En Jericó, ubicado en el suroeste antioqueño, cerca de Andes y Jardín, se encuentra ubicado el Museo de Antropología y Artes (MAJA).

Jericó moderno

Jericó, un pequeño pueblo incrustado en las cerros de Antioquia, guarda un discreto museo de artes y antropología. David Manzur y Beatriz González han expuesto allí. También se han exhibido obras de Luis Caballero y de Andy Warhol. ¿Cuál es la posibilidad real de la cultura en la provincia?

2016/08/23

Por Esteban Duperly*

La expresión no es ni lírica ni metafórica: incrustado entre un nudo de montañas en Antioquia está Jericó. El pueblo queda en lo que los antioqueños llaman ‘suroeste’, una zona del departamento al límite con Risaralda, Caldas y Chocó, famosa hace décadas por haber sido el escenario de la ‘colonización antioqueña’, una empresa humana que Héctor Abad Faciolince narra como telón de fondo de la novela La Oculta y que, en últimas, fue una migración masiva de colonos hacia el sur, tumbando monte y echando abajo un inmenso mar de guadua y cañabrava que comenzaba en Envigado y terminaba en Salamina.

Hoy Jericó es célebre por otro asunto: allá nació la Madre Laura, la santa, y por eso a su santuario llegan cada fin de semana hasta 18 buses cargados de peregrinos. Mucha gente, para un pueblo de 13.000 habitantes. Jericó, sin embargo, también guarda entre sus fachadas pintadas de colores, y sus andenes que aún conservan –algunos– la laja de piedra con que fueron construidos siglo y medio atrás, la casona que le sirve de sede al MAJA, el Museo de Antropología y Artes, uno de esos lugares que bien pueden asociarse a la expresión ‘joya oculta’ o ‘secreto mejor guardado’.

¿La razón? En esa montaña que hoy queda a tres horas en carro desde Medellín, pero que hace solo década y media quedaba a seis, es decir, en la provincia de la provincia; en el MAJA, quiero decir, han expuesto varios de los grandes maestros del arte contemporáneo del país: David Manzur, Luis Fernando Peláez, Hugo Zapata, Beatriz González, también Gustavo Jaramillo, y además se han exhibido obras de Pedro Nel Gómez, Débora Arango, Luis Caballero, y de Victor Vazarely y Andy Warhol. Eso, para mencionar solo las luces más altas; la pirotecnia y lo vistoso, porque en su agenda anual –cuatro exposiciones cada dos meses– siempre hay un arsenal de artistas jóvenes. De sus muros pueden colgar óleos, acuarelas, grabados, fotografías; exhiben arte figurativo o abstracto. Héctor Abad, cercano al MAJA, apunta: “También rescatan artesanía local con un valor artístico indudable: piedras labradas, ladrillos cocidos con figuras, muebles bonitos de ebanistas y carpinteros locales. Destaco eso. E incluso las empanadas que dan después de los conciertos. Recién hechas, con ají pique”.

¿Cómo sucede todo eso en Jericó, en un país donde el acceso y consumo de artes y cultura es precario, aun en las ciudades grandes? Parte de la respuesta la tiene Roberto Ojalvo, el director del MAJA. Ojalvo es un abogado que trabajó 36 años en la Universidad de Antioquia, 16 de ellos en la Dirección del Museo de la Universidad. Luego de jubilarse decidió volver al lugar donde nació, y hoy alterna su vida entre el pueblo y Medellín: dos semanas aquí, otras dos allá, gestionando y moviéndose. Así ha conseguido el casi milagro de transformar una vetusta casona de bahareque, que operaba como otra más de las numerosas casas de cultura que a menudo vemos en los pueblos del país –ruinosas e inactivas–, en un museo a toda ley, que se comporta como un centro cultural en toda la extensión de la palabra, animado y dinámico, que ayuda a conservar la memoria del pueblo, y en torno al cual gravita buena parte de la vida. “El museo es un punto de encuentro. Todas las programaciones tienen una respuesta excelente. La comunidad se siente orgullosa y se siente partícipe”, apunta Ojalvo.

Todo eso ocurre sin que el director cobre, porque su trabajo es voluntario. Y así se responde la segunda parte de la pregunta planteada arriba: el MAJA opera gracias a la suma de muchas voluntades que hacen las veces de mecenas. Tiene el apoyo de fundaciones empresariales privadas, participa en las convocatorias del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, la Alcaldía del municipio aporta recursos, creó una Asociación de Amigos del Museo, hace alianzas con galerías de arte en Medellín, trabaja en colegaje con el museo Juan del Corral de Santa Fe de Antioquia, el museo del ITM y los otros cuatro museos que existen en Jericó, tiene un convenio con la Universidad Eafit para que su programación cultural los nutra, y recibe la ayuda de curadores que son cercanos. Ya se ve: es el raro caso de una entidad a la que, en un mundo mercantilista donde todos quieren algo a cambio, las personas se acercan por el solo placer de participar. “Hay muchas voluntades que aportan para que el museo funcione –explica Ojalvo– y esas voluntades también son de los artistas que confían en nosotros. El maestro Hugo Zapata vino a la apertura de una exposición de Luis Fernando Peláez, que también ha sido muy deferente con el MAJA. Ese día yo pensaba y pensaba cómo proponerle que trajera su obra… y al final no fui capaz. Pero cuando ya se iba a ir y se estaba despidiendo, se me acercó y me dijo: ‘Oíste, Roberto, ¿será que yo puedo exponer acá?’”.

