Juan Manuel Echavarría con su obra 'Réquiem N.N.' atrás, en la retrospectiva del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Foto: León Darío Peláez.

Juan Manuel Echavarría y esa guerra que no hemos visto

El artista antioqueño ha pasado las últimas dos décadas, casi desde la sombra, insistiendo con su obra en que aquí hubo una guerra que no hemos querido ver. Casi como si se tratara de la autobiografía de sus últimos 20 años, el Mambo presenta 'Ríos y silencios', el resumen visual de sus caminatas.

2017/11/22

Por Mauricio Builes* Bogotá

En la foto se ven dos trastos viejos de plástico tirados sobre una hojarasca verde y café. Están en el segundo piso del Museo de Arte Moderno de Bogotá y es posible que pasen desapercibidos, pero si se les mira con cuidado, en el borde de ambos se ven inscritos con la punta de una navaja dos nombres (o apodos): Camacho y Heiner. Camacho era un comandante medio de la guerrilla. Era odontólogo y panadero y tenía a Heiner, su compañero sentimental, de 18 años de edad. La pareja fue bombardeada el mismo día y solo quedaron sus trastos en la selva.

Esa historia me la contó Juan Manuel Echavarría, el artista antioqueño que ha pasado las últimas dos décadas insistiendo en algo que aún parece no conmover: aquí hubo una guerra que no queremos ver ni escuchar. Y a Echavarría se la contó un exguerrillero de las Farc que le ha servido como guía por 18 campamentos bombardeados. Se trata de ¿De qué sirve una taza?, una de las obras que por estos días –hasta el 7 de enero– expone en una retrospectiva dedicada a su arte en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo).

“Me interesa lo que hay detrás de esos nombres y de esos objetos –dice Echavarría–. Cuando fui al primer campamento, no sabía qué me iba a encontrar. Solo quería ir. Mi única condición era que fuera un campamento bombardeado porque solo en ellos quedan los rastros de quienes los habitaron”. En tres años ha visto y fotografiado platos, tenedores, brazaletes, tazas, encendedores y hasta el vestido de una niña. Es una obra incompleta porque, según dice, aún hay más campamentos por visitar; o mejor, más relatos de combatientes por contar.

Y ese es el mayor acierto de Echavarría cuando muestra la guerra: la simplicidad de las historias, la simplicidad del horror. El primer cuadro con el que se topa un visitante en la exposición es un tablero verde descascarándose, un tablero en ruinas que, por los efectos de la luz de la sala, permite que se lea lo que tal vez fue la última lección: “Lo bueno es estar vivo”. El tablero es de una escuela en el Mampuján viejo, en Montes de María. Allí no vive nadie desde comienzos de este siglo porque sus habitantes fueron desplazados a la fuerza. Echavarría fue en marzo de 2010, entró a los salones y les tomó fotos a los tableros. En ese momento no se dio cuenta de la frase escrita. La revelación “extraordinaria” llegó días después, en su estudio en el barrio La Candelaria de Bogotá.

El tablero fue el pretexto para comenzar el proyecto Silencios, que ocupa el pasillo más grande del museo. Más que una seguidilla de 18 tableros abandonados: una bofetada, una pedrada. Después de más de 100 escuelas visitadas en Montes de María, Putumayo y Caquetá, Echavarría hace una pausa en sus correrías para decir, casi solemne pero indignado: “Esta es la memoria de lo que ha sido la educación en Colombia”.

Silencios, a su vez, es la prueba de que Echavarría ha elegido lo más básico para invitarnos a dar una mirada a los lugares difíciles de la geografía, los que suelen salir en titulares el día de la matazón, pero que luego se pierden en el olvido de lo más efímero: las noticias de la guerra.

El primer relato

A pesar de la potencia y contundencia de su obra, Juan Manuel Echavarría no ha sido siempre el artista conmovido y sensible ante el dolor de los demás. Proveniente de una familia adinerada, optó por la fuga en la época más dura del narcotráfico en Medellín. Varias personas de su entorno cercano fueron secuestradas por hombres de Pablo Escobar: “Me fui a vivir a Florencia, Italia. Quería seguir en mi burbuja, lejos de mi realidad y no pensar en la guerra”.

Hasta casi sus 50 años de edad se dedicó a la escritura de ficción, de la que habla con cierto enojo y hasta vergüenza (“mi escritura fue un naufragio”, “no hay mucho para decir”, “pasemos de tema”). Fue en Bogotá, a finales de los noventa, en un recorrido con cámara en mano por el barrio 20 de Julio, donde vio los maniquíes que redefinirían su vida. Eran los modelos rotos y amputados de los almacenes a los que llegaban las personas a mirar los precios y la calidad de las telas. Luego, como hacemos casi todos los clientes, pasaban de largo. Entonces, Echavarría les tomó fotos a los maniquíes y se pensó como uno de esos clientes a los que no les interesa la realidad que tienen al frente. “Esos cuerpos parecían personas que venían de la guerra –dice–, pero nadie se fijaba en ellos. Es ahí donde comienzo a darme cuenta de que yo era uno de esos clientes”.

Esas fotografías se convirtieron en su primera obra (Retratos, 1996) sobre el tema de la violencia. Luego vino el relato que lo confrontó con el dolor. Fue en Barú, Bolívar, mientras tomaba cerveza con amigos. En el lugar apareció Dorismel, un hombre negro sobreviviente de una masacre en Trojas de Cataca, un pueblo de pescadores a un lado de la desembocadura del río Aracataca, en el Magdalena. Dorismel se sentó con ellos y les cantó una canción sobre el día en el que casi muere. Echavarría regresó a Bogotá con una nueva obsesión: salir de casa y buscar a campesinos que le hayan compuesto canciones a la guerra. Así nació Bocas de ceniza (2004 - 2005), un video de casi 20 minutos (incluido en la exposición) en el que hombres y mujeres, enfocados en primer plano, cantan casi sin espabilar. No hay instrumentos.

