Fotos: León Darío Peláez

Do-It-Yourself

El fanzine primitivo, grosero, fotocopiado en blanco y negro, inspirado en la música más radical y utilizado como el medio de expresión de aquellos que no tienen voz, se propagó por el mundo y llegó a Colombia. Un caricaturista y artista bogotano ha dedicado su vida a publicarlos y coleccionarlos.

2017/11/22

Por Humberto Junca* Bogotá

Definir qué es un fanzine hoy en día no es tarea fácil. Hace unos 30 años la cosa era sencilla. Se podía decir algo como esto: “Un fanzine es una publicación barata, diagramada con las uñas a modo de collage, empleando fotos e ilustraciones en alto contraste, con textos escritos a mano alzada o con máquina de escribir, con un tiraje muy bajo y armada por un fanático o por un grupo de fanáticos que buscan la cohesión de una escena o discutir sobre un tema puntual”. Y antecedentes hay muchos. Las publicaciones de los dadaístas o las de los situacionistas, por decir algo. Sin embargo, las que dictaron la forma y las maneras del fanzine contemporáneo aparecieron en la década del setenta y estaban dedicadas a la música joven. La primera surgió en Nueva York gracias a la asociación del melómano Legs McNeil y del dibujante John Holmstrom. Se llamó Punk (basura, vago, delincuente) y resultó acuñando el término con el cual se reconocería ese rock and roll sucio, rápido, mal tocado, bien gritado y tremendamente crítico de bandas como The Sex Pistols o The Clash. Esta publicación, con portada en color y contenido en blanco y negro, mezclaba caricaturas, fotografías y collages con notas sobre los grupos de la escena underground que rondaban bares como el CBGB o el Max’s Kansas City.

En julio de 1976, seis meses después de la aparición del primer número de Punk, un músico londinense decidió armar a punta de fotocopias el que se considera el padre del fanzine contemporáneo: Sniffin’ Glue (oliendo pegante). Mark Perry, su fundador, tomó la estética de la revista neoyorquina y la hizo aún más rastrera y salvaje, rompiendo con todos los esquemas de diagramación, de gramática, de buenos modales y de periodismo. Por retratar tan bien la fuerza, el caos y la ira de la escena musical de la cual se ocupaba, la popularidad de Sniffin’ Glue aumentó velozmente: comenzó con un tiraje de 50 ejemplares y terminó imprimiendo 15.000. A mediados de 1977, al ver que se estaba volviendo masiva, Perry acabó con la publicación.

En enero de aquel mismo año, apareció otro fanzine mítico, Sideburns. Su primer número promovió de manera inusitada la filosofía del Do-It-Yourself al imprimir un esquema con tres acordes de guitarra y un texto que decía: “Este es un acorde, este es otro… y este es el tercero; ahora arme su propia banda”. Quedaba claro que no era necesario ser músico para hacer música y que no era necesario saber escribir o ser editor para hacer una publicación.

Así, el fanzine primitivo, grosero, fotocopiado en blanco y negro, alimentado por la música más radical y como medio de expresión de aquellos que no tienen voz, se propagó por el mundo y llegó a Colombia. Testimonio de esto es el libro A la postre subterránea, necesario y revelador compendio de esas publicaciones, realizadas entre 1986 y 2005. Este curioso documento, que vio la luz este año gracias a la beca para proyectos editoriales independientes en Artes Plásticas y Visuales de Idartes, se debe al trabajo de investigación de Andrés “Frix” Bustamante, caricaturista, artista y gestor cultural bogotano, quien ha dedicado su vida a publicar y a coleccionar fanzines.

“Siempre he hecho publicaciones” –asegura Frix–. “Cuando tenía 11 o 12 años, me puse a hacer como unos libros ilustrados. Le metía Colbón al papel de la portada para que quedara brillante y a veces hacía dos copias de la misma historia. Luego, a los 13 años, empecé a engancharme con la música y dibujé cuentos de Nirvana, de los Ramones, de Metallica. Los hacía a punta de lápiz y tinta china, y luego los fotocopiaba y los vendía en el colegio bajo el nombre de Desertion, JABS Cómics o Human Putrefaction. Yo no sabía que hacía fanzines hasta 1996, cuando Pablo Marín y William Zapata armaron un escándalo con Santa Bisagra, una publicación independiente totalmente descarada, satánica, que fue censurada en la Feria del Libro. Eso salió en televisión y yo los vi ahí defendiendo su trabajo… Que el fanzine esto y que el fanzine aquello. Así me di cuenta de que yo hacía fanzines”.

Andrés “Frix” en su casa. Con la mano izquierda sostiene su último libro, A la postre subterránea: una revisión del fanzine en Colombia.

“Frix” se graduó de la Escuela de Caricatura y después ingresó a estudiar arte en la ASAB, donde, junto a Lorena Espitia y a “Inu Waters”, creó la Editora Chunga, con la que editaron publicaciones como Tía Peluka o Cara de perro. Más adelante, “Frix” realizó con Espitia el Festival Rock-Cómic y luego con Ramona Proyectos, junto a Viviana Cárdenas, el Festival Z-Cine. En la versión de 2014 de dicho festival, en la Gilberto Alzate Avendaño, entre charlas y conciertos, “Frix” expuso por primera vez su colección (el artículo “Fotocopias colombianas”, también publicado en Arcadia, habla al respecto), con la cual daría cuerpo a A la postre subterránea, un título caprichoso que vincula el nombre de su nueva editorial, A la postre 101, y el origen furtivo de todo este material.

