Población LGBTI. Foto: Secretaría de Planeación Dirección de Diversidad Sexual.

Estado laico, seres libres

El 2 de julio se llevará a cabo la XXI Marcha por la Ciudadanía Plena de la Población LGBTI en Bogotá. Más que una celebración por el orgullo de las personas con orientación sexual diversa, es la visibilización de una lucha incansable por la reivindicación de derechos y libertades. Reportaje.

2017/06/21

Por Natalia Marriaga* Bogotá

En 21 años pueden suceder muchas cosas. Es tiempo suficiente para que alguien nazca, crezca, se haga adulto y alcance la edad legal para consumir alcohol en Estados Unidos. Es el tiempo justo para que un árbol de roble alcance el tope de su tamaño, de aproximadamente 25 metros. Es más del doble del tiempo que se estima para que el mundo vea camiones de carga automatizados que no requieran conductor circulando por las calles. No obstante, 21 años no han sido suficientes para que la población LGBTI de Bogotá -ni de Colombia- goce de igualdad de condiciones, derechos y libertades con respecto a sus contrapartes heterosexuales. Por ello, el domingo 2 de julio, por vigésima primera vez, la capital del país se vestirá con la bandera arcoíris en una marcha que encarna la lucha por la igualdad y el respeto a la diversidad.

Si bien la marcha tiene un carácter festivo y colorido, está lejos de ser una fiesta limitada a celebrar el orgullo de los sectores LGBTI. “Esto es un espacio de reivindicación de derechos, no un carnaval”, dice convencido Edward Eugenio Hernández, coordinador de la Mesa de Trabajo LGBTI de Bogotá, quien ha estado vinculado con esta institución desde 1996. Esta idea puede resultar difícil de comprender a quienes son ajenos a la causa de la Marcha por la Ciudadanía Plena, pues, de hecho, no se trata de una movilización tradicional como la de la solidaridad o la del trabajo. La población LGBTI en Bogotá se ha apoyado en el baile, los cantos, la música, el color y otras expresiones culturales y artísticas para visibilizar una causa que, tal vez, de otro modo, se perdería entre la caótica normalidad de la capital.

Puede que ese carácter variopinto que se destaca y se distingue de una típica marcha con pancartas y arengas sea una de las razones por las que esta movilización cada año atrae más participantes. En dos décadas, este evento pasó de unos pocos miles de personas que se reunían tímidamente a pedir respeto -muchas con máscaras para no ser reconocidas-, a una fuerza desafiante y sólida de más de 70.000 personas en 2016 que, sin tapujos ni barreras, encara a un Estado y a una sociedad a las que aún les falta mucho en el camino hacia la igualdad. “Hace un tiempo superamos a la marcha del día del trabajo; hoy somos la más concurrida del país”, afirma Alejandro Michells, activista LGBTI. Este año, y tras haber coordinado a las mesas de trabajo de Bogotá y de las localidades del sur de la ciudad, los organizadores esperan convocar más de 100.000 personas.

Foto. Secretaría de Planeación Dirección de Diversidad Sexual.

No obstante, lo más importante y lo que realmente reúne a los ciudadanos en torno de los sectores LGBTI es la intención marcadamente política. “Cada marcha toma casi un año de preparación porque no se trata de marchar por marchar, sino que es preciso cualificar el discurso en torno al cual estamos marchando”, resalta Michells. Así, el grueso de la preparación para la manifestación por los organizadores está en el mensaje que se quiere transmitir. Por ello, los miembros de la mesa analizan la coyuntura social y política del país, los logros y retrocesos que se hayan tenido durante el año, los fallos de jurisprudencia y las estadísticas de violencia basada en género, entre otros factores, para responder con el mensaje más pertinente para los sectores LGBTI. Asimismo, hay una fuerte sensibilización con los y las potenciales participantes para recordarles que, en efecto, la marcha no es una fiesta, sino una plataforma para visibilizar y continuar su lucha.

Con esto en mente, y después de un año en que se vieron protestas multitudinarias en contra de las mal llamadas cartillas de ideología de género y de un intento de referendo para que solo parejas heterosexuales puedan adoptar, es apenas comprensible que el lema de la marcha para esta edición sea “Estado laico, seres libres”. “A mí me impresionaron el ímpetu y la cantidad de personas que salieron a marchar en contra de las cartillas [25.000 personas en Bucaramanga, 10.000 en Barranquilla, 5.000 en Bogotá]. Solo faltaba que cogieran a personas LGBTI y los pusieran en una cruz boca abajo en la plaza”, reflexiona Viviana Gaitán, psicóloga experta en género e inclusión social. Es precisamente esa influencia de la religión en el Estado lo que la marcha de este año está tratando de combatir. “Las marchas ponen los temas en la agenda pública y los visibilizan. La movilización sirve para mostrar que un grupo poblacional cualquiera también es sujeto de derechos y debe tener el mismo acceso al poder que tienen los demás”, explica la psicóloga. Y ese es el grito que quieren dar el próximo 2 de julio en Bogotá.

