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Feminista humorista

'Un libro para ellas' de Bridget Christie es un libro que se sirve de la experiencia prosaica y cotidiana de ser una mujer, dentro de los esquemas de la experiencia femenina hipermoderna.

2017/05/22

Por Vanessa Rosales

Entre las muchas brumas que abrasan la palabra feminismo, brota con frecuencia la desfigurada noción de que al adherirse a sus posibles premisas, la mujer (o el hombre) que lo hace entra necesariamente en un terreno despojado de sentido del humor. No hay chistes o sentido de gracia en el feminismo –dictamina esta visión–, no hay risas en esa “militancia” enardecida de mujeres que tampoco se depilan, que se estilizan de modo varonil y que viven carcomidas por una ira ciega que las despoja también de la posibilidad de ansiar a un hombre en su vida. (Todo lo cual, en realidad, quiere decir que el humor que puede exhibir el feminismo bien podría simplemente ser otro componente que difiere de lo que es válido por ser llanamente masculino).

Pero ahora que la palabra zumba de manera regular en el radar de la cultura popular, el feminismo está demostrando su intrínseca maleabilidad de expresión. Y el libro de la comediante británica Bridget Christie, publicado y traducido por Anagrama, tiene como fin demostrar que, entre sus muchas posibilidades, la fórmula discursiva para ser feminista puede ser precisamente la que utiliza con gracia y astucia lo absurdo y lo íntimo de la experiencia femenina para ridiculizar las formas más comunes y arraigadas de la misoginia (una comediante con premios y prestigios debe haberse ido a la cama con algún hombre que le haya permitido dicha posición, una mujer no debe reír demasiado o de reír muy poco estará bajo sospecha de algo semejante a la frigidez).

Un libro para ellas se sirve de la experiencia prosaica y cotidiana de ser una mujer, que en Christie se reconoce, además y de manera refrescante, particular y por ende significativamente privilegiada (blanca y europea), dentro de los esquemas de la experiencia femenina hipermoderna. La cotidianidad de esa experiencia se narra, por ejemplo, a través del episodio que narra Christie en torno a la flatulencia de un hombre, episodio que desata precisamente sus inquietudes feministas y su voluntad de incorporarlas dentro de sus monólogos humorísticos.

El chiste, que envuelve a la escritora preguntándole a un susodicho librero –hastiado e indispuesto ante sus preguntas– por las obras de mujeres notorias, del tipo de Virginia Woolf y Mary Wollstonecraft, termina con el personaje masculino mostrándose apático a los nombres de escritoras y dando instrucciones inversas a Christie cuando esta decide por preguntarle la ubicación de los libros de ensayo sobre la condición femenina. Cuando Christie finalmente –y luego de caer en cuenta de las instrucciones equívocas del librero– encuentra la sección, se topa de frente con el hombre, quien ha recurrido a ese punto preciso de la librería para emanar privadamente una considerable flatulencia. Ese incidente, narrado con el humor del absurdo y en apariencia una simple grosería, réplica de la antipatía inicial que mostró el librero a Christie ante su búsqueda, funciona como un símbolo para los cimientos del libro: lo ridícula y no obstante tóxica que es la misoginia o el machismo más incrustado y en apariencia sutil.

Es cierto que, a lo largo del libro, el humor de Christie cobra formas que se sienten como los monólogos teatrales que practica sobre el escenario y que la acidez de sus hilos resultan algo…anglosajonas. Pero el sentido del humor es, como tantas vertientes, un asunto de efecto subjetivo. Sin embargo, el libro de Christie logra diluir la bruma en torno al mito de que el feminismo no tiene gracia y confirma que, con frecuencia, los temas más espinosos logran hacerse efectivos si existe en ellos la inteligencia del humor.

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