Bocas de ceniza.

Para ese momento, las cuatro paredes de su estudio en La Candelaria eran un accesorio. Ya sabía que su lugar de trabajo era el campo abierto, o “los lugares invisibles”, como los llama Fernando Grisalez, artista y amigo de Echavarría, y quien lo ha acompañado en sus recorridos por más de 12 años. “El común denominador en su obra –dice Grisalez– es su interés genuino por saber qué pasó en los lugares más aislados de Colombia”. Eso ha implicado conversaciones largas con campesinos que bien pudieron ser violados y otros que dispararon el gatillo, pero, sobre todo, correrías por montañas y ríos aptos solo para un reportero osado.

Aunque a Echavarría no le gusta que su obra sea comparada con la de reporteros gráficos de la guerra, al ver sus cuadros es inevitable pensar en las fotografías de Jesús Abad Colorado, Juan Arredondo o Federico Ríos. La diferencia, aclara el artista, es que él no tiene el afán editorial. “El arte tiene una forma diferente de hablar del tema de la guerra”, dice. Los fotógrafos de guerra informan, Echavarría revela las memorias de un país que no se atreve a escuchar.

Ni a ver. La obra más conocida de Juan Manuel, precisamente, tiene que ver con aquellos a los que nadie ha visto desde hace años; aquellos de los que nadie sabe su paradero y ni siquiera su nombre. Réquiem N.N. (2013) es un homenaje a los desaparecidos de Puerto Berrío, Antioquia. Durante seis años, el artista retrató lápidas en un cementerio repleto de anónimos. Cuerpos que llegaban a través del río Magdalena y eran adoptados por familias del pueblo. No sabían de quién se trataba, pero adornaban la tumba, les llevaban ofrendas y hasta los “rebautizaban”; todo con el fin de recibir favores de sus ánimas. Esta serie fotográfica (incluida en el Mambo) estuvo acompañada por un documental que insistió en lo mismo: “Quiero que vean esas lápidas y se conmuevan por el horror de lo que allí pasó”.

El escritor que vuelve

En otra de las salas del segundo piso del museo hay una vitrina iluminada con 18 libretas de anotaciones, 10 fotografías tamaño álbum familiar y tres recortes de periódicos. Son los diarios de sus caminatas por el Chocó, Magdalena Medio, Montes de María, Caquetá y Putumayo. Algunas de las libretas están abiertas: “Bella casa de barro y techo de paja, con pinturas en las paredes. La amabilidad. La hospitalidad. Continuamos a las Lajitas, lejos. Clima maravilloso”. Son anotaciones simples, casi de registro, revelan las huellas de ese escritor en ciernes de los ochenta.

“Las escribo porque no quiero olvidar lo que me cuentan los campesinos”, me dice. “¿Quieres publicarlas?”, le pregunto. “Sí, quiero, pero como recuerdo de mi naufragio quizá les pida a los lectores que, al abrir las páginas del libro, apaguen la luz”. A lo mejor eso explica por qué la mayoría están cerradas. Solo se alcanzan a leer los títulos: “Puerto Berrío. Diciembre 20 de 2012. Hamlet; Martín Caballero. Diciembre 21 de 2013 a junio 11 de 2014”, etcétera.

En las fotos que las acompañan aparece Echavarría por caminos de herradura o carreteras destapadas, en plena selva o en el pico de una montaña acompañado de, presumo, campesinos: hombres rudos y sudorosos con sombrero de ala ancha y botas de caucho. Salen abrazados, posando y sonriendo. Cuesta pensar que este hombre con apariencia de abuelo frágil y de suéter de lana –que a veces se pasa por el Mambo para ser el guía de su propia obra– sea el mismo de las fotos, capaz de abrir trocha y seguirles el paso a hombres de campo.

“Hay tanto para investigar que eso permite que no me canse”, dice. Y me cuenta la historia de su última caminata. Fue hace tres meses a la Bocana de Fragüita, en el Caquetá. Era su tercera visita. Llegó hasta allí por el testimonio de Silfredo, un exguerrillero de las Farc que le contó lo que le ocurrió a una profesora que no obedeció las reglas impuestas por la guerrilla en el pueblo y la acusaron de ser auxiliadora de los paramilitares. Como castigo, la amarraron a un palo durante tres días y luego se la llevaron. Jamás volvió.

Detalle de la obra Trauma para niños inocentes (2009), del proyecto La guerra que no hemos visto.

De esa historia hay un cuadro dibujado por Silfredo. Hace parte de la obra La guerra que no hemos visto, un video de cinco minutos titulado “La muerte de una profesora por sospecha” y una fotografía del tablero donde la profesora daba sus clases. Por las manchas húmedas de las paredes y la planta rectangular, por la arquitectura misma del salón de clases y lo ruinoso del paisaje, esa foto podría llamarse El partenón. Es la preferida del artista.

Silencios, dice Echavarría, es un proyecto como para el resto de sus días. No quiere parar de caminar y fotografiar escuelas abandonadas. Posiblemente, esos tableros sean la muestra que mejor condensa toda su obra, desde Retratos. Detrás de cada uno está el desplazamiento, las ejecuciones extrajudiciales, las masacres, las violaciones y la fractura de la educación. Condensa su obra y, también, la guerra que no hemos querido ver.

* Periodista. Ha trabajado, sobre todo, el conflicto armado colombiano desde medios e instituciones como Semana, ¡Pacifista! y el Centro Nacional de Memoria Histórica.

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