El filósofo británico John Locke (1632 - 1704).

El poder para pensar

"Ojalá pudiéramos aprender a distinguir entre guerra y resistencia, entre venganza y justicia. Porque es nuestra única salida".

2016/05/24

Por Andrea Mejía

Es a John Locke a quien debemos la idea que nos cayó en estos días de repente, de lo alto, la idea de una “resistencia civil”. Locke creía que en un gobierno civil los ciudadanos deben obedecer la ley, y deben sobre todo renunciar a cualquier forma de autodefensa. Renunciamos al uso de la violencia, pero retenemos siempre, como ciudadanos, un poder en contra de cualquier forma de tentación autoritaria, un poder para juzgar, es decir, para ejercer el juicio a través del arma civil más poderosa: el lenguaje. Retenemos el “poder para pensar”. Esta es la expresión exacta de Locke. Solo desde el juicio común y libre es posible la resistencia civil. Suena poco, pero es mucho.

Es imposible ejercer el poder civil del pensamiento bajo el imperio soberano del miedo. La guerra –o un estado cuyo único régimen sea el de la seguridad militar y paramilitarmente sostenida– es el espacio donde jaurías de pulsiones se desatan y se encarcela el pensamiento. El pensamiento queda entonces relegado a un espacio privado, interior y secreto, en el que muy pronto acaba muriendo. En la guerra no hay pensamiento. La resistencia civil se opone entonces al militarismo ciego. A las políticas de la autodefensa. Aquí tendríamos que resistir a los que van a defender sus millones de hectáreas de tierra hasta la muerte, pero no la propia muerte, sino la de otros, la de muchos otros, porque no hay que ser heroico para defenderse: basta organizar y mantener ejércitos privados. A los formadores de estos ejércitos tendríamos que resistir. No hay poder civil si hay autodefensa. A lo que resiste el poder civil es, en primer lugar, a todas las manos y falanges firmes que puedan llegar a sofocarlo.

Pero el poder de resistencia civil se opone también al “corazón grande”. Aunque en nuestro país el fascismo no ha llegado a instalarse como forma política institucionalizada, hemos probado sus horrores. Hemos visto las “conciencias” –otro término caro a los ideólogos de nuestro pintoresco fascismo local– fusionadas en un solo corazón expuesto, palpitante, actuante. El corazón de un pueblo que aclama a su guía. Esta es la materia prima del estado “orgánico” del que habla Mussolini en La doctrina del fascismo. A los sujetos se los debe “acostumbrar”, escribe Mussolini, a “un liderazgo real y efectual”. Solo se puede guiar a quienes no ejercitan libremente el juicio propio en compañía de otros. Por eso la posibilidad de formar juicios en común debe ser arrollada por el pálpito continuo de un corazón grande. Basta con encontrar la clave retórica adecuada para vaciar los juicios, para ocuparlos, para convertirlos en la prolongación de una máquina de irreflexión y de obediencia. Un pueblo que se entrega al éxtasis y al delirio no resiste a nada. Ha perdido todo poder de resistencia. Se ha perdido a sí mismo. Lo ha perdido todo.

Por eso, de lo que menos se trata hoy para nosotros es de “corazón”. Los clanes de corazones grandes y manos firmes solo han traído el espanto y la impotencia política. A lo que tenemos que resistir es a la fuerza avasalladora de emociones oscuras y atávicas que son la sustancia anímica del fascismo. Vengo usando la palabra “fascismo” en sentido estricto, no como un insulto vago del que se me ocurre de repente echar mano. Tenemos que aprender a resistir con la inteligencia al poder de la venganza y del miedo. Aprender a hablar, a hacer distinciones, a examinar lo que otros dicen, a cuidar de los juicios que hacemos, porque este es el poder que nos queda, intentar formar juicios en común, frágiles y precarios, sí, pero libres, no dictados por la infalibilidad del “juicio” del guía. El poder civil para pensar resiste a los arrebatos emocionales de un líder que no forma juicios sino consignas, consignas a las que los dóciles responden con obediencia y disciplina. “Cerrar filas en torno al líder”, lo llaman. Tenemos que aprender a no salir a la calle cada vez que suenan las trompetas del caudillo. A salir a la calle cada vez que es asesinado alguien que resiste civilmente, con su palabra.

La resistencia civil es entonces el poder en contra de todas las formas de irracionalismo político. La mitad del país –y con ella puede que el país entero– está en manos de un vengador que acaba de hacer un llamado velado a la guerra civil. Ojalá pudiéramos aprender a distinguir entre guerra y resistencia, entre venganza y justicia. Porque es nuestra única salida. Porque con la venganza organizada en forma de guerra perece el mundo.

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La columna de Antonio Caballero regresará en la próxima edición. 

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