Fabián Casas nació en Buenos Aires en 1965. Crédito: Nicolás Ruíz.

Vindicación de la vida privada

Lector antes que escritor. Heteroclito a la hora de escribir. Poco ortodoxo con sus opiniones literarias, el escritor argentino Fabián Casas es uno de los invitados a la Fiesta del Libro de Medellín. Leer su poesía y su más reciente novela parece urgente para quienes no conocen a una voz tan coloquial como sofisticada en su poesía.

2016/08/23

Por Germán Beloso*

¿Hasta dónde podemos acercar a las cosas nuestra comprensión?, ¿hasta dónde podemos conocer a alguien? Estas preguntas se desprenden de gran parte de los poemas y de la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco (2015). Estas preguntas reaparecen camino a su encuentro, pero lo que reaparece sobre todo es esa sentencia del narrador de “Casa con diez pinos”, uno de sus relatos incluido en Los Lemmings y otros (2005): “A los escritores no hay que conocerlos, hay que leerlos”. Luego sabré que eso mismo se lo decía a Fabián Casas, Ricardo Zelarayán, un escritor que no solo a él sino a muchos escritores los ha influenciado de una manera notable, sin embargo, no es un autor tan leído y tan conocido, pero es ese escritor que tiene que existir en todas las culturas para que la literatura de ese país sea genial. Llegar hasta Casas será un intento por sondear al escritor, si es que tal cosa existe, porque lo primero que se observa al charlar con él es que frente a uno no hay un escritor, no hay una figura de escritor, no hay pose.

Pasamos a buscar a Fabián Casas por el centro cultural Enjambre, donde dicta sus talleres de escritura, lo esperamos con el fotógrafo en la sala de entrada, al costado de la cual hay un pasillo que conduce a los baños y, al fondo, detrás de unas cortinas teatrales, está la sala donde se supone Casas se encuentra con sus alumnos. La clase aún no ha terminado. Nada más propicio para su taller que esas cortinas como marco, pienso, una suerte de contra-teatro donde Fabián trabaja para que cada uno de sus alumnos encuentre su propia voz; “si de un taller salís escribiendo con la voz del tallerista, el taller ha fracasado”, recuerdo haberle oído decir en algún lado. Hallar la voz extraña, la voz incómoda, la esencia.

Fabián aparece abriendo las cortinas, lo veo caminar por el pasillo, con la gorra de lana puesta para enfrentar el invierno que lo espera afuera. Decide llevarnos a la librería de unos amigos, “porque hay un sillón y es tranquila, además es linda, ahí podremos hacer unas fotos”. A sus 51 años es una persona jovial. Rumbo a la librería nos cuenta con entusiasmo acerca de sus talleres. Hay un goce particular, como de chico que enseña sus juguetes secretos e inventados, en decirnos los títulos de los talleres: Ensayo general; El nadador, de narrativa; y el que acaba de dictar: El taller invencible, de poesía. Nos sentamos a hablar de los personajes de Titanes del coco, como si fueran amigos a los que Fabián ya conoce y a los que yo acabo de encontrar. Personajes entrañables, unos; oscuros, otros; pero todos, a su manera, insondables. La impresión que transmiten es que no entienden del todo su propia vida, y entonces recuerdo unos versos de su poemario El salmón, que preguntaban: “¿Qué es lo que hace / que una vida funcione y avance?...”.

Puede ser que sus personajes conozcan la pregunta, lo que desconocen es la respuesta. A Andrés Stella, a quien ya conocemos de relatos anteriores, se le encarga la investigación sobre Galarraga, un preceptor de escuela, personaje oscuro sobre quien caen las sospechas a partir del suicidio de una alumna y el secuestro de otra. Los amigos y compañeros de Andrés forman parte de otras líneas narrativas fragmentarias que conforman esta novela cuya descripción se encuentra dentro mismo de la narración, cuando se dice de uno de los personajes: “Pensó que el sentido se logra por la observación de las constelaciones, por los bloques de significación flotantes, no por la linealidad. La linealidad es la perdición de la narración”.

Esa frase, Fabián la construye “en trance, cuando lo escribí no sabía lo que era, y después me di cuenta de que era lo que armaba todo el libro”. Los personajes son camalotes a la deriva, lo que genera cierta incertidumbre. A Casas le resulta productivo trabajar con la incertidumbre, “me estimula mucho eso, la piedra en el zapato me gusta, más que sentirme cómodo”. Tardó ocho años en escribir la novela. “El libro estaba separado en cuatro o cinco carpetas: el Libro del preceptor, el Libro de los periodistas, el Libro de los que trepan a los techos y el Libro de los peruanos, y eran relatos separados; después, en un momento se empezaron a cruzar. Pero en principio fueron pensados como relatos”. Pyman es un personaje, si se quiere, secundario, pertenece al grupo de los que trepan por la noche a los techos para andar por las azoteas de la ciudad, un deporte al que llama triping, con el que intenta hacer reaccionar algo así como la naturaleza propia de su ser, “ya que la personalidad, ahí arriba, no sirve para nada. Hacer triping es producir en uno esencia, almacenarla para la vida cotidiana”. Pyman tiene la teoría de que el desarrollo de la personalidad trunca en los chicos su esencia, porque la construcción de la personalidad siempre responde a los requerimientos de otras personas.

