María Sonia Cristoff nació en Argentina en 1965. Foto: Archivo particular.

Desmarque estratégico

Escribir como una forma de lanzarse a lo indeterminado, dice la autora de Falsa calma. Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia, es la mejor manera de pasar por alto el género, la nacionalidad y la preferencia sexual, entre muchas otras cosas.

2017/04/22

Por María Sonia Cristoff* Buenos Aires

En algún momento de 2015, en Berlín, estaba leyendo algo en la barra de un barcito, la luz justa, el sonido casi imperceptible que en Buenos Aires no se da jamás. El libro, la sopa de tomates y yo. Un triángulo amoroso. Hasta que, en un momento, algo lo quebró. Un grito, no: una voz que hablaba a los gritos en una mesa que estaba más allá. En principio pensé que se trataba de una discusión, pero no, nada de eso. Era el relato que alguien, claramente una mujer latinoamericana, le hacía a una amiga que estaba del otro lado del celular. Le contaba que había tenido una reunión con A, a quien había llegado recomendada por B, y también por C, aparentemente dos compatriotas que hacía tiempo vivían en Berlín, y que en esa reunión con A todo había parecido funcionar bien, más que bien, habría jurado que el trabajo era suyo, aunque hacía ya dos semanas que no sabía nada ni de A ni de nadie de su entorno. A pesar de sus llamados y mensajes de todo tipo. Eso es lo único que esta chica dijo durante al menos 45 minutos.

Me consta porque al minuto 11 ya me había resignado a cerrar eso que estaba leyendo y a prestar atención a lo que pasaba a mi alrededor. La chica iba y venía sobre lo mismo, gran poder parafrástico. Y gesticulaba mucho mientras hablaba, lo que resaltaba unos colores vistosos, unos brazos pulposos. Desde otras mesas la miraban también, aunque, pensé, seguramente esos portes germanos no llegaban a percibir lo que yo, en tanto hablante del español, sí: el alto grado de angustia que había en lo que decía, esa ansiedad del extranjero que depende de una red muy lábil para definir su futuro. De un segundo para otro, la chica pagó y se fue con unos pasos decididos que todavía retumbaban ahí adentro cuando alguien de los que también la miraban, un alemán de traje italiano, dejó los cubiertos para levantar bien los brazos y ponerse a aplaudir. Dos personas más lo imitaron, e incluso agregaron un par de comentarios antes de volver a sus platos. Qué es lo que aplauden, pensé, inmediatamente a la defensiva. ¿Que por fin se haya ido esta mujer latinoamericana, esta compatriota? Aproveché eso de estar sentada en la barra para preguntarle al mozo, y me dijo que simplemente les había caído simpática. Que celebraban esa libertad, esa exuberancia tropical que la muchacha trasuntaba.

Confieso que un miedo al mismo tipo de malentendido me ronda cada vez que tengo que hablar en tanto mujer y en tanto latinoamericana. Donde había un estado de angustia, de precariedad, los otros ven exuberancia, un performance de color local. Un reduccionismo, en suma. Un reduccionismo que, saliendo de esa escena en particular, suelo ver en versión bifronte: se da en aquellos que miran desde el otro lado pero también en aquellos que hablan desde el lugar de la minoría. Quiero escribir este artículo acerca de lo que significa ser una escritora latinoamericana, sin duda, pero realmente no tengo nada que decir desde ahí. El sintagma me enmudece. Pienso en la multiplicidad de connotaciones victimizantes que se asocian al par mujer + latinoamericana, y todo en mí se cierra en un mutismo. El silencio como modo de resistencia. ¿Es porque avalo el estado de las cosas? ¿Porque supongo que esa minoría no existe en la Argentina? De ningún modo. Ni avalo ni supongo. El campo cultural argentino es sin dudas machista. Terriblemente. Por momentos al punto de lo risible. Pero la idea de responder a eso desde el lugar histórico de la minoría me parece un error. Desde la vociferancia, otro. Desde el contenidismo didactizante —historias con mujeres prototípicamente fuertes, liberadas—, mejor ni hablar.

Entonces propongo otra cosa, otra estrategia. Propongo desmarcarnos. Propongo escribir como una forma de lanzarse a lo indeterminado, de pensar el mundo sin embanderarse en las definiciones encorsetantes de género, nacionalidad, clase social, profesión, preferencia sexual, carnet de militante, etcétera. Un desmarque como práctica libertaria. Jugar en la vida y en la página lo que haga falta para lograrlo. Puede sonar (también) a cliché reduccionista, lo sé. Pero no estoy con esto haciendo una apología de la inocencia ni de la espontaneidad, claro que no. Estoy más bien parafraseando uno de los ensayos emblemáticos de Borges, “El escritor argentino y la tradición”, ese texto que es un llamado a no ajustarse a otra etiqueta encorsetante, en este caso la de lo nacional, el color local de lo argentino, finalmente un artificio más, sino a lanzarse a experimentar todas las tradiciones posibles, e incluso a dejar de lado las intenciones de autor, las construcciones tan deliberadas, para lanzarse a “ese sueño voluntario llamado creación artística” en el cual, justamente, las clasificaciones estallan. Propongo ese mismo arrojo a lo indeterminado en tanto escritora y latinoamericana. Podría evitar ser tan argentina haciendo esto, entonces, cerrando este texto con una cita de Borges, pero no lo hago, ni siquiera lo intento: así subrayo que mi propuesta de desmarque no ignora que las escrituras están atravesadas por una biblioteca, una época, un lugar, una cultura, un género. Atravesadas, sí; determinadas, no.

*Escritora.

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