbum de Frank Zappa presenta una postura política única, tanto anticonservadora como anticontracultural, y ofrece una sátira mordaz tanto del hippismo como de las reacciones de América sobre el mismo”. Esta justificación explica todo lo que podemos decir de la importancia de la obra de este gran irreverente.

Por todo ello, a pesar de la incómoda traducción española que acepta la editorial Malpaso, en la que se acuden a modismos ibéricos demasiado alejados del lector colombiano, podemos decir que La verdadera historia de Frank Zappa es un libro que vale la pena leer, porque nos ayuda a comprender que todo lo sucedido en el rock no siempre estuvo sembrado de muestras infantiles de rebeldía, y que por suerte hubo personajes polémicos y valientes, como este gran bicho raro de bigote extraordinario, que le dieron un valor intelectual más allá de las travesuras más difundidas de los músicos del momento.

*Crítico de música

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