Un muchacho sentado sobre la muralla de la Torre del Reloj. Circa 1925. Autor anónimo.

Fantasmas de Cartagena

Tres décadas y 15.000 fotografías después de iniciar su trabajo de archivar y restaurar la memoria fotográfica de la capital de Bolívar, la Fototeca Histórica de Cartagena de Indias publica un libro que revela el lado más íntimo de la ciudad costera a partir del final del siglo XIX.

2017/05/22

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

El muchacho está vestido con un traje de dril blanco y un sombrero canotier que lo protege del sol. El sesgo que desplaza su corbata sugiere el rastro del viento. La imagen también descubre una estación de tren con un par de vagones anclados antes del viaje. La luz traza una sombra sobre el rostro del joven. Sentado al mediodía en la muralla de la Torre del Reloj de Cartagena, observa la ciudad como si fuera un misterio. Se trata de un instante que pudo ser fugitivo, pero fue salvado por el fotógrafo anónimo que lo registró en los años veinte. Un tiempo que ahora es presente en los ojos que celebran la evocación de un fantasma capturado por el lente. En las páginas que enseña un libro contra la amnesia, Fototeca Histórica Cartagena de Indias: Patrimonio y memoria de todos (Universidad Tecnológica de Bolívar, 2016), publicado 30 años y 15.000 fotografías después de que la Fototeca iniciara su largo trabajo de archivo y restauración para ver la historia como una colección de instantes revelados por la cámara.

Un pasado que regresa en otras fotografías en las que vemos el cortejo fúnebre que llevó a su tumba al presidente Núñez en 1894; la sotana donde hirvió en el trópico la carne de monseñor Adán Brioschi, primer arzobispo de Cartagena; la expresión perpleja que abruma al expresidente Rafael Reyes, trepado en un avión de juguete con dos mujeres que parecen maniquíes; el símbolo de la audacia representado por el avión de Charles Lindbergh –el legendario Spirit of Saint Louis–, pilotado por el héroe que realizaba una gira por Latinoamérica y descansó en una escala de su viaje a Bogotá en las playas de Bocagrande, donde aterrizó el 26 de enero de 1928; el cabello en cascada que le llegó a la cintura a Clara Román del Castillo, inversamente proporcional al cráneo brillante y limpio del “divino calvo”, el torero español Rafael Gómez Ortega, conocido como “el Gallo”, quien sedujo con su destreza al público reunido en la plaza de la Serrezuela una tarde de 1921.

El entonces expresidente Rafael Reyes en un aeroplano con dos damas. Circa 1915. Autor anónimo.

Cuatro mujeres devotas de la memoria hecha imágenes –la historiadora María Teresa Ripoll y las profesoras Lisette Urquijo Burgos y Mónica Yepes Serrano, especialistas en fotografía de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Tecnológica, apoyadas por Gloria Cecilia González, auxiliar de bibliotecología y archivista– prolongaron con este libro el azar que reunió en el Palacio de la Inquisición de Cartagena, a finales de los años setenta, a un grupo de historiadores aficionados, transformados con el tiempo en los fundadores del Centro de Historia Cartagena de Indias, sorprendidos por el álbum de tapas negras que rescató como una pieza arqueológica Moisés Álvarez de los misterios del palacio.

Se trataba de doce fotografías del Centro Histórico de Cartagena, tomadas al vuelo desde un avión de la Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, SCADTA. Fueron las primeras imágenes de una larga serie que hizo más nítida la vida de la ciudad preservada en cada fotografía.

Del cielo a la tierra, la aventura de lo que sería después la Fototeca tuvo otro hallazgo en la colección del fotógrafo Luis Felipe Jaspe Franco (1846-1918), autor de un repertorio visual de lo que fue Cartagena a principios del siglo XX. Amparada por las reproducciones que hizo de sus imágenes Sícalo Pinaud, son el antes de lo que sería después la ciudad.

Clara Román del Castillo exhibe su larga cabellera. Circa 1920. Autor anónimo.

