Gabriela Alemán nació en Río de Janeiro en 1968. Foto: Archivo particular.

La invención de la mujer

La autora de la recién publicada novela 'Humo' se pregunta si las mujeres —y las escritoras— realmente existen en un mundo donde solo los hombres cuentan.

2017/04/22

Por Gabriela Alemán* Quito

Reconozco que me encanta como escriben las mujeres, que si fueran a buscar en las estanterías de mi casa encontrarían que los libros más gastados, doblados y usados son los que llevan en su tapa el nombre de una mujer. No es algo deliberado, no busco este libro o aquel porque el nombre del autor termine en “a”. No. Pero resulta que me gusta la literatura que duda, que no se cree la idea de que el narrador lo sabe todo y, a veces, cuando ya ha arrancado la historia, cambia la perspectiva u obvia que aquello que se cuenta debe tener un principio, un medio y un fin. Y no digo que algunos autores no lo hagan, pero en mi biblioteca las mujeres llevan la delantera. Y puesta a confesar, hay otra cosa. Las escritoras no se toman tan en serio y por eso pueden escribir cosas como esta:

“Soy un hombre. Pueden pensar que cometí un error tonto sobre mi género o que, quizá, los quiero engañar porque mi nombre termina en a, y soy dueña de tres sostenes, y me he embarazado cinco veces y otras cosas así de las que quizá se dieron cuenta, pequeños detalles. Pero los detalles no importan. Si algo tenemos que aprender de los políticos es que los detalles no importan. Soy un hombre y quiero que lo crean y lo acepten como un hecho, tanto como yo lo hice durante años.

Verán, cuando yo crecía en el tiempo de las guerras de los medos y los persas, y fui a la universidad justo después de la Guerra de los Cien Años y mis hijos crecían durante las guerras de Corea, la Fría y la de Vietnam, las mujeres no existían. Las mujeres son una invención muy reciente. Yo me adelanté a la invención de la mujer por décadas. Bueno, si insisten en la pedante precisión, las mujeres han sido inventadas varias veces en distintos lugares, pero sus inventores nunca supieron vender su producto. Sus técnicas de distribución eran rudimentarias y su investigación de mercado, nula, y entonces, claro, el concepto nunca despegó. Hasta teniendo un genio detrás, una invención tiene que encontrar su mercado, y parece que, durante mucho tiempo, la idea de la mujer no iba a ningún lado. Las modelos como las Austen o las Brontë eran demasiado complicadas, y la gente solo se burló de las sufragistas, y la Woolf era demasiado adelantada a su tiempo.

Así que, cuando nací, en realidad solo existían hombres. La gente era hombre. Todos tenían un solo pronombre: él; así que eso soy yo (…), el escritor, él. Yo soy un hombre”.

Ursula K. Le Guin firma ese inicio de ensayo titulado “Presentándome”. No hay nadie mejor que Le Guin. Bueno, quizá Grace Paley. En ese ensayo sigue contando que aunque es un hombre, no se considera un hombre de buena calidad, de ninguna manera, y que si en teoría deberían existir escritoras, solo lo hacen en teoría. Los que cuentan son los hombres. Ya dije que Le Guin es la mejor, pero también debería añadir que siempre tiene la razón. Yo también soy un hombre, solo que a veces soy una mujer. Se me sale y confundo a las personas, o sea, a los hombres. A veces, así:

En el pleistoceno, cuando era un escritor novato pero ya tenía dos libros publicados, me acerqué al editor de un periódico para proponerle un suplemento literario que haría de su diario el mejor del país. Llegué con carpetas, propuestas, listas de contenidos y ejemplos. Me escuchó y me dijo que era tan interesante que me invitaba a almorzar al día siguiente. Al día siguiente llegué puntual, en realidad, un poco antes de la hora, y cuando le dije al maître el nombre de la persona que me había citado, no me llevó a una mesa reservada en el salón sino que me condujo por un largo corredor hacia un cuarto apartado. Abrió la puerta, me dejó la carta y se fue. Había una mesa, dos sillas y un enorme sofá con muchos cojines. Me pareció raro pero también me pareció que allí no habría bulla y sí privacidad para explicar mi proyecto. Cuando llegó el editor, pidió vino, ostras, hizo chistes y cada vez que yo comenzaba a hablar de mi proyecto me mandaba a callar y me decía que disfrutara del momento. Ven, aquí es cuando comienza la confusión. Si yo era un escritor, no entendía por qué el editor acercaba la silla y posaba su mano en mi regazo. Y, como los hombres no tienen regazo sino piernas, todo comenzó a derrapar hacia lo peor; claro que por mi culpa, en ese momento debí impostar la voz, hacer que me creciera barba, pero como, al igual que Le Guin, era solo un hombre de mala calidad, todo salió mal. Y no hubo suplemento.

Una reunión de escritores alrededor de una mesa, varias mujeres acompañando a sus chicos escritores y dos o tres imitaciones de hombres. Se hablaba, se bebía, sonaba música. Me paré a buscar hielo y, atrás de mí, vino un señor escritor. Uno de esos que escriben con narradores omniscientes, que han escrito textos rupturales y son muy citados y antologados. Puso su mano en mi hombro, querrá hablar conmigo, pensé, quizá leyó algo que escribí, qué honor. Ya no era el escritor novato de antes —tenía cinco libros y me habían dado una beca Guggenheim—, aunque descubrí que seguía siendo una pésima imitación de hombre porque el señor escritor me tomó por la cintura, ¿los escritores tienen cintura?, y me jaló hacia él. Cuando lo empujé, se dio la vuelta asqueado y gritó al aire, sin nunca mirarme, que era puro hueso: “Ni de dónde agarrar tiene”. Otra vez yo, porfiadamente confundiendo a los escritores.

Presentación de una colección de autores ecuatorianos para una campaña de lectura en un enorme auditorio. La imitación de hombre, escritor todavía, yo, sentado entre el público. Se termina de hablar y, harta y algo descorazonada de ser y no ser, alzo el brazo y pregunto por qué no hay una sola mujer en todos los tomos de la colección. Una escritora, digamos. Estupor entre los presentadores. Alguien del público, otro señor escritor que pudo estar en el estrado solo que no lo estuvo, se da vuelta y, sin mirarme, dice: “Pero Alicia Yánez Cossío (nuestra Gabo) está. Claro que hay mujeres —insiste—, ella está”. Como no me mira, no lo miro, pero le respondo: “No, no está”. Murmullos, silencio, alguien intenta decir algo, pero luego calla. Más silencio que va ganando peso hasta que, de tan pesado, estalla contra el suelo. El estallido viene del mismo señor escritor sentado en el auditorio, que dice: “Bueno, sí, es que, en realidad, no hay buenas escritoras. Por eso no están”.

¿Ven cómo Ursula K. Le Guin nunca se equivoca? Quizás en el futuro existan mujeres, quizá, y con suerte, hasta existan escritoras.

*Escritora.

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