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Imagen sagrada

El papa Francisco bendijo el Cristo de Bojayá. Pero no es por esa bendición pontificia que este crucifijo es una imagen sagrada. Sino por su historia. O, mejor, por la historia que presenció.

2017/09/19

Por Antonio Caballero

En esta fotografía el personaje importante no es el papa Francisco, que ora de espaldas al fotógrafo, sino la pequeña escultura de un cuerpo mutilado que cuelga encima de él, clavada a la pared. Es el Cristo de la iglesia del pueblo chocoano de Bojayá, volada hace quince años con trescientas personas dentro por un cilindro bomba de las Farc en el curso de un combate con los paramilitares de las AUC. O, más exactamente, lo que quedó de él entre las ruinas de la explosión y el incendio: un flaco torso ennegrecido de pólvora, sin brazos ni piernas, como lo dejó la violencia.

El papa ante el Cristo de Bojayá. Crédito: Pedro Ugarte / AFP.

No fue una tarea de restauración, sino de conservación la que se hizo con la imagen (¿de madera?, ¿de yeso?), dice el artista que la ejecutó. Sin embargo se ve bastante retocada, maquillada, y si cabe embellecida, por contraste con lo que muestran las fotografías de prensa de cuando fue rescatada de la destrucción de Bojayá. Pero es por incompleto, por medio descabezado y oscuro, por colgado de un gancho como una pieza de res en una carnicería sobre el aparatoso mural geométrico pintado de blanco y escarlata que armaron en Villavicencio para la misa papal, que este pedazo de hombre crucificado y sin cruz resulta tan visceralmente impresionante, como lo sería la de un pedazo de momia humana de carne y hueso. El papa lo contempla inmóvil, de espaldas al público y al fotógrafo, todo vestido de un blanco impoluto desde el solideo hasta las amplias enaguas de la sotana que rozan el piso. Hay unas flores que rompen la demasiado buscada simetría de la foto.

El papa lo bendijo. Pero no es por esa bendición pontificia que este crucifijo es una imagen sagrada, ni por su valor estético, más debido al azar de la violencia sufrida que al talento de su anónimo autor. Sino por su historia. O, mejor, por la historia que presenció.

Este Cristo es un testigo. Como el famoso Cristo de la Vega de Toledo, en España, el legendario “mejor testigo” que desprendió un brazo de la cruz para prestar testimonio sobre los Evangelios en un caso de ruptura de promesa de casamiento, según cuenta el poeta Zorrilla en un largo romance romántico. Solo que en este caso el testimonio que rinde no es el de una simple engañifa de galán abusivo a doncella ingenua y crédula, sino el de una tragedia colectiva en un pueblo olvidado de la selva chocoana que ejemplifica la tragedia del largo conflicto armado de Colombia.

A finales de abril del año 2002, poco después de interrumpidas las conversaciones del despeje del Caguán entre las Farc y el gobierno de Andrés Pastrana, los narcoparamilitares al mando de Fredy Rincón, “el Alemán”, llegaron al pueblo de Bojayá, sobre el Atrato, buscando desalojar de la región al Frente 58 de la guerrilla. Los choques tomaron entre dos fuegos a la población civil inerme, sin que las Fuerzas Armadas trataran de intervenir. Fueron seis días de combates sobre las aguas del río. La gente se refugió en la iglesia, no porque fuera un templo, con la antiquísima y universal tradición de inviolabilidad de los recintos de culto, sino porque era la única construcción “de material” que pudiera parar las balas en todo el pueblo. Los paras, a su vez, se atrincheraron detrás de la iglesia. Las Farc dispararon tatucos, y uno de ellos atravesó el tejado del templo, estalló entre la multitud de refugiados y mató a 79, en su mayoría mujeres y niños. Aunque fue un raro caso de combate directo entre paras y guerrilleros. Su resultado fue el habitual: casi todas las víctimas fueron civiles desarmados. Y, según cuenta el Centro Nacional de Memoria Histórica, tanto las Fuerzas Armadas como el gobierno (ya el de Álvaro Uribe) rechazaron el informe de la investigación realizada por la oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas.

No sobrevivió la verdad, como no había sobrevivido ni el Cristo del altar. O solo a medias. Medio Cristo, o, como dijo el papa en su misa de Villavicencio, “un Cristo roto y amputado que es más Cristo aún”: el Ecce Homo que toma sobre sí la carga de los pecados del pueblo.

La imagen es tremenda. Ojalá sirva para algo.

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