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Nunca fuimos una isla: la apertura de la Fundación Arkhé

Algunos críticos han dicho que Colombia estuvo desconectada de las vanguardias artísticas del siglo XX. Los archivos de este centro de documentación de arte latinoamericano, que acaba de abrir sus puertas en Bogotá, rebaten esa afirmación.

2017/11/22

Por William Martínez * Bogotá

Son muchos los archivos personales de artistas y coleccionistas que Colombia ha perdido en los últimos 50 años. Después de un acercamiento fallido con la Biblioteca Nacional, Bernardo Mendel, un empresario de origen austriaco que cultivó su biblioteca en Colombia durante 24 años, desde 1928 hasta 1952, optó por vender su colección a la Universidad de Indiana en julio de 1961. Con más de 30.000 libros y manuscritos de gran valor, dedicados a ciencias sociales e historia de Latinoamérica, se convirtió quizás en la biblioteca privada de la región más completa del mundo en su época.

En la misma línea, la colección de Julio Mario Santo Domingo Braga, quien murió de cáncer a los 51 años, fue a parar a la Universidad de Harvard en el verano de 2012 por decisión familiar. Se trata del archivo más grande de su tipo en el mundo, según Harvard Gazette: 30.000 libros y 25.000 materiales efímeros (fotografías, carteles, notas manuscritas) sobre contracultura, erotismo y drogas. La fuga de archivos personales también ha sido frecuente en la orilla de los artistas. El archivo de Rómulo Rozo, pionero del arte indigenista en Colombia, está en México; el de Marco Tobón Mejía, renovador de la escultura con sus relieves en bronce, en Francia, y el de Andrés de Santa María, uno de los primeros del país en emplear los lenguajes del arte moderno europeo, en Bélgica.

En 2010, por encargo del Museo Reina Sofía de Madrid, el Taller Historia Crítica del Arte, un colectivo de investigación de arte colombiano adscrito a la Universidad Nacional, elaboró un estudio sobre los archivos de arte en el país. Halim Badawi –colombiano, de 35 años, curador independiente– y el resto del equipo ubicaron 92 archivos públicos y privados en todas las ciudades. A raíz de ese inventario, una idea se enquistó: Colombia carece de centros de documentación artísticos con fuentes primarias (cartas, manuscritos, bocetos, fotografías personales). Este fue el germen conceptual del proyecto que crearon Badawi y el abogado financiero Pedro Felipe Hinestrosa en junio de 2016: la Fundación Arkhé, dedicada a adquirir y conservar documentos de arte latinoamericano surgidos en las periferias y que busca incentivar la investigación crítica del campo. Este mes abre al público en el barrio San Felipe de Bogotá.

Halim Badawi y Pedro Felipe Hinestrosa, creadores del proyecto de Arkhé. Foto: Camilo Rozo.

Badawi colecciona desde los 5 años: primero estampillas, luego billetes. A los 18, cuando empezó a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional, visitó la Biblioteca Luis Ángel Arango para consultar un libro. No lo encontró. Caminó hasta el Parque Santander y allí compró el primer volumen de su colección de libros raros de arte colombiano: La pintura flamenca en Bogotá (1964), de Francisco Gil Tovar. Badawi no quiso volver a depender de las existencias de las bibliotecas públicas y empezó a llenar lagunas, así eso implicara adquirir libros que no le interesaran. Hoy su archivo, entregado a Arkhé a través de un comodato de largo plazo con opción de donación, contiene 10.000 libros y folletos de arte, 5.000 números de periódicos y revistas, 15.000 documentos de archivo, 15.000 fotografías y 500 obras de arte sobre papel, como dibujos y acuarelas.

