El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, en Cáceres. AFP.

La tierra que pisamos

Surcada por dos ríos en el suroeste de la península ibérica, entre Castilla-León, Castilla-La Mancha, Andalucía y Portugal, la región de Extremadura ha sufrido históricamente cierta vergüenza por su condición marginal. Por eso mismo, quizás, hoy es uno de los principales motores de la literatura española. Reportaje.

2016/08/23

Por Antonio María Flórez*

“Uno mira estos pueblos, estos paisajes, este ir y venir de sus gentes, y comprende de un solo golpe de intuición el argumento vital de esta tierra extremeña: la belleza, el dolor, la alegría, la soledad, el esplendor y la miseria. Aquí está todo lo que somos y fuimos, la trama de nuestra historia y de nuestro singular modo de ser y de vivir.”

- Luis Landero

Tal vez una de las literaturas más pujantes de la España contemporánea sea la extremeña. Si bien poco conocida en Colombia y América, aunque esto no es estrictamente cierto, ella es un referente de calidad contrastada. Porque si uno menciona el nombre de Javier Cercas, el de Luis Landero, el de Gonzalo Hidalgo Bayal, el de Antonio Gómez, el de Antonio Sáez, el de Luis Gómez Canseco, el de Álvaro Valverde o el de Basilio Sánchez, sabe que está nombrando a algunos de los más relevantes creadores e intelectuales hispanos de la actualidad.

Lo que pasa es que muchos de ellos debieron emigrar con sus padres en los duros años de la posguerra, en los cuales una Extremadura perseguida, empobrecida y hambrienta solo pudo retener a muy pocos de los suyos; otros se fueron más tarde porque su tierra les ofrecía más bien pocas posibilidades de desarrollo intelectual y profesional; y, en fin, algunos pocos, ya en los tiempos de la transición y de la consolidación de la democracia, se quedaron porque encontraron mejores condiciones laborales y porque en la tierra se le prestó una atención relativamente importante al desarrollo cultural por parte de la Administración Pública, y ellos pudieron imbricarse en ese proceso. Sin embargo, más bien pocos se identificaban con su condición de extremeños de nacencia o pertenencia. Durante mucho tiempo existió una especie de complejo de extremeñidad, una cierta vergüenza de ser extremeño, por su condición marginal, por su pobreza, por su pasado histórico, por su “leyenda negra” relacionada con los tiempos de la Conquista y la Colonia de América en el siglo xvi, cuando los ingleses y holandeses difundieron el infundio de la excepcional crueldad, tiranía, oscurantismo, fanatismo y avaricia de los españoles en general y de los extremeños en particular (los Pizarro en el Perú, Hernán Cortés en México, Valdivia en Chile), no exenta de alguna razón; y por la minusvaloración de sus virtudes, de sus atributos, de sus riquezas. Bien lo dice uno de los personajes de Vino y pólvora, la más reciente novela de Susana Martín Gijón: “La diferencia, el problema, es el que siempre ha sido para los extremeños. Que no nos lo creemos”. Y ese no creer en lo suyo, ese no reconocerse, ese no actuar con cierto orgullo de raza, como lo hacen los vascos y los catalanes, ha difuminado la relevancia de una literatura, de una cultura en general, de gran calidad y proyección.

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Extremadura es una región española (Comunidad Autónoma) situada en el suroeste de la península ibérica. Limita con las regiones de Castilla-León, Castilla-La Mancha, Andalucía y Portugal al oeste. Tiene dos provincias, Cáceres y Badajoz que suman un total de 1.100.000 habitantes en una superficie de 41.635 kilómetros cuadrados. Está surcada, desde el naciente, por dos grandes ríos que desembocan en el Atlántico; el Tajo al norte y el Guadiana al sur. Su nombre deriva del latín y significa “más allá del Duero”. Su capital es Mérida, antigua cabecera de la Lusitania romana, fundada en tiempos del emperador Augusto y que tuvo su esplendor en la época de Trajano. Ocupada por los visigodos a la caída del Imperio, fue invadida durante cinco siglos por los musulmanes. Reconquistada por los leoneses y castellanos a finales del siglo XIV, fueron los reyes católicos los que impulsaron su desarrollo, que se afianzó a lo largo de los siglos XVI y XVII al fusionarse las coronas de España y Portugal, coincidiendo con el esplendor imperial de Carlos V y Felipe II y la Conquista de América. Las guerras de Restauración Portuguesa, de Sucesión Española y las napoleónicas devastaron Extremadura. Varios desastres naturales y la emigración constante al continente americano la despoblaron y le hicieron perder sus antiguos esplendores. En el siglo XX, la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil y la posguerra la castigaron especialmente. La pobreza extrema a la que llegaron estos territorios (véase Las Hurdes. Tierra sin pan, de Luis Buñuel) contribuyó a que la emigración fuera mucho mayor que la de los siglos anteriores. Sus nuevos destinos fueron otras regiones españolas como el País Vasco, Cataluña y Madrid, y a otros países, especialmente, Francia, Alemania y Suiza, incluso América Latina (Venezuela, Argentina y Colombia).

