Juan Carlos Díez Jayo. Crédito: Ikañi Eskubi

“Nada más traicionero que un canon”

Una entrevista con el escritor español, Juan Carlos Díez Jayo, invitado a la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

2017/08/25

Por José Londoño* Bogotá

Juan Carlos Díez Jayo escribió Libros malditos, malditos libros (editorial Piel de Zapa, 2013), un libro sobre libros, un juego borgiano sobre una biblioteca imaginaria y lectores incansables. En él conecta historias y procesos que han rodeado la producción y la lectura de libros. En el mismo año de esa publicación, la librería Sintagma reconoció a Díez Jayo como el autor del año y la Cegal (Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros), como el autor más recomendado. Este año es uno de los invitados a la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Arcadia habló con él sobre el libro como objeto, sobre él como lector.

Libros malditos, malditos libros es, valga la redundancia, sobre el libro; y no solo como ventana al conocimiento, también como un objeto que ocupa un espacio, que se multiplica. ¿Para usted, cuál es el poder de los libros como tecnologías?

De entre todas las invenciones que ha creado el hombre, la del libro es una de las más perfectas. Es un poco como la escalera: podrán surgir métodos más sofisticados para subir o bajar en un edificio, como el ascensor. Sin embargo, por más rápido o potente que este sea, nunca podrá desbancar a la humilde escalera. Está perfectamente adaptada a nuestras piernas, y su virtuosa simplicidad esconde un funcionamiento tan eficiente que asegurará su utilización mientras nuestros cuerpos sigan desplazándose sobre dos piernas. Con el libro pasa lo mismo. Como objeto en sí ya es perfecto. Admite la lectura secuencial o el acceso, permite separar las palmas de nuestras manos para hacer uso de él. Y si tenemos unas precauciones elementales, puede incluso sobrevivir a su dueño.

¿Cuál es su legado como lector?

Como lector me temo que no soy muy presentable. Siempre leo de todo, por impulso y sin ningún plan preconcebido. Me gustaría considerarme uno de esos lectores hedónicos con los que se identificaba Borges, aunque mi empeño –cierto sentido del deber mal entendido– en acabar los libros que no me gustan desdice esa visión. Mis influencias literarias no son muy sofisticadas, y creo que en el fondo sigo siendo el mismo adolescente deslumbrado por sus primeras experiencias literarias: primero Verne, Poe y Lovecraft. Luego, Sábato y Borges. Después, más viejo pero no más sabio, John Fowles, Joris-Karl Huysmans o William Vollmann. Creo sinceramente que no hay una progresión en mis gustos y que siempre he tenido cierta querencia por lo raro, lo decadente y lo extravagante, cosa que sugiere que me mantengo fiel a lo que siempre he sido. Básicamente, un inadaptado social que disimula con aceptable éxito en su día a día.

¿Qué piensa de lo que se lee, de lo que debería leerse, de lo que se está escribiendo hoy?

Hay que tener en cuenta que lo que nos llega del pasado es un decantado, un destilado que el paso de los años y los millares de lectores que nos han precedido han ido elaborando. Por ejemplo, si tomamos el siglo XIX como la época dorada de la novela –piensa que Dostoievski, Flaubert o Dickens vivieron en los mismos años– nos olvidamos de los millares de noveluchas mediocres y banales que se publicaron al mismo tiempo y que ya nadie recuerda. Todo pasado es, en cierta forma, una selección, y eso falsea el panorama. Cuando miramos el presente, el tiempo y el acuerdo de generaciones lectoras no ha permitido ese proceso de sedimentación, y nos perdemos en la abundancia. Ese proceso ya se ha dado en el siglo XX. Tenemos a Kafka, a Mann, a Proust, a Joyce… El siglo XXI ya da sus primeras pistas: pienso en Pynchon, en Roth y en los que vendrán. De todas formas, no hay nada más traicionero que un canon. Este es cambiante y movedizo a pesar de su aparente naturaleza de inmovilidad geológica. En cuanto a la especie de los lectores, surge por generación espontánea. Nunca desaparecerán.

*Literato

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