La banda The Velvet Underground, con Lou Reed en el medio, durante el rodaje de la película de culto Venus in Furs, de Piero Heliczer. La foto se tomó en Nueva York, en 1965. Foto: Adam Ritchie / Getty Images

Los bastidores del punk

Hace dos décadas, los periodistas Legs McNeil y Gillian McCain publicaron 'Please Kill Me: The uncensored oral history of punk' un libro que cristalizó, como pocos, la esencia de este género musical. A partir de testimonios de artistas, roadies, y managers, se trata de una obra que funciona para entender un sonido que también fue un estallido, desbordado y genuino.

2016/08/23

Por Vanessa Cervini* Nueva York

Todo empezó en los sesenta. Se sentía la tensión en el aire. El miedo a que alguien presionara el botón rojo que explotara al mundo hacía que familias enteras se quedaran encerradas en casa. Pero mientras algunos estaban ocupados construyendo refugios antibomba y comprando enlatados y provisiones para cuando llegara “la hora de la verdad”, los jóvenes querían algo muy diferente: querían diversión.

Psicodelia, alucinógenos y mensajes de ‘amor y paz’ inundaban las discotecas y pubs. La revolución se estaba gestando en locales llenos de cuerpos adolescentes embriagados con los clásicos de Elvis Presley y el nuevo sonido de bandas como The Beatles. Entre el estupor de una nueva era de ídolos y el humo que dispersaba lentamente el miedo de la Guerra Fría, otras corrientes revolucionarias empezaron a correr en los callejones traseros.

Estos nuevos escenarios no eran coloridos ni brillantes, ni elevaban con ácidos a utopías de amor libre; por el contrario, estaban llenos de desencanto, controlados por el consumo excesivo de speed y otros tipos de metanfetaminas conocidos por sus efectos de paranoia. Así pasaban los días en The Factory, el espacio creativo de Andy Warhol en Manhattan, donde entraban jóvenes artistas hambrientos de fama y salían superestrellas. Warhol era como el Rey Midas: le pagaban por ir a nuevos bares, por ir a conciertos, por tomar un trago en una discoteca. ¿Y él qué ganaba? Nuevos ídolos para su colección. En una de sus visitas al Café Bizarre, Warhol presenció el toque de Velvet Underground, y quedó hipnotizado. Gracias a él, se lanzaron al estrellato.

Al ritmo de canciones como Venus in Furs, que hablaban de S&M y heroína, un escuadrón de jóvenes vestidos de negro se balanceaban en el escenario, sobre ellos proyectadas películas de Warhol mientras actores semidesnudos se azotaban a su alrededor. Así es como Please Kill Me, libro insignia que por estas fechas cumple 20 años, describe el nacimiento de lo que después se convertiría el punk.

Hoy, cuando las camisetas de los Ramones todavía se venden por millones, y las nuevas generaciones adoran a los Sex Pistols, es clave tener a mano un texto que pone a las voces de artistas, roadies, groupies, managers, periodistas y fans en la misma página para crear algo como un documental escrito, un recuento de lo hechos más importantes, desde los años sesenta hasta finales de los ochenta, que definió realmente la escena punk rock, desde adentro y desde afuera.

El testimonio que abre el libro es el de Lou Reed (1942-2013), vocalista de The Velvet Underground, y hasta hoy uno de los personajes con mayor influencia del mundo de la música. Las historias siguen una tras otra sobre un escenario lleno de desencanto y violencia, catalizado por drogas pesadas y vómito, un mundo descrito por personajes que no pensaban en la vida como algo particularmente positivo. La visión del punk en sus inicios pretendía que la música debía matarte, debía entrar por el estómago con una nota de bajo y hacerte explotar la cabeza. En las propias palabras de Reed: “El rock & roll es tan grande que la gente debe empezar a morir por él... La música les devolvió su ritmo para que pudieran soñar. Toda una generación corriendo con un bajo Fender... Las personas tienen que morir por la música. La gente está muriendo por todo lo demás, ¿por qué no la música?”.

Dentro de esta teoría del caos nacieron Iggy and the Stooges y MC5, las bandas pioneras del punk estadounidense. Nadie entendía realmente lo que estos dementes hacían en cada presentación, nada estaba planeado... A veces ni el set list estaba acordado, pero el show era imperdible: Iggy dejaba piel y sangre en el escenario, literalmente, en medio de un trance en el que rodaba por la tarima sobre vidrios rotos, cubierto de escarcha. Esto era un elemento esencial del punk: cada show tenía que cambiar la vida del público. Ron Asheton, guitarrista y bajista de The Stooges, describe su primer concierto de The Who en Inglaterra: “Fue mi primera experiencia de pandemonio total. Era una montaña de personas intentando coger un pedazo de la guitarra de Townshend, tratando de subir al escenario mientras él la balanceaba sobre sus cabezas. El público no estaba aplaudiendo, era más como sonidos de animales, como si estuvieran aullando... Era decir ‘El avión se está cayendo, el barco se está hundiendo, entonces destrocémonos entre nosotros’... Nunca había visto a gente llegar a esos extremos tan peligrosos... Allí fue donde me dije a mí mismo ‘Esto es lo que quiero hacer’”.

