Julián Malatesta. Foto de Archivo.

La guerra que conocemos

'Este infierno mío', la primera novela de Julián Malatesta, llega demasiado tarde.

2017/08/25

Por Alejandro Gómez Dugand

Este infierno mío, la primera novela publicada por Julián Malatesta (seudónimo del poeta y profesor Juan Julián Jiménez, nacido en 1955 en Miranda, Cauca), cuenta la guerra en la que La Fuerza (como Malatesta bautiza a la guerrilla de su libro) y el Ejército Nacional libran una lucha interminable en la que cada uno cuenta la misma cantidad de muertos después de un enfrentamiento, y la manera en la que los habitantes de un pueblo viven su día a día en medio de la adversidad.

Una primera novela plantea, de entrada, expectativas en un lector. Nos emociona la posibilidad de encontrar el ímpetu de una prosa que, valiéndose de lenguajes y miradas contemporáneas, irrumpa como una nueva voz dentro de nuestra tradición. Si, además, promete tratar el tema del conflicto colombiano –al que la literatura y el periodismo han dedicado miles de páginas, por tan solo nombrar reportajes como los de Alfredo Molano o la novela Los ejércitos, de Evelio Rosero–, las expectativas frente a la reelaboración estética se multiplican.

Sin embargo, luego de leer algunas páginas de Este infierno mío, las expectativas se ven frustradas. Porque este libro, publicado por Penguin Random House, parece más la reedición de una novela de décadas anteriores que el debut de un nuevo autor.

Portada de Este infierno mío

En una novela con poca acción como esta –la mayoría de las 410 páginas están dedicadas a conversaciones y soliloquios–, la caracterización de los personajes –que tienen nombres como Arcadio, Pascracio y Teodocio– se queda en su mayoría en los diálogos. El lenguaje que utiliza Malatesta, quien ha publicado varios libros de poesía, busca crear un contrapunto entre un lenguaje poético y metafórico, y el argot popular. Pero lo que logra es un efecto que más se parece al ejercicio de componer un cuadro costumbrista que una representación de las complejidades de nuestra guerra. Los militares hablan como militares (“soy coronel del Ejército Nacional, me precio de ser un hombre de tropa y castrense”), los curas como curas (“... a la divinidad hay que hacerle trámite [...] con Dios se dialoga bajo el conducto regular”), los costeños como costeños (“Ese es el Juan Ríos que yo conozco, ajá, dijo, no el arponero de agua dulce, [...], oye, no sé cómo se hace, ajá, con tanto trabajo y se queja”). Y al final son pocos los personajes del libro que consiguen realmente ser lo que son, pues más que caracterizaciones son reducciones, un dibujo de pocos rasgos gruesos.

Sin embargo, son los personajes femeninos los que menos suerte corren dentro de la lógica de caracterizaciones que sigue el libro. Las mujeres de Este infierno mío son, en su mayoría, damas fatales, dueñas de un poder de seducción superior a su propia voluntad. En un pasaje, por mencionar solo un ejemplo, una guerrillera logra “curar” a un camarada delirante descubriéndose el pecho y meneándolo en frente suyo. Las mujeres de la novela no hablan, “cantaletean”, y se llaman “chismecaliente” entre ellas. No son solo los personajes los que hacen esta reducción: son muchas las ocasiones en las que el narrador introduce a una mujer en la acción describiendo sus senos como si fuera inevitable.

Tal vez el problema de la primera novela de Malatesta es que llega demasiado tarde. A estas alturas, cuando tanto y tan poco sabemos de la guerra, la literatura parecería tener el poder no de repetir caracterizaciones maniqueas de los protagonistas del conflicto, sino de complejizarlas. De contar, por fin, historias singulares que arrojen nuevas luces a una historia sobre la que hemos leído una y otra vez.

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