Hablamos de eso y Casas dice que sí, “en ocasiones alguien puede parecer que tiene mucha personalidad, pero si la golpeás te das cuenta de que está hueco; es un trabajo puramente epidérmico eso de la personalidad, ¿no?”, y continúa reflexionando acerca de la exigencia de nuestras sociedades capitalistas en esta dirección, las grandes marcas deportivas, por ejemplo, que en sus publicidades dicen ¡imposible es nada!, o cosas por el estilo. “La personalidad es un trabajo solamente del capitalismo, hay que salirse de la rueda de representación y buscar el corazón en las personas comunes, hacer una vindicación de la vida privada, la gente no quiere más una vida privada, quiere que todo esté en Instagram. La vida privada es hermosa, que no te conozcan. Entrar a un lugar y que todos te conozcan es agobiante, a mí me parece que es hermoso el anonimato”. También los escritores se ven presa de una representación a la que muchos acceden con gusto, otros no, pero muy pocos pueden sortear.

Uno diría que Casas está fuera de esa forma de esclavitud. Se muestra sencillo, sin impostura. Casas se ríe de sí mismo, también de los demás, incluso de aquellos escritores cuya prosa admira, como sucede en el ya mencionado relato que integra Los Lemmings y otros, donde un Mini Escritor está encargado de acompañar al Gran Escritor durante toda su jornada. “Pasé todo el día con él. Me encadené a su show”, dice el Mini. El Gran Escritor está inspirado en el argentino Juan José Saer, cuenta Casas, “está basado en una anécdota que me contó un amigo mío, a quien Saer le había pedido que le pasara a máquina los poemas. Saer es un escritor extraordinario, pero me parece que también tenía eso en algún lado… Hay un poeta peruano, Luis Hernández, que escribió un poema al gran poeta inglés Ezra Pound: “Ezra: / Sé que si llegaras a mi barrio / Los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, che’ su madre…”, y eso es genial, porque esa es la forma en que tenés que tomar a los grandes, faltándoles el respeto un poco ¿no? Porque si no, es imposible. Reírte de ellos y también uno reírse todo el tiempo de sí mismo. Saer estaba medio obsesionado con lo que tenés que leer y lo que no… para mí tenés que leer todo”.

Casas nunca aconseja no leer algo, le parece malísimo eso, él concibe al lector como un sujeto creador, ahí donde vos no encontraste nada otro lector sí encuentra y con eso puede producir algo genial, “la historia de la literatura está escrita de ese modo, el monólogo interior del Ulises, por ejemplo, Joyce lo toma de haber leído a Édouard Dujardin, para muchos un escritor muy menor, pero para Joyce fue central; o por ejemplo T. S. Eliot, que toma a Jules Laforgue, para algunos un poeta menor –para mí, un poeta genial–, al que Eliot le copia casi todo, con esa voz que encuentra en Laforgue construye la suya. Entonces lo que para uno es menor para otro es enorme. Saer tenía eso un poco dogmático de que tenías que leer esto y esto no, yo estoy a favor de todo. Aprendí de muy chiquito, con mi grupo de amigos con los que hacíamos una revista que se llamaba 18 whiskies, que la literatura es una construcción colectiva, no individual; después, en el momento de escribir te sentás vos, escribís vos, pero la cosa es colectiva, todos estamos escribiendo”.

“Una imagen del infierno para mí es un lugar donde están solamente mis libros”, afirma Casas para definirse más como lector que como escritor: “Te soy sincero, a mí me gusta más leer que escribir, hoy en día leo mucho más de lo que escribo, y cuando entro a la librería busco los libros de los otros, de los contemporáneos, no estoy buscando mis libros”. La matriz lectora de Casas tiene en su origen una biblioteca ecléctica formada por aquella colección de literatura universal que la editorial Bruguera publicó en unos libritos de bolsillo y tapa dura: “Burroughs, Pío Baroja, Carpentier, Hemingway, García Márquez, Henry Miller… y yo ahí leí todos”. Y la poesía, mucha poesía. Su gran mentor parece haber sido su padre, quien le compraba muchos libros. Después, la Facultad de Filosofía le dio una formación teórica. Borges y Arlt han sido una lectura que define como productiva, al igual que el habla de los amigos del barrio: “El escucharlos también es como una lectura para mí, estar con el oído atento para escuchar cuando tus amigos hacen poesía”. Es precisamente como poeta que Fabián Casas entra al mundo literario, con la publicación de Tuca en 1990. Le seguirá El salmón (1996), Oda (2004) y El spleen de Boedo (2005). Poemas con una voz coloquial que, más que en el lenguaje, encuentra la poesía en la mirada, que es la que termina transmutando situaciones y objetos cotidianos en objetos poéticos.

Mientras hablo con Fabián, se escucha una música de fondo y el clic de la cámara fotográfica de Nicolás, porque también él intenta captar algo de la esencia de Casas. Pero seguiremos rebotando en la superficie, pienso, porque como afirma el personaje Andrés Stella, aceptando de antemano la derrota de conocer las cosas y a los otros, “¿qué sabemos en realidad de los demás?”. A los escritores no hay que conocerlos… y vuelvo a casa para seguir leyendo a Casas.

*Licenciado en letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

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