Un grupo de mujeres protesta el Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo, frente al Congreso, en Buenos Aires, Argentina.

El oído de la mantis

La ganadora del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2015 escribe un alegato a favor del feminismo y de las mujeres que por medio de la literatura han impulsado transformaciones sociales y políticas.

2017/04/22

Por Magela Baudoin* Santa Cruz de la Sierra

Una definición de partida, para ahorrar camino: soy feminista y lo soy porque es imposible no serlo en un país (y en un mundo) en el que se ha creído que el cuerpo y el alma de las mujeres son un territorio yermo en el que se puede cometer cualquier tipo de violencia, comenzando por la muerte, sin consecuencias. No conozco a una sola mujer (y me incluyo) que no haya vivido en alguna etapa de la vida algún tipo de abuso, sexual o simbólico.

Soy feminista de la misma manera que soy antirracista y estoy en contra de cualquier tipo de discriminación. Cuando hablamos de feminismo en las actuales condiciones socioculturales, para mí estamos ante una definición esencialmente ética que nos obliga a tomar una posición frente al bien y el mal. Tan simple como eso. Y el machismo no puede estar del lado del bien (aunque se lo mire con la condescendencia de las “costumbres”), o díganme en qué lugar podría ubicarse una niña muerta y violada, no por un desconocido, lo cual ya es horrendo, sino por su padre, por su abuelo, por su hermano.

Soy feminista, también, porque el sistema sofisticado de abusos de una sociedad permisiva como la nuestra sigue dejándonos mudas, incluso cuando tenemos conciencia de los sistemas de dominación más sutiles y cotidianos. Y porque sigue siendo necesario que aprendamos a defendernos y a verbalizar nuestras razones sin culpa.

No es posible no ser feminista, disculpen el énfasis, cuando las mujeres hemos tenido que trabajar tanto, tantísimo más que los hombres, para ingresar a los circuitos capitalistas de la cultura, y eso no ha cambiado lo suficiente: basta revisar la inclinación cuantitativa y cualitativa de las reseñas, los “escaños” ocupados en el mundo académico, la legitimación de las escrituras, el llamado “canon”. En mi país la visibilidad cultural ha favorecido tradicionalmente a los varones y no es una percepción “subjetiva”. Hay muchísimos hechos concretos que lo confirman.

Por todo esto, no temo decir que soy feminista (ahora que esta palabra se ha vuelto un estigma), pero así como lo soy, no trago la literatura cuando es panfleto, pedagogía, “compromiso” (como lo definía Sartre) de ningún tipo, ni político, ni indigenista, ni ecologista, menos aún feminista.

De modo que no me voy a referir al feminismo como una categoría literaria sino a la forma en que la literatura probablemente ha influido y lo sigue haciendo en las transformaciones sociales y políticas más profundas de la humanidad.

Pienso, por ejemplo, en el precoz alegato contra la modernidad, de la lúcida y jovencísima Mary Shelley, que escribió Frankenstein o el moderno prometeo, poniendo en cuestión la moral científica y el pensamiento positivista, la relación del hombre con Dios, la definición tradicional de la familia. Es difícil imaginar una marca más honda.

Pienso en el ejercicio de travestismo (y subversión) de otras jovencísimas escritoras como las hermanas Bronte, que se cambiaron de nombre (a uno masculino) para tener un lugar en la literatura. Como ellas: George Eliot, George Sand o Isak Dinesen, por citar unos cuantos ejemplos más.

Pienso en otras que hicieron del claustro un espacio de desobediencia, como sor Juan Inés de la Cruz. O en inteligencias prodigiosas y originales como las de Colette, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Clarice Lispector, Ocampo, O’connor, Welty o McCullers o Alejandra Pizarnik, que no solo reinventaron a su modo la literatura sino que cuestionaron su lugar en el mundo y se atrevieron a imaginar y a desear aquello que Virginia llamaría “una habitación propia”.

La mexicana sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695).

La capacidad de representación del mundo femenino ha sido, sin lugar a dudas, uno de los mayores aportes de la literatura al feminismo. No solo por lo que supone la variación de las temáticas y las estructuras literarias, sino porque ese ejercicio de atención nos ha permitido cuestionarnos.

Y no hablo solo de la literatura escrita por mujeres. Sería absolutamente restrictivo hacerlo. Traigamos acá, para dar un ejemplo manido, a tres de los personajes que tienen todo que ver con el tipo de mujeres que hoy somos: Emma Bovary, Ana Karenina o la Regenta. Todas ellas hijas de plumas masculinas.

Por supuesto que es a partir del siglo XX cuando mejor pueden vislumbrarse las voces y los temas femeninos. La crítica feminista dispone, por tanto, de un amplio repertorio de temas, fundamentados en el análisis de no pocas obras. Algunas obsesiones saltan a la vista: la sexualidad femenina fuera de los límites tradicionales, las relaciones madre-padre-hijos o la no maternidad, el discurso autobiográfico, la presencia de lo cotidiano y lo concreto, el cuerpo como territorio de la violencia y la conformación de la identidad, la creación de mundos alternos (fantasmagóricos, góticos, fantásticos), etcétera. No es poco si lo vemos, y las estéticas son poderosas: Giovanna Rivero, Mariana Enríquez, Alejandra Costamagna, Paulina Flores, Fernanda Trías, Selva Almada, Margarita García Robayo, Liliana Colanzi, Samanta Schweblin, Fernanda Ampuero, Carolina Sanín, Valeria Luiselli (se me van muchos nombres), sin mencionar a otras pioneras: Hebe Uhart, Elena Poniatowska, Margo Glantz, Laura Restrepo, Piedad Bonnett, Hilda Mundy, Marosa di Giorgio, Amparo Dávila… me quedo corta.

Me gustan sus escrituras porque me recuerdan a un insecto: la mantis, de la cual hablaré en otra oportunidad (Mantis es el nombre de una colección de literatura escrita por mujeres, dirigida por Giovanna Rivero y Magela Baudoin, en Bolivia) y que me produce fascinación. No por aquello de que devora al macho luego de la cópula, lo cual es una hipérbole porque en realidad lo hace rara vez, sino porque este bellísimo ser es el único del reino animal que tiene el oído en el corazón, que es desde donde tal vez haga falta aprender a escuchar, porque lo cierto es que el feminismo, el ecologismo, los movimientos gays, indigenistas y las minorías en general seguirán nutriéndose de la literatura —en su camino, un camino largo aún (lamentablemente)— y esto porque es en la ficción donde mejor sabemos reflejarnos y revelarnos.

*Escritora.

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