Un cañón dispara al pueblo de Badush, a 15 kilómetros de Mosul, Irak. Crédito: Mohammed Sawaf / AFP.

Cañonear un continente

Antonio Caballero reflexiona sobre "este cañón que bombardea el Oriente Medio en abstracto, puede que sea el símbolo de toda una política".

2017/03/24

Por Antonio Caballero

Quienes nacimos después de inventados el cine y la televisión hemos visto disparar más cañones que el mismísimo Napoleón Bonaparte, célebre oficial de artillería. Cañones de todo tipo: culebrinas y piezas de a doce en las películas de piratas, la Grosse Bertha alemana en los documentales de la Primera Guerra Mundial y los Órganos de Stalin en los de la Segunda, cañones antiaéreos de balas trazadoras, los descomunales cañones navales de los portaaviones de la flota de los Estados Unidos. Y sin embargo yo no había visto nunca un cañón como este que muestra la fotografía de AFP: un cañón de campaña ante la ciudad de Mosul, en el desierto de Irak, que parece disparar a la vez en tres direcciones distintas por el mismo tubo.

Parece también que disparara solo: no tiene artillero. Pero eso es ya cosa habitual: sobran las personas. En las películas de Hollywood que nos informan sobre el futuro vemos que para entonces los ejércitos intergalácticos estarán integrados por robots que se destruirán unos a otros con rayos desintegradores. Los humanos, en cambio, combatirán cuerpo a cuerpo con espadas, como antes de la invención de la pólvora. A no sé qué científico atómico le preguntaron una vez que cómo sería la Tercera Guerra Mundial, y contestó que no sabía: pero que sin duda la Cuarta sería con palos y piedras.

Se me ocurre que este cañón trifurcado de la foto –¿cómo llamarlo?, ¿trifásico?, ¿trilingüe?– puede servir para ilustrar lo más característico de las guerras contemporáneas, preparatorias de esa Tercera Mundial aterradora. El proyectil que sale de frente le cae al enemigo, y los otros dos provocan los que llaman “daños colaterales”. Y observen ustedes: el disparo frontal produce mucho menos humo y fuego que los otros dos, lo cual indica sin duda que mata menos gente. Exactamente como ocurre, para no salirnos del ámbito de la foto, en la actual guerra de Irak, en la que la mayor parte de las víctimas se cuentan entre los no combatientes.

¿De quién es el cañón? Pese a las apariencias no puede ser que, aunque esté solo, sea completamente autónomo. Alguien –hombres o robots– tiene que cargarlo, y retirar las carcasas gastadas y ennegrecidas de pólvora que vemos apiladas a la derecha. Y ese alguien, tratándose de Irak, puede ser mucha gente: el ejército iraquí que lucha en Mosul contra los fanáticos del Califato islámico, Isis; o sus aliados los pesh merga kurdos; o los remanentes de las fuerzas norteamericanas que invadieron el país hace 15 años y no han podido todavía ni ganar la guerra de verdad ni retirarse del todo dejando el país en llamas.

Pero ese disparo que apunta en varias direcciones a la vez lleva la marca de los Estados Unidos, enzarzados en varias guerras simultáneas contra todo ese Oriente Medio cuya vastedad percibimos sugerida en la fotografía. El presidente Donald Trump, que criticaba la intromisión de los Estados Unidos en los conflictos del mundo, parece ahora decidido no solo a mantenerla sino a acrecentarla: acaba de despachar tropas de refuerzo para la guerra de Siria, en donde el enredo es tanto que necesitarán cañones por lo menos quíntuples; y ha anunciado un gigantesco aumento del presupuesto militar para que los Estados Unidos “vuelvan a ganar guerras”. Como antes, recuerda Trump, cuando él estaba en el colegio: nunca perdían.

Tal vez este cañón absurdo que bombardea en el desierto una ciudad desdibujada en lontananza y al mismo tiempo otros dos blancos laterales que no podemos ver, este cañón que bombardea el Oriente Medio en abstracto, sea el símbolo de toda una política. Me recuerda una escena de una novela de Joseph Conrad de hace más de un siglo, de la época de la colonización del Africa por los europeos. En medio del océano, tan lejos de la costa que esta se distingue apenas como una raya crespa de selva en el horizonte, un buque de guerra británico o francés disparaba sus cañones contra la lejanía. Se asombraba el escritor: “Cañoneaba un continente”.

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