En la actualidad, Extremadura es una región pujante que poco a poco va saliendo de su atraso estructural. Sus recursos hídricos y energéticos, sus paisajes, sus monumentos y la bondad de sus dehesas la hacen una región muy interesante y de muchas posibilidades de desarrollo en el panorama de la diversa España contemporánea. Localidades como Mérida, Cáceres, Medellín o Trujillo, regiones como el Valle del Jerte, la Siberia o las Vegas Altas, monumentos como la Alcazaba de Badajoz, las catedrales de Coria y Plasencia, el puente de Alcántara, los monasterios de Yuste y Guadalupe, Cancho Roano, el castillo de Alburquerque; o eventos como el Carnaval de Badajoz, el Festival de Teatro Clásico de Mérida; productos como el jamón de bellota, los embutidos de Montánchez, el queso de la Serena, las tortas del Casar, la caldereta del Valle, la tortilla de Villanueva de la Serena, el pimentón de la Vera, el aceite de oliva de Monterrubio y Helechal, los vinos de Almendralejo y Trujillo, los cuchillos de Zalamea de la Serena y Don Benito; así como artistas de la talla de Eduardo Naranjo o Rufino Mesa; toreros –de una tierra muy taurina, por cierto– como Juan Mora, Antonio Ferrera, Alejandro Talavante o Miguel Ángel Perera; cantantes de renombre internacional como Luis Pastor, Pablo Guerrero, Manolo Tena, Guadiana, Bebe, Miguel de Tena, Mamen Navia, José Manuel Díez o Chloé Bird; y escritores tan prestigiados como los ya mencionados Javier Cercas, Álvaro Valverde, Luis Landero, Luis Gómez Canseco o Gonzalo Hidalgo Bayal son el patrimonio y el orgullo de una tierra que quiere mostrarse a los ojos del mundo con todo el vigor de antaño y la fuerza de un presente vibrante y un futuro a todas luces auspicioso y significativo en el concierto intercomunicado y global de las naciones del siglo XXI. 

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Desde bien temprano, la presencia de extremeños en la aventura colonizadora fue importante en los territorios de la Nueva Granada. Tanto en el Darién como en la península de La Guajira, así como en el suroccidente y en el centro del país, siempre hubo algún natural de esta tierra que participó en la etapa fundacional de la actual Colombia. Santafé de Bogotá y algunas poblaciones de Cundinamarca, Boyacá, Santander, Caldas y Antioquia tienen la huella de soldados, campesinos, bachilleres y prelados que emigraron a las tierras americanas, buscando un mejor futuro para ellos y sus familias. Nombres como los de Núñez de Balboa, Álvaro de Mendoza, Alonso Martín de Don Benito, el obispo fray Juan de los Barrios, el arzobispo fray Luis Zapata de Cárdenas, Nicolás Blandón, Bartolomé Lobo Guerrero, Gaspar de Rodas, participaron de la Conquista y del asentamiento de la Colonia. Varias poblaciones colombianas tienen el nombre de ciudades extremeñas, verbigracia las antioqueñas Medellín y Cáceres. Incluso dos presidentes que fueron del Nuevo Reino de Granada eran extremeños: Francisco de Sande (1597-1602) y Diego del Corro y Carrascal (1666-1667).

