El pabellón de Francia, país invitado Feria Internacional del Libro de Bogotá 2017. Crédito: Guillermo Torres.

Una feria madura

Hoy Bogotá cuenta con una de las mejores ferias internacional del libro del mundo, su programación está al nivel de cualquiera, vienen escritores impensables hace unos años, como atestiguan las al menos 550.000 personas que asistieron durante los 13 días que duró la feria, del 25 de abril al 8 de mayo. Pero llegó el momento de entender que con la madurez llegan también las responsabilidades.

2017/05/22

Por Revista Arcadia

Una editora suiza expresó, en una cena celebrada en medio de la segunda semana de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), su entusiasmo por la vitalidad de este encuentro en un mundo lleno de eventos parecidos los unos a los otros alrededor del libro. La feria, dijo, es popular y literaria, local e internacional; tiene cientos de miles de asistentes y el trabajo de los pequeños y medianos editores cada vez es más reconocido por fuera de Colombia. Unos días después, un periodista español hablaba con similar emoción de la FILBo. En la antesala de un programa de televisión, tres escritoras, la una chilena, la otra brasileña y la otra colombiana, mencionaban lo bien organizada y la impecable logística con la que los había recibido la feria. Y así, las celebraciones, que era el tema de esta edición número 30, se fueron propagando entre quienes acudieron. En unos pocos años, dijo alguien, la feria logró convertirse si no en la primera de América Latina, por lo menos sí en una parada obligada para la gente de la industria editorial en español.

A dichas celebraciones se sumaron las de al menos 550.000 personas que asistieron durante los 13 días que duró la feria, del 25 de abril al 8 de mayo. Lo interesante es que esa cifra, tan grandilocuente y vacía, tan repetida y vacua, no se concentró solo en los fines de semana, sino que por primera vez los eventos en días hábiles contaron con un público considerable, que llenó, por ejemplo, conversaciones como las del premio nobel de literatura J.M. Coetzee; las del premio princesa de Asturias Richard Ford, o la del rockero argentino Fito Páez. Así mismo, al terminar la feria, editores de todos los tamaños coincidieron en afirmar la mejora en al menos un 10% en las ventas respecto del año pasado.

El martes 9 de mayo, Bogotá le hizo un receso al sol y el cielo se opacó: aunque durante las dos semanas de feria hubo lluvias esporádicas, ningún diluvio inundó los pabellones 3 y 6, y a pesar de que continuaron las quejas por el sonido cavernoso de los auditorios, mucha gente coincidió en aplaudir el trabajo de quienes hicieron posible la FILBo: la Alcaldía Mayor de Bogotá, que la ha patrocinado desde el año pasado y garantizará que siga siendo el gran encuentro que es; la Cámara Colombiana del Libro, a cargo de su curaduría y organización; y Corferias, que ha puesto el emplazamiento y que, poco a poco, ha ido creciendo para hacer más amables sus instalaciones.

Hoy Bogotá cuenta con una de las mejores ferias del mundo, su programación está al nivel de cualquiera, vienen escritores impensables hace unos años, su público comienza a entender que la feria no solo es un regalo de fin de semana y cada vez parece más dispuesta a aguantar y a estar en paz en medio de la aglomeración, pero llegó el momento de entender que con la madurez llegan también las responsabilidades.

En primer lugar, es hora de repensar su geografía interna, de cualificar la participación de sus editores. Corferias tiene un modelo de feria comercial que es respetable, pero que comienza a no hacerle bien a la FILBo: editores pequeños frente a salderos; bafles religiosos que escupen parábolas al lado de editores de segundazos; lo regional perdido en pabellones indescifrables; los segundos pisos cada vez más lejos de los primeros; el libro académico refundido… Pabellones de primera y de segunda. Stands diseñados por enemigos o revendedores convencidos de que se trata de poner dos mesas, dos butacos y traer un amplificador para rematar libros como si fueran promociones de electrodomésticos. ¿Han pensado los organizadores en crear áreas especializadas? ¿Editores independientes juntos, brillando por sus apuestas? ¿Una sección de saldos? ¿Darles lugar permanente a las librerías? ¿Un salón de cómic o de novela gráfica? Que el paseante pudiera, en verdad, sumergirse en la feria como si fuera una biblioteca, en donde los intereses y las búsquedas se hicieran notorios, y la guerra por el espacio fuera un asunto superado.

Para mantenerse, la feria además tendrá que observar con atención cómo está pensando el asunto de los invitados a la rueda de negocios y al salón de derechos. Una vez más: es innegable la calidad de ciertos agentes, scouts y editores internacionales invitados, pero no pueden estar en un mismo saco quienes hablan de derechos y quienes imprimen y distribuyen. La oportunidad está servida.

Por el lado de su programación, quizá la mayor de sus fortalezas hoy, y por la que brilla en todas partes, también habría que pensar en que menos es más. Es necesario encontrar ángulos que convoquen a conversaciones más concretas, menos forzadas –cualquier tema es bueno para que quienes se sientan a la mesa, a veces con sorna y arrogancia, confiesen en público que no saben por qué los invitaron a hablar del que los convoca–: hablar ante una audiencia exige preparación y es una responsabilidad con los asistentes, y los escritores deben comprenderlo o abstenerse, que siempre es una opción.

El año entrante es muy probable que se abra Ágora, el edificio contiguo a la vieja Corferias y un puente sobre la avenida La Esperanza una los salones de programación con la –tal vez– renovada geografía de la feria. Para entonces, ojalá también se piense, desde su organización, que hay que darle un lugar central a su director-director cultural y otro a su gerente, que deben definirse los roles de quienes están frente a ella.

Gracias a un puñado de editores que hace 30 años creyeron que era posible soñar con una feria de estas dimensiones, hoy existe la FILBo. A esta generación le corresponde mantener y cuidar sus logros y mejorar sus yerros. El trabajo es de todos. ¡Felicitaciones a la FILBo!

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