La casa grande

El MAJA está en una casona de bahareque, construida en 1906, y que ha tenido varias vocaciones: desde colegio de señoritas hasta palacio de monseñor. Luego se convirtió en casa de la cultura, más tarde en museo, y hace unos años experimentó un proceso de intervención y recuperación que permitió que su valor patrimonial no fuera destrozado en uno de esos ejercicios que se hacen para ponerse al día con una modernidad mal digerida.

La casa había soportado un temblor –que tumbó la catedral del pueblo– y estaba bastante deteriorada. En otras manos y bajo otros ojos, se hubiera demolido. Pero un grupo de arquitectos e ingenieros pensó que podía recuperarse. Sin embargo, para poder operar como museo, debía tener el doble de área. ¿Qué hacer? “Lo que hacían los viejos: quitamos la tierrita de abajo”, explica con sencillez Dora Luz Echeverría, arquitecta que lideró la obra. En efecto, la vieja casa, que reposaba sobre una barranca de tierra, se levantó temporalmente sobre una suerte de zancos, y bajo ella se construyeron 500 metros cuadrados adicionales. “La arquitectura antioqueña tiene una serie de circulaciones que son supremamente claras: en torno al patio, a los zaguanes; es una lógica –explica Echeverría–. Eso mismo lo reprodujimos abajo, y miramos las líneas del diseño que ya existían para que no fuera a contrastar. Así generamos los nuevos espacios que se necesitaban, grandes y amplios”.

Ahora bien, el nivel superior quedó intacto. ¿Cómo convertirlo en salas de exhibición? “Esa misma estructura de habitaciones de las casas viejas ni siquiera la cambiamos: así son los museos. Uno va al Louvre y es una sala, pasa a otra sala, luego a otra sala, y luego sale”, concluye Echeverría. En suma, se trató de una optimización de recursos basado en las técnicas y los materiales de siempre. Se usaron baldosas, mesones de cemento –a la manera de antes, como se vaciaban las cocinas–, mucha cal para los muros, y la madera de un viejo liceo demolido para el bello piso del auditorio del MAJA. Como testimonio del pasado, hoy queda un nicho en un muro de la entrada, donde es posible ver el alma del bahareque original: un tejido en guadua y cañabrava. Además, una roca maciza aflora desde la tierra en el patio central empedrado, y en torno a ella se construyó una pileta. Así, desde el lugar en el que el visitante se encuentre, lo acompaña el sonido del agua. Como en las casas viejas.

Además de galería de arte, el MAJA también es museo de antropología y arqueología. Cuenta con una colección cercana a 3.000 objetos precolombinos evaluados, inventariados y clasificados. Cuando se planean exposiciones, ambos temas –bellas artes e historia– se relacionan conceptualmente para que todas las piezas estén ligadas. Sobre todo lo que se exhibe se dictan talleres y se conversa. Cada exposición abre con un concierto, y también tienen un cine foro. Como señala Héctor Abad: “De la mano del museo llegan otras iniciativas culturales importantes: rescatar la tradición culinaria, el buen café, las tertulias”. Y así se descubre un asunto medular en este tema: la opinión que, desde las ciudades, solemos tener sobre la provincia, donde no pensamos que hay lugar para eso tan petulante en que convertimos el arte y la cultura. “Olvidamos la gran riqueza cultural de los pueblos que tenían banda, teatro, museo de historia, estaciones de tren –explica Héctor Abad–. Desde las supuestas metrópolis los miramos con ojos de snobs. Allá todo huele a vaca, o peor, a boñiga. Allá son bobos. Y no es así”.

“Pensar que la gente en el campo no va a participar es un problema de la ciudad”, dice con experiencia Roberto Ojalvo. “Por tratarse de un pueblo conservador, al principio algunas exposiciones nos originaron ciertas dudas. Por ejemplo: la de Caballero. Pero la trajimos y fue exitosa. Tuvimos también a Ricardo Cárdenas, totalmente moderno y contemporáneo. Él trabaja con elementos industriales y la exposición era una obra única: un gran nido hecho de manguera. La gente la captó y se encariñó con ella. Y de la de Andy Warhol, la primera exposición internacional que hicimos, hay una fotografía, yo diría que clásica, de un señor sencillo, finquero, visitándola por su cuenta. No lo trajimos a posar, él estaba ahí cuando llegó un fotógrafo de El Tiempo”.

En efecto, tendemos a pensar que nada interesante sucede en esos lugares que agrupamos bajo el término ‘provincia’ y que, a la larga, terminan siendo casi todo el país. Aunque en la realidad cruda y dura puede haber mucho de cierto en ello, porque en Colombia la cultura es lo único que cojea más que la justicia, así que le cuesta llegar a los lugares que no son epicentro. Pero casos como el de Jericó demuestran que la suma de voluntades y el juego compartido entre privados y sector público pueden convertir a la cultura en una posibilidad real y meritoria. Que además es valorada por los ciudadanos. Porque apreciar cualquier manifestación artística tiene que ver únicamente con la sensibilidad. Y eso no depende de vivir cerca, lejos, abajo o encima de una montaña.

*Periodista.

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