La unión hace la fuerza

La historia de la marcha ha sido compleja y depende de factores distintos y muchas veces externos a la voluntad y el ánimo de los participantes y los organizadores. “Acabamos de salir de un periodo en que la Procuraduría nos perseguía, en que parecía que estábamos perdiendo las garantías que nos brinda la Constitución de 1991”, se lamenta Edward Hernández. De hecho, a pesar de todos los años de lucha y de los logros alcanzados en pro del respeto a la diversidad y la igualdad de todas las personas, la Encuesta bienal de culturas 2013-2015 indica que el 52,8% de los bogotanos considera que las personas LGBTI no deberían poder adoptar o criar niños, y el 49,1% opina que las parejas del mismo sexo no deberían poder casarse. Ya es difícil para los sectores LGBTI tener a una buena parte de la sociedad en contra, pero es peor cuando el gobierno de turno tampoco es garante de sus derechos.

Como en todo, ha habido gobiernos más cercanos que otros al reconocimiento de derechos y a la eliminación de todas las formas de violencia en contra de la población LGBTI. Por ejemplo, la Administración Distrital actual está muy comprometida con los sectores LGBTI y prueba de ello es el trabajo que se realiza desde el Instituto Distrital de la Participación y la Acción Comunal (IDPAC). Este no solo aboga por la marcha y lo que ella representa, sino que busca empoderar a la población LGBTI para que sea lo suficientemente autónoma y pueda continuar tranquilamente con su trabajo, incluso si una próxima administración es menos amigable. “Una sociedad organizada, fuerte y autónoma. Esa es nuestra apuesta”, afirma vehemente Antonio Hernández Llamas, director de IDPAC.

La Administración cree firmemente en la importancia de acciones afirmativas que permitan visibilizar distintos grupos y generar procesos de reflexión sobre sus reclamos. Es más, está consciente de que la marcha LGBTI ha logrado llevar temas a la agenda pública que se ven reflejados en apartes de planes de desarrollo que se preocupan por la igualdad de esta población, e incluso en fallos de las cortes a favor de esta población. Sin embargo, en concordancia con la idea de cualificación expresada por Michells, lo más importante para la Administración es el fortalecimiento de la sociedad civil, por lo cual se trabaja desde el IDPAC y otras entidades del Distrito. “En últimas, fuera de la reivindicación, buscamos que las organizaciones de sociedad civil cuenten con herramientas que les permitan acceder a lo público o al sector privado, gestionar sus procesos y sacarlos adelante”, explica el director.

Foto. Secretaría de Planeación Dirección de Diversidad Sexual.

Lo anterior cobra una importancia particular considerando que la mayor parte de los avances que ha tenido Colombia con respecto a garantizar los derechos y libertades de la población LGBTI ha salido del orden judicial, pero el Congreso no se pronuncia al respecto. Además, ante la ausencia de acciones más claras y contundentes desde el legislativo, las iniciativas desde el Distrito o los municipios siempre se quedarán un poco cortas. Por eso, “nuestra tarea es lograr que los gestores sean independientes no solo en la marcha, sino en cualquier proceso que les permita el goce de derechos. Si lo que apoyamos queda en manos de liderazgos independientes, la población LGBTI estará lo suficientemente empoderada y no dependerá del mandatario de turno”, explica el director.

Para lograr el anhelado empoderamiento de la sociedad civil, IDPAC tiene tres procesos estratégicos (formación, fortalecimiento y promoción de la participación) que implementa con distintas comunidades. La primera busca crear agendas con instancias representativas, la segunda pretende que se presenten proyectos e iniciativas que beneficien a distintos sectores y la tercera ofrece incentivos que premian el liderazgo en pro de causas que mejoren grupos sociales y sus territorios. A través de estas ramas se apoyan diversas iniciativas de la sociedad civil, se visibilizan causas y se fortalecen los grupos de ciudadanos organizados. De este modo, desde el Distrito se busca construir apuestas comunes que les permitan a los ciudadanos pasar de la reivindicación a la acción y al liderazgo.

Tras 21 años de lucha, y a pesar de los significativos avances, aún falta un buen tramo lleno de altibajos, curvas y espinas para que los sectores LGBTI estén en igualdad de condiciones. Pero los tropiezos y obstáculos del camino no son una razón para desalentarse ni retroceder. Veintiún años han servido para visibilizar una causa que había sido tradicionalmente relegada e ignorada, y en la medida en que la población LGBTI y sus simpatizantes continúen fortaleciendo sus procesos y haciéndolos visibles, estarán un paso más cerca de la meta. Como bien indica Gaitán: “La orientación sexual dejó de ser íntima porque solo expuesta en lo público se evidencia la falta de acceso al poder. Los heterosexuales no marchan porque ya los tienen, mientras que los homosexuales deben mostrarse y exigir que también tienen derechos”.

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