En el libro, los fanzines están ordenados cronológicamente y han sido reproducidos burdamente como fotocopias de fotocopias. Ese gesto, que sin duda hace parte del lenguaje del fanzine, desafortunadamente no permite apreciar detalles; corta información y genera un ruido adicional que hace difícil la lectura, sobre todo en los interesantísimos fanzines de la década de los ochenta. Obviando lo anterior, es un completo festín visual acceder a publicaciones ocultas, radicales y delirantes como Visión rockera, Subterráneo Medellín, Nueva fuerza y La ciudad podrida, todas estas impresas en la Capital de la Montaña; Virus de Bogotá, o Revolución de Bucaramanga.

Acertadamente, casi 300 páginas de este compendio están dedicadas a estos seis fanzines aguerridos. Y es un acierto comenzar la compilación con el primer número de Visión rockera, publicado en agosto de 1986. Su portada es el dibujo de un joven con una guitarra eléctrica, acompañado de una bandera en donde se lee “Rock, Punk, Metal, Vieja Guardia” y un pie de foto que reza: “Unidos por la música… el Rock es nuestra bandera”. Esta heroica ilustración recuerda de cierta forma el diseño gráfico comunista; seguramente hay un relevo generacional entre los roqueros que hicieron este fanzine (sus nombres no aparecen en ningún lado, algo común en este tipo de publicaciones) y “la vieja guardia” comunista de las décadas anteriores. Por supuesto, en la nueva bandera ya no están la hoz y el martillo; son el rock, el punk y el metal los que señalan el camino.

En la página tres del fanzine se plantea qué es el Rock Nacional (así, en mayúsculas) y se invita a apoyar el movimiento: “Rock Nacional porque los grupos deben ser más propios y originales en su temática musical y de letras (…). Queremos que se nos reconozca y respete nuestra fuerza, empecemos por nosotros mismos, sin egoísmos ni peleas ya que estamos metidos en la misma causa: la Música”. Pese al discurso anterior, en la página siguiente aparece un artículo validando la pedrea contra Kraken en un concierto por ser “burgueses y comerciales”, por ser enemigos del “Rock Popular”. Este material, visto años después, suena demagógico, ingenuo y paradójico; pero posee una fuerza y una convicción ejemplar. Fanzines como Visión rockera atestiguan la fe en la revolución juvenil, en el poder de las nuevas generaciones y en la música de grupos como Las Pestes, P-NE, Mutantex, Nekromantie o Parabellum. Sí: a mediados de los ochenta era posible creer que el mundo se podía cambiar.

Páginas más adelante, ya en la década de los noventa, aparecen publicaciones como La Piquiña, Agente Naranja, Prozac, Santa Bisagra, Culo, Sudaka Comix y Banano. Estos fanzines, producidos también en Medellín, señalan un cambio, una ruptura tanto en el contenido como en la forma de editar y de publicar. La música, el discurso político y la invitación a la acción en conjunto pasan a un segundo o tercer plano. Al fin y al cabo el neoliberalismo se traga entera a la contracultura en los noventa. Ahora lo importante es lo netamente visual y el absurdo (como ya lo había planteado Virus): fotomontajes de ridículas y pesadillescas campañas publicitarias e historietas y viñetas se disputan las páginas de las nuevas publicaciones, mordaces incluso consigo mismas.

Con excepción de La Piquiña (estupendo fanzine producido en la comuna nororiental, que aborda de manera inteligente y humorística el problema de la delincuencia común y el sicariato), estas publicaciones dan un giro hacia lo íntimo: el deseo, el miedo al fracaso, lo alienante de la vida cotidiana, el consumismo, la manipulación mediática, la soledad y la depresión.

Las últimas y apretadas páginas del compendio están dedicadas a publicaciones que han aparecido a comienzos del nuevo milenio (algunas de las cuales “Frix” produjo en compañía de “Inu Waters” y Lorena Espitia) junto a los fanzines, gacetillas y pósteres publicados por el talentoso y educado (en las artes del dibujo, la historia del cómic y la contracultura) combo de “Robot” en Medellín (“Truchafrita”, “Joni B” y Marco Noreña, entre otros). Con esta última parte podría perfectamente hacerse otra publicación, extendida, generosa. Pero, al fin y al cabo, las páginas son finitas y la historia del fanzine y de las publicaciones independientes en Colombia apenas comienza a contarse.

“Hay muchas cosas por hacer” –dice “Frix”–. Quiero sacar un libro con ensayos sobre el fanzine y el cómic independiente con textos de Diego Guerra (cofundador de la revista ACME), Boris Greiff (editor de Ficciorama) y la escritora, editora y punquera española Mery Cuesta. Y quiero seguir rastreando publicaciones, pues siguen apareciendo. Por ejemplo, gracias a que el libro se publicó, me contactó Leonardo Peña, quien hizo Mal gusto entre 1995 y 1996, fanzine que se ha convertido en uno de mis favoritos. Así mismo me interesa ver lo que hicieron los del Taller del Humor con Mofeta, o lo que hizo el parche de Eduardo Arias con Chapinero, o lo que publicaron los nadaístas en los setenta. La tarea es ardua. Ahora cualquier pelao con un computador y una impresora puede sacar su propio fanzine de inmediato; y aunque muchos publican solo por publicar, siguen apareciendo cosas increíbles como Fichas, Fanzín de Letras y No Rock&Roll. Este rollo del fanzine es de nunca acabar.”

* Artista plástico y docente. Hace parte del grupo de nueva canción latinoamericana Las Malas Amistades.

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