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¿Qué hacer con Venezuela? II

El ejercicio de debatir temas internacionales y de política exterior más ampliamente necesariamente debe ir acompañado de un proceso de educación y formación de la opinión.

2017/09/19

Por Sandra Borda

Parte I

En varias ocasiones he insistido en que en Colombia, el tema de política exterior debe aterrizarse más en el debate nacional y debe intentar discutirse con la misma amplitud con la que se discuten otras dimensiones de nuestra política pública. Sobre todo ahora, que el fin del conflicto nos amplía el espacio para discutir con más seriedad nuestra estrategia de inserción internacional, es importante democratizar la discusión y la definición de nuestra política exterior.

Sin embargo, hay que tener cautela cuando se hace este llamado. Esencialmente, porque como lo sugirieron hace ya mucho tiempo Almond y Lippmann, la opinión pública tiende a ser volátil y a crear cimientos inadecuados para la construcción de una política exterior estable y efectiva. La opinión tampoco es coherente y estructurada en temas internacionales y en la gran mayoría de los casos, particularmente en Colombia, en donde la labor de los medios de comunicación a la hora de cubrir temas internacionales es tan mediocre, está mal informada.

Entonces, el ejercicio de debatir temas internacionales y de política exterior más ampliamente necesariamente debe ir acompañado de un proceso de educación y formación de la opinión. De otra forma, los obstáculos mencionados por Almond y Lippmann se hacen insuperables y continuamos condenados a una política exterior tan superficial y poco seria como las élites políticas de turno que se encargan de diseñarla a puerta cerrada.

El debate electoral alrededor de las próximas elecciones presidenciales será posiblemente el primero en el que un tema de política exterior esté en el centro de la discusión. El tema, obviamente, es Venezuela y desde ya empiezo a ver con preocupación que muchos líderes políticos y otros tantos medios de comunicación están poco interesados en apostarle al trato responsable de la crisis en el vecino país. Los incentivos están ahí y son perversos: para los candidatos presidenciales, atizar el fuego en contra del régimen venezolano y usar un discurso nacionalista y a su vez intervencionista seguramente dará votos. Y ni hablemos del empujoncito en materia de rating que resulta del uso de cortinillas alarmistas y en general, del amarillismo mediático a la hora de cubrir la crisis venezolana.

Tristemente, también en temas internacionales la opinión tiende a movilizarse más fácilmente a través de las emociones que de los discursos responsables. El make America great again de Trump dio justamente en el clavo por esa razón: activó los agravios y complejos de inferioridad de los estadounidenses que se quedaron atrás económica y socialmente, prometiéndoles retornar a la dignidad y la grandeza de un tiempo pasado. Venezuela es un excelente candidato para activar el peor tipo de emociones: nuestro mal alimentado complejo de superioridad, nuestro tradicional e histórico desprecio por el Caribe y el racismo latente que hemos sacado a relucir de las peores formas en el pasado cerrándoles el camino a grupos de refugiados provenientes de otros lugares del mundo. Adicionalmente y como si lo anterior fuera poco, esta es una gran oportunidad para mantener viva la trasnochada pelea tipo Guerra Fría entre la izquierda y la derecha, el socialismo y el capitalismo. Venezuela, en síntesis, es una oportunidad inmejorable para activar la demagogia mediática y electorera en Colombia.

Hay que escuchar con cuidado y evitar caer en el juego. El voto finalmente nos pertenece a cada uno de nosotros y es nuestra decisión caer en la trampa de la manipulación, el dogmatismo y la mezquindad, o intentar salir de ella y exigirles a medios y candidatos presidenciales un discurso con altura, moderado y sobre todo responsable. Hay demasiado en juego para tolerarle a un candidato presidencial el muy xenofóbico y peligroso tratamiento de nuestros hermanos venezolanos como “venecos”; hay demasiado en juego como para tolerarles a algunos en la derecha que comulguen con las iniciativas intervencionistas de Estados Unidos cuando hasta la misma oposición venezolana entiende que ese es un juego muy peligroso; hay demasiado en juego para tolerarles a sectores de la izquierda la indiferencia frente a la represión estatal.

Si no queremos empezar con el pie izquierdo nuestra discusión nacional sobre temas internacionales, es absolutamente necesario que castiguemos con nuestro voto y nuestras decisiones en materia de consumo de medios a quienes no estén dispuestos a tener esta conversación con el tono que demanda la satisfacción de nuestros intereses nacionales. Así como hemos logrado que el debate nacional sobre política económica sea técnico, serio y resista posiciones populistas que nunca faltan, el debate sobre política exterior debe darse en términos semejantes para evitar que la muy nociva demagogia nacionalista termine por tomárselo y nos lleve a transitar un camino en el que nuestra relación con Venezuela se vea deteriorada irremediablemente.

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