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Esos antecedentes históricos, sumados al hecho de que algún artista extremeño se residenciara en Colombia a finales del siglo pasado, y que desde allí se mostrara algún interés en conocer la producción cultural de esta periférica región española, hicieron que nacieran entes y eventos que han venido propiciando el encuentro de la cultura extremeña con la colombiana, especialmente con la del Eje Cafetero. La Asociación Colombo-Española de Manizales, la Semana de España en Manizales, la revista Aurocarbónica, la colección SIN-ISMOS de la ACEM, el proyecto Estrechando Círculos, la creación de la colección Letras Americanas de la Editora Regional de Extremadura, Transmutaciones, Noticias del paraíso, Encuentros en el paraíso, son algunos ejemplos de esa intensa actividad de mutuo conocimiento y apoyo que se concreta en el proyecto Extremadura en Colombia 2016 que ha visitado y visitará algunos de los más importantes eventos culturales de Colombia este año para mostrar lo más destacado de su producción artística actual.

Extremadura literaria hoy

Los últimos años no han hecho sino afianzar la importancia de la literatura extremeña en el ámbito nacional e internacional. Ha perdido a dos nombres importantes como Félix Grande y Santiago Castelo, pero se han unido a su nómina un sinfín de nuevos autores con muy interesantes propuestas creativas: Jesús Carrasco, José Manuel Díez, Yolanda Regidor, Álex Chico, Susana Martín Gijón, Irene Sánchez Carrón, Javier Rodríguez Marcos… Debemos resaltar el surgimiento y el afianzamiento de nuevos proyectos editoriales como los de Periférica (Julián Rodríguez), Liliputienses y Norbanova, La Luna Libros, Aristas Martínez, que tratan de ocupar el espacio de antiguos esplendores de la Editora Regional de Extremadura que ahora renace de la mano del excelente escritor y editor Eduardo Moga.

Varios estudiosos de la literatura de esta región (Lama, Pecellín, Viola) coinciden en que a finales del siglo pasado se produce una especie de “normalización” de la literatura de aquí y su asimilación a las principales corrientes literarias españolas. Es más, en algunos casos, abren caminos novedosos y se convierten en referentes de la literatura en español; verbigracia Luis Landero con Juegos de la edad tardía o Javier Cercas con Soldados de Salamina. En el primer caso, su carácter fundacional, la riqueza de sus recursos estilísticos y la muy alta calidad de su prosa; y en el segundo, la originalidad de su planteamiento, su carácter autoficcional y su retorno a una “narración fuertemente realista contada en primera persona en un registro oral” (Viola), los hace destacarse y marcar tendencia, ligado todo esto a un inesperado pero justificado éxito editorial y de crítica. La novela histórica y policíaca campean a sus anchas y la literatura del yo va emergiendo con alguna fuerza. En poesía, destacaría uno la abundancia de buenos vates y los registros tan diversos que se pueden apreciar, desde la poesía más experimental de Antonio Gómez o la intimista de Álvaro Valverde o Basilio Sánchez, todos rayando a gran nivel. Buenos ensayistas, buenos traductores, buenos académicos (Campos, Sáez, Gómez Canseco). Uno diría que no hay una estética dominante, que hay, sí, una gran diversidad de registros, una voluntad de sentirse diferente y hacerse notar. Se cuida mucho el decir y la manera, no importa si se vive dentro o fuera, se escribe y se publica sin complejos, sin un tema común más allá del buen decir. Literatura diversa, ambiciosa, bien hecha; literatura de alto vuelo, en definitiva.

*Escritor hispano-colombiano. Autor de Desplazados del paraíso y En las fronteras del miedo. Gestor del proyecto Extremadura en Colombia 2016. 

Lecturas

Los libros más interesantes de escritores extremeños de los dos últimos años tal vez sean: El balcón en invierno (Luis Landero), Más allá, Tánger (Álvaro Valverde), La creación del sentido (Basilio Sánchez), Hay un rastro (Elías Moro), Estudio del enigma (José M. Díez), Mistralia (Eugenio Fuentes), Pessoa y España (Antonio Sáez), El relojero de Yuste (Ramírez Lozano), Pensamientos desmandados (Manuel Neila), Apenas sin palabras (Antonio Gómez), Corónicas de Inglaterra (Eduardo Moga), Nemo (Hidalgo Bayal), La tierra que pisamos (Jesús Carrasco) y El punto ciego (Javier Cercas).

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