Gloria Susana Esquivel nació en Bogotá. Foto: Archivo particular.

“Escritora mujer”

Las editoriales, dice la autora de la novela 'Los animales del fin del mundo', se han inventado un género puramente comercial en torno a la publicación de libros escritos por mujeres. Radiografía de un fenómeno mercadeable.

2017/04/22

Por Gloria Susana Esquivel* Bogotá

Las experiencias sobre las que escribo están permeadas por mi género, porque el lugar de enunciación que se me ha dado se encuentra en los bordes de lo universal, es decir, de lo masculino. La literatura que más leo, la que más ha alimentado mi escritura, es literatura escrita por mujeres. Literatura que se ha permitido salir de las convenciones y entender el lenguaje desde un lugar más lúdico, más poético, tal vez por no pertenecer nunca al centro; tal vez por estarse pensando siempre desde la periferia. Este texto será publicado dentro de un dossier escrito solo por mujeres, ejemplificando a la perfección la manera en la que nuestra literatura continúa siendo una rareza, una excepción a la norma. Celebro la oportunidad de que exista este espacio, anteriormente inconcebible para nosotras, “las raras”, en el que se me permite conversar con otras mujeres y conocer más sobre nuestra tradición, nuestras lecturas y las múltiples maneras que hemos encontrado para escribirnos y reescribirnos. Un lugar en construcción, en donde las voces de nosotras, “las otras”, retumban porque, como bien lo dice Virginia Woolf, somos las mujeres capaces de levantar paredes desnudas de la desnuda tierra.

Ahora bien, desde el momento en el que puse a consideración el manuscrito de mi novela Animales del fin del mundo a diferentes editoriales, me encontré de frente con un problema que no tiene que ver con pensar y entender el género en la literatura, sino más bien con los núcleos más sexistas de nuestra sociedad. Llamaré a esto el rótulo de la “escritora mujer”, así, entre comillas, pues se trata de un fenómeno puramente comercial que en el último par de años ha segregado nuestra literatura y la ha deformado ante los lectores.

Mucho antes de que algunos editores tuvieran tiempo para leer y comentar las fortalezas o debilidades de mi libro, apuraban una afirmación que, bajo mis ojos, era bastante sospechosa: “¡Otro libro escrito por una mujer! ¡Queda perfecto para nuestro plan editorial”. Así, sin más. Un manuscrito cuyo único valor ante sus ojos era que había sido escrito por un humano del género femenino, como si se tratara de un objeto extrañísimo o un souvenir proveniente de ese nuevo sistema solar que encontraron hace unos meses. Un libro cuyo contenido no importaba, pero que podía clasificarse rápidamente bajo la etiqueta “escrito por mujeres”, como si en el año 2017 aún fuera una rareza que nosotras nos acercáramos a la literatura.

Intento rastrear una breve genealogía del rótulo “escritora mujer”, que poco tiene que ver con las mujeres que he leído y que admiro; nada tiene que ver con las mujeres que escriben o que piensan la literatura, y que hoy tiene mucho más de gancho de marketing que de otra cosa. En los años setenta se comenzó a hablar en Francia de la “écriture fémenine” como fenómeno comercial: libros escritos por mujeres, para mujeres, sobre mujeres, que solo debían ser leídos por mujeres. Una década después la tendencia comercial también declaró la muerte del autor, como los críticos lo habían hecho décadas antes, y estos libros “femeninos” desaparecieron de los anaqueles de las librerías. Nada sería más moderno que dejar la discusión acá y presentarme como una posautora que escribe desde una conciencia universal. Este sería un lugar cómodo desde el cual podría enunciar que mi escritura está desligada completamente de una perspectiva de género, si no fuera porque mi experiencia como mujer colombiana está intrínsecamente vinculada a los temas que me interesa explorar en mi escritura: la violencia, los límites impuestos a la sexualidad, los monstruos que se esconden bajo rostros familiares y las secuelas de vivir con una sensación constante de amenaza.

Pienso que ahora que los libros “escritos por mujeres” vuelven a aparecer en anaqueles y planes editoriales —cosa que valoro tremendamente pues hace que nuestra literatura sea visible— es importante mirar ese rótulo con suspicacia. Vemos a Beyoncé y la tarima que utiliza en sus conciertos, que no es más que un letrero gigante y luminoso que dice FEMINIST. También están esas camisetas de Stradivarius con consignas feministas a menos de $30.000, e intuyo que estos productos han ayudado a que el rótulo de “escritora mujer” deje de emparentarse con una conciencia política sobre el género y que ahora se acerque más a las lógicas del mercado. No quiero ser malinterpretada, entiendo que estos productos ayudan a difundir el mensaje de la igualdad de género, pero hay que detenerse a pensar en lo que está detrás de esa masificación. El neoliberalismo ha transformado el feminismo en un producto de consumo, y algunas editoriales han aprovechado para darle un giro a esa noción de “écriture fémenine”: los libros escritos por mujeres serán comprados por mujeres, instagrameados por mujeres y leídos solo por quienes se atreven a decir en voz alta que “leen a mujeres”.

Porque, al parecer, esa “escritura femenina” es un género que contiene temas algo menores, especiales, extrañísimos… domésticos. ¿Cuántas reseñas no celebraron la manera en la que Elena Ferrante se “atrevía” a retratar un tema “desconocido” para la literatura como lo es la amistad entre mujeres? (desconocido, y tal vez peligroso para algunos, porque muestra una relación entre dos mujeres que no está mediada por un hombre). ¿Cuántas otras no dejaron por fuera la manera en la que Ferrante intenta retratar las emociones revueltas y la compleja psique de una mujer valiéndose de un lenguaje sensible y de la construcción de unos personajes robustos?

Ya lo decía Simone de Beauvoir en El segundo sexo: “El hombre es lo universal y la mujer es lo particular”. En el caso del ámbito comercial de las editoriales, me atrevería a decir que el hombre es lo universal, la mujer es lo mercadeable. Un concierto, una camiseta, un libro: objetos que comercializar bajo un estilo de vida “de mujeres, solo para mujeres”, como si nuestra experiencia en el mundo pudiera reducirse a las lógicas de la oferta y la demanda. Como si nuestra literatura —compleja, efervescente y que indaga nuevas maneras de contar— pudiera reducirse a una fajilla que cuelga de una solapa.

*Escritora

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