Suicidio 27 de enero de 2012, de Mateo Pérez.

Historia natural de la destrucción

El Salto del Tequendama es la costura oscura del país. Sin embargo, la Fundación Granja Ecológica Porvenir ha logrado consolidar un proyecto que enlaza su historia natural y cultural. La responsabilidad de la sociedad por su rescate, a pesar de la indiferencia del sector público, es urgente. ¿Qué se está haciendo por esta maravilla?

2016/11/22

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

Una valla a la salida de Soacha anuncia a todo color las glorias cundinamarquesas, entre ellas el Salto del Tequendama. La foto, que ocupa un tercio del cartel, muestra una muralla de piedra lamida por un chorro miserable de agua que se apoza en un ojo de agua oscura para luego continuar su camino perezoso y espumoso por entre una cuna de piedras renegridas. Quien haya puesto esa foto quizá ya no tiene memoria de esa fuente alborotada de agua limpia: desde los años cincuenta se viene denunciando la contaminación del río Bogotá así como el impacto ambiental causado por represarlo y entubarlo para bombear luz de vuelta a la ciudad.

Quien vea esa valla e incluso se anime a visitar el lugar apostado en el kilómetro siete de la vía a Mesitas del Colegio tampoco debe recordar que este no es el estado natural de la cosas: que esas torres eléctricas de alta tensión que atraviesan el cañón del río no siempre estuvieron ahí, que los cerros circundantes no siempre estuvieron despojados de su bosque nativo, que antes eran los guacamayos y no los chulos los que surcaban el aire de la gran cascada. La memoria gloriosa del Salto ha sido obliterada y en su lugar ha quedado una ruina creada colectivamente que pocas veces miramos de frente: el Salto es la costura oculta de la historia del país.

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Durante los siglos XVIII y XIX, el Salto fue una de las atracciones naturales más afamadas a nivel mundial y local. Los viajeros de entonces desviaban el curso de sus excursiones por el continente solo para visitar la catarata, y la realeza criolla y española organizaba elaborados convites de camino al lugar. Hasta el mítico Bolívar, al estilo de Leonardo DiCaprio en Titanic, se posó temerariamente al borde del abismo, mientras que su Manuelita, en un arranque de extraños bríos, amenazó con lanzarse a sus aguas turbulentas. Naturalistas como Alexander von Humboldt y José Celestino Mutis se detuvieron al borde del abismo para estudiar la riqueza natural del bosque circundante.

El linaje del lugar se remonta a la prehistoria. El Salto, creían los chibchas, fue creado por el dios Bochica para desaguar la Sabana de Bogotá, que entonces era un gran lago. La catarata tenía para ellos un altísimo valor simbólico: no todos los días baja Dios de una nube para dejar testimonio de su grandeza. Estudios geológicos han demostrado la veracidad de la inundación, mientras que los hallazgos arqueológicos realizados en los años setenta por Gonzalo Correal y Thomas van der Hammen demuestran que la zona estuvo poblada hace más de 10.000 años. Otra muestra contundente del poblamiento continuo de esta zona apareció en 2010, cuando las excavaciones para la construcción de la subestación eléctrica Nueva Esperanza revelaron los rastros de una ciudad muisca de al menos cinco hectáreas de extensión, ocupadas entre el año 900 a. C. hasta el año 1500 d. C. La remoción de material arqueológico, realizada a finales de 2014 con la bendición del ICANH y el financiamiento de la locomotora energética, concluyó con la construcción de la planta eléctrica justo encima del hallazgo.

La cascada, célebre por su tamaño, la vegetación circundante y el misterio de sus aguas vaporosas, ha sido ampliamente descrita, alabada, dibujada y fotografiada desde 1668, cuando el obispo Lucas Fernández de Piedrahíta hizo el primer registro escrito de su mítico origen y su estatus como “una de las maravillas del mundo”, hasta los años cuarenta, cuando el fotógrafo Gumersindo Cuéllar capturó imágenes de la catarata rebosante.