“Las imágenes de la colección Jaspe mostraban las huellas de la gran crisis que había atravesado Cartagena en el siglo XIX, pero también las primeras muestras de su recuperación”, escribe la profesora Ripoll en la introducción al libro. “Fotos de 1900 del Centro Histórico, en las que era difícil reconocer plazas que eran barrizales, calles sin pavimentar, casas adosadas a la muralla y monumentos cubiertos de maleza y suciedad. También había fotografías en las que se podían identificar algunas mejoras que se emprendieron con motivo del Primer Centenario de la Independencia. Allí se apreciaban el recién inaugurado mercado público de Getsemaní (1904-1978), el Parque del Centenario, así como los desfiles de los colegios y de las carrozas de carnaval en las celebraciones conmemorativas”.

El estado de salud de la Fototeca solo necesitaba que estuviera al cuidado de una enfermera. Llegada a Cartagena en el turbulento año de 1948, Dorothy Johnson venía de Nueva Jersey, había estudiado canto y, luego de ser jefe de Enfermería de la Sala de Partos de un hospital en Jersey City, se casó, a principios de los años cincuenta, con el cirujano Hernando Espinosa París; hizo parte de los fundadores del Colombo Americano y asumió, en 1987, la empresa de la Fototeca como una realidad de largo aliento que cumple ahora tres décadas.

El “patrimonio y la memoria de todos”, anunciados en el título del libro, son evidentes cuando el equipo que trabaja en la Fototeca comparte con la ciudad y el país su trabajo de investigación y restauración; el esmero y la paciencia de relojeros que tuvieron los bibliotecólogos Germán Ortega Martínez, Haen José Peñate y Sandra Hernández de la Ossa para digitalizar cada imagen en el Laboratorio Iberoamericano de Investigación de la universidad, un proceso tecnológico impulsado por Alberto Abello Vives, quien dirigió el laboratorio de 2011 a 2012, y le obsequió a la Fototeca un escáner que permitió tanto la digitalización de las imágenes como el proceso para presentarlas en la red virtual –www.unitecnológica.edu.co– a la que pueden acceder los investigadores interesados en lo que destaca la profesora Ripoll: conocer “la historia social, política y económica de la ciudad a través de su memoria colectiva”.

Partiendo de finales del siglo XIX y cruzando hasta los años ochenta –en dos fotografías contrastantes por sus efectos dramáticos cuando una de ellas registra el incendio en las bodegas del Terminal Marítimo de Manga y la otra descubre el incendio espiritual que significó la visita del papa Juan Pablo II a la ciudad–, cada imagen construye un rompecabezas a través de las páginas y ensambla su memoria fotográfica en los seis cuerpos que componen el libro: acontecimientos; industria, comercio y transportes; vida cotidiana; arquitectura; fiestas y desfiles, y panorámicas.

Los humoristas Tony Porto y K.Q. MEN en la noche del debut de su programa radial La Cotorra. 1947. Autor anónimo.

El ojo observa la historia íntima de Cartagena representada por héroes locales como Luis Carlos “el Tuerto” López y su esposa, Aura Marina Cowan; la épica de la construcción magnificada por las fábricas, los templos, las plazas, los portales y las murallas; las tragedias que fueron noticia cuando leemos en un pie de foto: “Este tanque de guerra, de fabricación casera para lanzar ‘buscapiés’ en el desfile del 11 de noviembre de 1922, fue motivo de un trágico accidente cuando el arsenal de buscapiés dentro del tanque explotó”; los placeres de la diversión –el béisbol, el billar, la playa, el programa radial La Cotorra conducido durante diez años por los humoristas Tony Porto y K. Q. MEN–; el espacio donde transcurrieron la vida y la cultura que definieron el matiz caribe de Cartagena, honrada por los fantasmas que ahora permanecen gracias a la oportunidad fotográfica que los salvó de esfumarse para siempre y al interés por fijar el paso del tiempo con las emulsiones químicas que dibujaron en la superficie de un papel lo que desvanece el libro: la amenaza del olvido conjurada en sus imágenes.

*Escritor y crítico de cine.

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