A Arkhé lo componen seis acervos: “Arte colombiano”, “Artistas viajeros”, “Vanguardia y redes intelectuales entre Europa y América”, “Coleccionismo y mercado del arte”, “Archivo queer” e “Imagen de la violencia”. Múltiples materiales de la fundación no se encuentran en otras instituciones del país, como manuscritos inéditos y fotografías de la crítica de arte colombo-argentina Marta Traba; números originales de la primera revista surrealista (Littérature, fundada en París por André Breton en 1919), de otras revistas de los años veinte y de revistas vanguardistas latinoamericanas que poco circularon en el país; los archivos privados de los críticos Álvaro Medina y Germán Rubiano Caballero; cerca de 100 fotografías originales de Theodor Koch-Grünberg, el etnólogo alemán que inspiró la película El abrazo de la serpiente (2015); una de las mayores colecciones de acuarelas peruanas de costumbres del siglo XIX conservada por fuera del Perú, y 76 archivos relacionados con expresiones culturales de la comunidad LGBTI, que incluyen, entre otras, unas mil piezas (cartas, borradores de artículos y fotografías) de León Zuleta, el primer activista gay de Colombia. Aunque el espacio está dirigido a investigadores, presentará exposiciones temporales para el público general.

Cuando uno se sumerge en la colección de Arkhé, empieza a dudar de los imaginarios que construyeron algunos críticos. De la Colombia que vendieron por generaciones: una isla inédita y cerrada a las vanguardias globales. Uno empieza a dudar de sentencias afines a las que escribió Marta Traba en el ensayo Venezuela: cómo se forma una plástica hegemónica (1984): “Los artistas colombianos no sienten la necesidad de estar al día, porque dicha necesidad conlleva una noción de tiempo que lisa y llanamente no se da en el país (…). El proceso interno del arte colombiano es lento (...). Nadie da saltos. No hay trampolines, no hay equilibristas (…). Carlos Rojas ha sido el único artista colombiano realmente atento a los cambios, novedades y mutaciones del mundo artístico del exterior”.

Badawi, en cambio, dice: “Suele repetirse que Colombia nunca estuvo en contacto con ninguna vanguardia global. Que hemos sido un país cerrado, tremendamente provinciano e incomunicado con el mundo porque no recibimos oleadas de migrantes, como sí ocurrió en Argentina y México. Siento que la investigación sobre arte colombiano siempre ha sido endogámica: no conocemos claramente las conexiones que tuvimos con el mundo en el último siglo”. A partir de algunos libros y documentos que conserva Arkhé, Arcadia repasa cuatro episodios que muestran los lazos de Colombia con las vanguardias del mundo.

Barranquilla, altavoz del futurismo europeo

En 1917, el librero y escritor catalán Ramón Vinyes fundó la revista Voces en Barranquilla, la primera publicación en Colombia que dio eco al futurismo italiano, una de las primeras vanguardia en el mundo. El mismo año en que nació Voces, el poeta Filippo Tommaso Marinetti publicó el manifiesto del movimiento en las páginas de la revista, lo que devino en colaboraciones asiduas de los futuristas desde Italia. En junio de 1918 –cuenta el libro Las vanguardias literarias en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela–, Vinyes publicó un artículo sobre las corrientes vanguardistas europeas, junto a cuatro poemas de Paul Dermée y dos de Guillaume Apollinaire. En respuesta a la publicación, un columnista del diario barranquillero El Día puso en el pedestal los libros de Rubén Darío para restarle importancia a la “moda fracasada” del futurismo. Meses después, Vinyes le dedicó al columnista una edición completa, Cubismo, nunismo y vibrismo, en la que escribieron por lo menos siete autores internacionales. Según Álvaro Medina, Voces “se adelantó en varios meses a la revista española Grecia y en varios años a la revista argentina Martín Fierro en verter al castellano textos y poemas de la rebelión que recorría a las letras europeas”.