Buena parte de las menciones y registros del Salto –detallados en el libro Biografía del Salto de Tequendama, del historiador Santiago Díaz Piedrahíta y la ambientalista María Victoria Blanco– datan del siglo XIX, cuando viajeros ilustres y pedestres hacían el peregrinaje de dos días, saliendo de Bogotá en horas de la tarde, pasando la noche en Soacha en medio de bailes y comilonas, para salir a la madrugada por el camino de Canoas, hasta alcanzar el improvisado mirador donde los viajeros se lanzaban de barriga al suelo para observar el espectáculo sin perder el equilibrio. En palabras del comerciante W.D. Robinson, quien visitó el Salto en 1824: “Es absolutamente imposible describir el efecto que al espectador produce la vista de este extraordinario Salto. Tampoco puede el lenguaje ilustrado, o el pincel del pintor conllevar idea justa alguna de la extrañeza y la grandiosidad de la escena. Sentí emociones de placer y de sorpresa, mezcladas al más profundo estupor, y hasta temor. […] Si este bello país no ofreciera ninguna otra atracción al viajero, una visita a la Sabana de Bogotá, y el Salto del Tequendama le ofrecería amplia recompensa por sus fatigas y privaciones”.

Desde finales del XIX y hasta mediados de la década de los cuarenta, el Salto continuó su fama gracias a la construcción en 1927 del hotel Refugio del Salto, que también operaba como estación del ferrocarril. La muerte del ferrocarril, la contaminación del río y su represamiento en el Muña para la generación de energía mandaron al traste la operación turística y el antiguo esplendor natural de la catarata. De paso, murió también el Muña como bucólico embalse con sus veleros y chalés estilo suizo. Hoy en día el embalse es un reservorio fétido de aguas del río Bogotá y motivo de álgidas batallas jurídicas iniciadas por acción popular por los habitantes de Sibaté en el año 92. La batalla aún se está librando, pues a pesar de un fallo del Consejo de Estado en 2014, en el que obliga a las hidroeléctricas, la empresa de acueducto y los municipios de la cuenca alta del río a tomar acciones para descontaminarlo, proyectos como la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Canoas siguen siendo motivo de polémica. Entre tanto, el gótico hotel, que operó a principios de los ochenta como restaurante, duró abandonado por más de 20 años hasta que fue adquirido en 2010 por la Fundación Granja Ecológica Porvenir.

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Al igual que muchos bogotanos, hago todos los fines de semana el peregrinaje sabatino en busca de una parcela con naranjos y aire limpio. Este peregrinaje comenzó para mi familia en los años sesenta, época en la que adquirieron su lote soleado en un pueblito por la vía de Mesitas del Colegio. El Salto fue y siempre ha sido parte fundamental de la mitología familiar. Desde niños ya sabíamos cuándo subir las ventanas por el mal olor del río, cuándo bajarlas y cuándo hacer el chiste de ¡¿quién está enfermo del estómago!? Cuando un extranjero visitaba, parábamos al pie del Salto para comer mazorca asada en una fantasmagórica caseta colgada sobre el abismo. Así que cuando hace más de cinco años se reabrieron las puertas del hotel, fuimos los primeros en entrar. En ese entonces, la propuesta de renovación no era aparente: una extraña mezcla de afiches de exposiciones temporales estaba repartida sin mucho orden entre los pocos espacios habilitados de la casa.

Hoy, el aspecto del hotel y la propuesta han dado un giro fundamental. Desde que emprendieron la restauración exterior e interior del hotel, María Victoria Blanco y su esposo, Carlos Cuervo, líderes de la Fundación Granja Ecológica Porvenir, han logrado consolidar un discurso coherente sobre la relación entre la historia natural y cultural del Salto del Tequendama y la responsabilidad de la sociedad por su rescate. El libro Biografía del Salto, publicado en 2011 por la Fundación, así como múltiples estudios de la fauna y flora del bosque circundante realizados junto con la Universidad Nacional son testamento de la seriedad del proyecto.