Pero no hay que confundir a Please Kill Me con una apología del punk. Por el contrario, con un lenguaje crudo y sin rodeos, hace caer a los ídolos de sus pedestales. Jim Morrison, Iggy Pop, Patti Smith, Dee Dee Ramone, Richard Hell, Sid Vicious; todos tienen una voz, todos tienen una versión de los hechos, pero las personas a su alrededor también. Las groupies y roadies son parte esencial de los testimonios. Como McNeil cuenta en una entrevista para el LA Weekly, a la hora de entrevistar a un grande, él y Gillian llegaban con la historia construida desde el exterior, no esperaban que Iggy les contara todos los detalles, ellos ya los tenían, solo querían tener una pieza más del rompecabezas. Por eso el libro es fascinante: es lo más cercano a vivir una noche de fiesta en Max’s Kansas City o cbgb, los bares punk por excelencia de Nueva York.

Las historias de los romances de todos con todos, cómo se compartían fluidos corporales, da al libro un toque amarillista, grotesco, pero adictivo. La historia de Nico y Jim Morrison; de Connie y Dee Dee Ramone; y la más famosa de todas, de Sid y Nancy, todas están ahí, junto a testimonios que cuentan cómo terminaban desmayados en las alcantarillas después de consumir manotadas de pastillas, o se prostituían en las esquinas de Manhattan para poder comprar un poco de heroína.

De la voz de personajes de la industria como Danny Fields y Malcom McLaren, se entiende por qué estas bandas no eran rentables por naturaleza, hasta que los managers (en un desesperado intento por recuperar su inversión) decidieron que debían encontrar una forma de explotar los elementos únicos del género y experimentar con la imagen e identidad del punk. Durante años, vestidos de mujer, Johnny Thunders y los New York Dolls tocaron canciones cortas frente a miles de fans cubiertos de escarcha. Más tarde, los Ramones, cuatro tipos desencantados de la vida, vestidos con camisetas blancas y chaquetas de cuero, pelo largo y gafas oscuras, traerían una visión del punk mucho más simple, más limpia, más fácil de vender.

En la década de los setenta, las bandas comenzaron a hacer giras internacionales, y en Inglaterra el punk encontró el amplificador que necesitaba para volverse un fenómeno mundial. Los tabloides estaban llenos de artículos sobre el caos de los conciertos, con imágenes de los cantantes borrachos escupiendo al público y notas sobre lo degradante que era su vida después de cada show. El nuevo discurso del punk rock ya no se basaba solamente en letras impertinentes: cada canción estaba cargada con mensajes de rabia y agresividad. Estas melodías se volvieron himnos para los que vivían de limosnas y se sentían parte de la revolución de las masas. Así, de nuevo, la imagen del punk cambió: crestas, chaquetas de cuero, ganchos metálicos y nodrizas perforando el cuerpo de los jóvenes mientras se zarandeaban violentamente los unos a los otros al ritmo de las frenéticas canciones de los Sex Pistols. Este era el nuevo punk.

Los últimos testimonios de Please Kill Me están cargados de tristeza y nostalgia. Los excesos de drogas y la naturaleza autodestructiva de las bandas se empezaron a hacer sentir. Los Sex Pistols y los Ramones se separan, sus integrantes no soportan verse los unos a los otros, las primeras páginas de los tabloides documentan arrestos, violencia y muertes por sobredosis casi a diario. Una de las muertes más tristes fue la de Johnny Thunders, guitarrista y cantante de New York Dolls y The Heartbreakers. Lo encontraron después de una sobredosis en un hotel en Nueva Orleans, casi irreconocible y en posición fetal; pero la versión que el cantante Willy DeVille dio a los medios fue muy diferente: “Tuvo un final trágico, y se fue en una llamarada de gloria, entonces pensé que por respeto debía hacerlo ver bien; les dije a todos que cuando Johnny murió estaba tendido en el piso con su guitarra en las manos”.

No es claro si Legs y Gillian están de acuerdo con eso de que el punk está muerto. El veredicto final está a discreción del lector. Algo seguro es que el trayecto del libro –a través de escenarios llenos de luces, callejones oscuros y cuartos traseros donde la degradación era una forma de vida– deja un sinsabor, una tristeza por el pasado que muchos no conocimos, pero que casi podemos imaginar.

Veinte años después de su publicación, Please Kill Me sigue siendo esencial porque muestra un panorama de la industria musical absolutamente diferente al actual. Nos acerca a ese género difícil y excesivo, pero también libre, valiente y genuino. En las propias palabras de McNeil: “Esta maravillosa fuerza vital articulada por la música se basaba en la corrupción en todas sus formas; buscaba motivar a los jóvenes a no esperar a que les dijeran cómo actuar, sino hacer su propia vida. Se basaba en hacer que las personas usaran su imaginación de nuevo; no quería que todos fueran perfectos, decía que estaba bien ser un novato y divertirse, la creatividad real provenía de hacer desastres, era acerca de trabajar con lo que tienes frente a ti y hacer que todo lo estúpido, vergonzoso y horrible estuviera a tu favor”.

*Periodista.

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