Hitler y su médico de cabecera, Theodor Morell. Foto: Heinrich Hoffmann/ Ullstein Bild/ Getty Images.

'High Hitler': dictador y drogo

El periodista-novelista Norman Ohler presenta un libro sobre el uso y el abuso de las drogas ilícitas en la Alemania nazi y por parte del propio Führer.

2017/03/24

Por Rodrigo Pardo

¿Se puede destapar, a estas alturas, alguna faceta desconocida de Adolf Hitler? Es decir, ¿de un hombre sobre quien se han escrito miles de libros y se han hecho cientos de documentales y películas? Norman Ohler creyó que sí y lo hizo con un libro sobre el uso y el abuso de las drogas ilícitas en la Alemania nazi y por parte del propio Führer: High Hitler es el título en la edición en español. El autor ha cubierto noticias –fue corresponsal en Ramallah- pero hasta ahora ha preferido los géneros de ficción. Es autor de novelas y de guiones.

Y eso tenía en su mente cuando un amigo le mencionó la historia de las drogas en el Tercer Reich. Empezó a recopilar datos para escribir otra novela y en la revisión de archivos, en su país y en Estados Unidos, se encontró con el diario personal de Theodor Morell, el médico personal de Hitler. A través de su ayuda médica, el doctor Morell logró un acceso privilegiado al “paciente A” –como lo registraba en busca de la reserva de la delicada información, y tuvo el cuidado de registrar todos los medicamentos y drogas que le suministró. La gama fue extensa: desde calmantes convencionales, pasando por remedios experimentales, hasta drogas ilícitas que incluyeron metanfetaminas, opio y cocaína. Ante la necesidad de curar dolencias, inicialmente estomacales, y de mantener una imagen pública de superhombre, la drogadicción fue creciendo hasta convertirse en una fuente adicional de enfermedades y mal estado de salud. Hitler se suicidó a los 56 años, con temblores en las manos, problemas mentales y dolores propios de alguien mucho mayor.

El gran mérito del periodista-novelista Norman Ohler es que cuenta varias historias reales con lenguaje de ficción y con dosis de humor e ironía que hacen aún más gozosa la lectura. El trasfondo es una línea de tiempo desde 1939 a 1945 con las conocidas etapas de la Segunda Guerra Mundial: los avances iniciales, sorpresivos y rápidos, de los blitzkriegs en Francia, Italia y el Reino Unido, el desastre de la invasión a Rusia y la humillación ante la ofensiva final de los aliados. Sobre ese tapiz va aumentando la utilización de drogas –la pervitina, una forma de metanfetaminas– distribuida en forma masiva en el Ejército para lograr un mejor rendimiento sin cansancio de los soldados nazis en las campañas invasoras de los primeros meses de la guerra.

El otro cuento que agarra al lector es el de la relación entre Hitler, uno de los personajes más populares en el mundo, con su médico Morell, uno de los artífices menos populares de la historia. El relato va mucho más allá de la relación entre el doctor y su paciente, en la que manda el que no debe mandar. La utilidad del médico de cabecera para quien tenía ambiciones de dominar el mundo fue tal que le permitió desplazar a generales y otros protagonistas en términos de su influencia. Cuando el Führer tuvo que escoger entre su médico de cabecera y algún funcionario celoso, casi siempre prefirió al primero. Y solo al final la pareja se separó, apenas semanas antes del suicidio, un momento en el que para el crecido Morell cualquier distancia ya era preferible.

La lectura del texto, con frecuencia irreverente y hasta socarrón, de Norman Ohler, suscita muchas preguntas: ¿afectaron las drogas la capacidad mental de Hitler? ¿Tomó decisiones equivocadas, llevado por su mala salud o por su adicción? ¿Era realmente un adicto este hombre que quería una raza pura y en cuyo gobierno se prohibieron las drogas? La búsqueda de respuestas, sumada a la historia que relata, justifica con creces la lectura.

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