Bogotá, puerto de las vanguardias latinoamericanas

En una época en que las investigaciones arqueológicas apenas arrancaban en Colombia y en la que poco se sabía de nuestras culturas aborígenes, el historiador y político Germán Arciniegas creó la revista Universidad (1921-1929), pionera en reseñar el arte indigenista del país. En el artículo “Universidad y el arte moderno colombiano”, publicado en la revista francesa América. Cahiers du Criccal, Álvaro Medina describe las conexiones que trazó Universidad con tres pares de la vanguardia latinoamericana: Ulises (Ciudad de México), Amauta (Lima) y Revista de Avance (La Habana). La revista bogotana ofrecía en Colombia las suscripciones de las dos primeras y reproducía artículos de las dos últimas.

De hecho, uno de los artículos que escribió el ensayista peruano José Carlos Mariátegui para Amauta sirvió como piso conceptual para Universidad: “El problema indígena, tan presente en la política, la economía y la sociología, no puede estar ausente de la literatura y el arte”. En artes plásticas, su centro de noticias fue Ciudad de México y Lima, ciudades que les resultaron más afines que las capitales europeas. Este fue el caldo de cultivo para que el escultor colombiano Rómulo Rozo decidiera soltar la mano de sus referentes franceses (Rodin, Maillol y Bourdelle) y se volcara a las geometrías prehispánicas. Así, cree Medina, “al promediar la década de los veinte el arte colombiano se situó con sus esculturas en la actualidad latinoamericana. Un mismo viento soplaba sobre el continente”. Nació el grupo Bachué, los pintores de lo social, de lo precolombino, que abrieron la puerta al arte moderno en Colombia.

Oteiza, el migrante decisivo

Mientras en los años cuarenta México y Argentina abrían sus puertas para recibir a los migrantes europeos, Colombia las cerraba. Sin embargo, el país nunca estuvo incomunicado con las rupturas globales. El escultor vasco Jorge de Oteiza llegó al país en 1939, donde trabajó como profesor de cerámica durante ocho años. Luego de dictar cursos en la Escuela de Cerámica del Colegio Mayor de Cundinamarca, creó una de las primeras escuelas de este tipo en Popayán, donde se formaron dos referentes de la escultura moderna colombiana: Alberto Arboleda y Édgar Negret.

En 1944, en Popayán, Oteiza escribió su “Carta a los artistas de América”, que apareció en la revista de la Universidad del Cauca, y en 1952 publicó su libro Interpretación estética de la estatuaria megalítica americana (ambos materiales hacen parte de la colección de Arkhé), dedicado a los monumentos en piedra de San Agustín y al constructivismo europeo. Si lo regular era examinar los hallazgos prehistóricos con estudios arqueológicos y etnográficos, Oteiza puso en primer plano la estética y planteó una teoría: son las esculturas las que originan los mitos fundamentales de las sociedades andinas. Las preocupaciones del vasco serían las preocupaciones que atravesaron las esculturas de Negret a partir de los años cincuenta y de toda una generación de escultores colombianos: Ramírez Villamizar, Alberto Arboleda, entre otros.

Cali y Medellín, por un grabado no convencional

Con la emergencia del conceptualismo, en los años sesenta y setenta, se dio una serie de intercambios artísticos en Latinoamérica. El investigador argentino Fernando Davis le dijo a Arcadia que esos intercambios se convirtieron en una red sólida con la creación de dos eventos: la Bienal Internacional de Arte de Coltejer (Medellín, 1968-1972) y la primera Bienal Americana de Artes Gráficas (Cali, 1970), a los que llegaron en bandada artistas conceptuales de Argentina y Uruguay. Davis cuenta que Jorge Glusberg, quien había dirigido el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires y fue jurado en la segunda edición de la Bienal de Coltejer, le propuso a Leonel Estrada montar una muestra de “arte de sistemas” (dibujos por computador) en la tercera y última bienal. Hacia un perfil del arte latinoamericano fue el título de una exposición inédita para la mayoría de países de la región. Fue la etapa de gestación de la unión entre arte y cibernética.

* Periodista freelance. Colaborador del diario El Espectador.

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