Si bien hasta el momento el apoyo al proyecto de la Fundación por parte del Programa de Fortalecimiento de Museos del Ministerio de Cultura ha sido escaso, otros santos patronos han alumbrado el tortuoso camino escogido por esta pareja de ambientalistas. La intervención arquitectónica fue financiada por la cooperación francesa y fue presentada públicamente este 19 de noviembre en un evento oficial. La restauración, realizada con sorprendente cuidado, ha permitido la recuperación de suelos de madera, yesería, ventanas, techos y fachada. Adentro se exhibe una muestra permanente de imágenes históricas del Salto y tótems informativos realizados con el apoyo del Museo de Ciencias Naturales de Berlín. Del lado virtual, la Biblioteca Luis Ángel Arango ha colaborado con una pequeña exposición digital, mientras que del lado diplomático y político Ernesto Samper Pizano ha prestado apoyo permanente. Afuera, en los predios aledaños a la caída del agua, resalta el conjunto de árboles recién plantados con el apoyo de Sofasa-Renault; mientras que adentro una serie de infografías –que aún requieren una museografía más cuidadosa– informan sobre los devenires de la recuperación ambiental del río Bogotá, buscando amarrar el discurso ecológico al cultural.

La tarea de la Fundación Porvenir no es fácil ni obvia. El Salto es un lugar de tensiones imposibles, tal y como lo señalaron los artistas Diego Benavides y Mateo Pérez en la exposición El Salto, geografía en la mirada, presentada en el Espacio Odeón en 2014. Interesados en la complejidad de este lugar, donde confluye la historia geográfica, la estética, la política y el medio ambiente, Pérez y Benavides realizaron una serie de fotografías, videos, dibujos e instalación de objetos a partir de una investigación minuciosa del Salto y su historia. En palabras de los artistas, al Salto lo marca una “belleza trágica atravesada por la muerte”; es un espacio donde confluyen la “gloria y la ruina”, un “ícono de la nación”, un vertedero y “un abismo propicio para saltar al vacío”.

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Por estos días la afluencia de paseantes ha aumentado considerablemente: descienden de sus motos, comen una mazorca, se sacan selfies al borde del camino, hacen la visita guiada del fantástico hotel incrustado en el abismo, se sorprenden, se lamentan, vuelven a encender su vehículo y se van.

“Nosotros tratamos de hacer pedagogía”, afirma María Victoria Blanco, “que la gente entienda que así no tienen por qué ser las cosas, que el Salto merece un mejor porvenir”. Pero la mayoría de visitantes, objeta Blanco, solo viene en busca de fantasmas. Cuenta que hace unos años la casa estuvo a punto de ser incendiada por una turba de cazadores de espectros aupada por un popular programa radial. En medio de la noche, decenas de personas vestidas de negro con antorchas encendidas asediaron la casa, tratando de entrar para hacer una sesión espiritista. Con un poco de suerte y un megáfono, los miembros de la Fundación lograron que la emisora detuviera la transmisión y calmara al grupo que amenazaba con quemar la casa.

En vez de escuchar la historia del lugar y entender el verdadero drama que afecta esta zona –donde confluyen megaproyectos hidroeléctricos, planes de descontaminación eternamente aplazados, tala de bosque nativo y hasta plantas de procesamiento de asfalto– los muchachos esperan toparse con un misterio que aumente sus likes en Facebook. El atractivo facebukiano del Salto no pasa desapercibido para el viajero casual. Como sagazmente apunta el español Fernando C en su reseña de Trip Advisor publicada en agosto de este año: “Aunque la zona no tiene un olor muy adecuado, las fotos en este sitio son...”.

Pero ¿cómo culpar al exigente viajero contemporáneo, tan amante de una buena foto para poder compartir con sus amigos? Lo raro no es que ellos le den una “mala puntuación” al Salto por culpa de la podredumbre; al fin y al cabo ellos vienen por la foto, y las fotos no apestan. Lo raro es que los bogotanos mantengamos una indiferencia férrea con respecto al veneno que surtimos al río día a día desde hace más de 70 años.

*Literata y periodista.

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