La dramaturga, guionista y escritora chilena Nona Fernández. Crédito: Gonzalo Donoso.

Padres perdidos, hijos huérfanos

La escritora chilena dice que escribió su última novela pensando en su generación, aquella que llegó al mundo en plena dictadura de Pinochet. Este libro es, en sus palabras, un intento cariñoso de aplacar el desconcierto y la pena. Y también es un juego que entrecruza historias de vida, incluso la suya propia.

2017/12/12

Por Pablo Díaz Marenghi* Buenos Aires

"Me interesa indagar en el pasado porque creo que es una hoja de ruta para el futuro”, sostiene Nona Fernández, una de las escritoras chilenas contemporáneas más relevantes. En su última novela, La dimensión desconocida (Random House), explora el horror de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) y la compleja transición democrática de su país con un estilo muy particular. La autora intercala fragmentos de su vida personal con investigación periodística y “novelización” de casos reales.

El hilo conductor de esta historia es el testimonio de Andrés “Papudo” Valenzuela Morales, un exagente del Comando Conjunto que en una entrevista con la revista Cauce reveló, en primera persona, innumerables violaciones de derechos humanos. “El hombre que torturaba”, así lo llama la autora, es una especie de fantasma en el relato que rodea todo desde las sombras. Ella, mientras tanto, expone su trabajo como guionista y la relación con su hijo e intenta llenar los vacíos en el relato oficial de la memoria.

Este año, Fernández fue galardonada con el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, precisamente por La dimensión desconocida. Su formación incluye la Escuela de Teatro de la Universidad Católica y un trabajo destacado como guionista de televisión (El laberinto de Alicia o ¿Dónde está Elisa?) y dramaturga (con la premiada El taller, que también explora el régimen de facto chileno, y Liceo de niñas). Además es autora del volumen de cuentos El cielo (2000), las novelas Mapocho (2002), Av. 10 de Julio Huamachuco (2007), Fuenzalida (2012), Space Invaders (2013) y Chilean Electric (2015).

En su última novela, desde el título se cuelan referencias a la cultura pop (las series, la música, el cine o los videojuegos), que tamizan la relectura de las heridas del pasado reciente.

¿Por qué le interesó el tema de la dictadura, la tortura, los secuestros y las desapariciones?

Vengo de una generación que está medio condenada a ese ejercicio del recuerdo. No fuimos los protagonistas, pero crecimos ahí, lo observamos y hasta intentamos movilizarnos siendo muy niños. No lo elegimos, pero así fue. En un país donde aún no terminamos de recordar, de resolver, de enjuiciar a los culpables, de saber las verdades completas; en un país que aún se rige por una Constitución hecha por los militares, tenemos derecho a la escritura. A intentar entender desde ahí. A enfocar desde ahí. A iluminar desde ahí. Es difícil comprender el presente de Chile si no se observa con detalle el pasado. Sobre todo un pasado que por política estatal se intentó invisibilizar. La gran consigna de los noventa, cuando se pactó la democracia con los militares, fue “dar vuelta a la página”, mirar hacia adelante dejando atrás los crímenes de derechos humanos, resolviendo solo algunos emblemáticos. Ese pacto fue como un hoyo negro que se tragó demasiada información. Sobre eso se construyó el país en el que ahora vivimos. Me interesa indagar en el pasado porque creo que es una hoja de ruta para el futuro.

La estructura del libro es peculiar: no es un mero libro de no ficción, sino que usted entrelaza un relato más periodístico con una “novelización” de los casos, y escenas de la vida de Valenzuela. ¿Por qué esta estructura híbrida?

Tal como lo cuento en el libro, desde hace muchos años, cuando era niña y lo vi en la portada de una revista de oposición al gobierno de Pinochet, me vi hipnotizada por el personaje de Andrés Valenzuela Morales, el Papudo, o el hombre que torturaba, como lo llamo en el libro. Sabía que quería escribir algo con este bizarro personaje, agente de inteligencia, que decidió hablar y contar todo lo que sabía a sus enemigos en plena dictadura –cuando hablar y desertar implicaba morir–, pero no sabía qué. Lo primero que hice fue investigar el caso, buscar información, entrevistar a personas que lo habían conocido y habían estado con él, meterme en su cabeza, en su historia, en los rastros que han quedado de su vida en Chile. Como un detective fui entrando en él y en ese gran testimonio que dio cuando decidió hablar en 1984. Un testimonio brutal y feroz. Pero no tenía mucha claridad de lo que iba a hacer con todo esto. Nunca hay plan de escritura, me enfrento a los materiales y los dejo hablar para ver a dónde me llevan. En algún momento pensé que esta sería una novela de ficción a lo John le Carré, algo que siempre he querido hacer, con espías, traidores y perseguidores. Pero el material con el que me encontré era tan delicado y sensible que no podía ser transgredido por la ficción. Me pareció impertinente. Todos los personajes que circulan por este libro son personajes reales, con historias reales que no son conocidas y que merecían un enfoque, un lugar. Así el libro comenzó a tomar esta forma híbrida de crónica, ensayo, biografía, ficción y documento.

¿Y por qué entremezcla también cosas de su propia vida?

Mi propia participación en el libro es parte del ejercicio ensayístico. Develar mis reflexiones al respecto e instalar el ahora, que es lugar que tengo en el libro, el lugar del presente. Además está el intento de bajar esas historias, que cuento e imagino, a planos domésticos y personales. Cuando comprendes que todas esas personas que circulan en el libro son comunes y corrientes, lo mismo que uno, y cuando comparas tu pequeña vida con la pequeña vida de ellos, algo ominoso ocurre porque se sale del lugar de la historia o de la ficción y se vuelve peligrosamente real. Aterradoramente real. Creo que esa fue la apuesta, ponerme al servicio para acercar esas historias a un contexto real y actual.

Otro contrapunto interesante es el que componen el horror de la dictadura y las referencias a la cultura pop (la serie La dimensión desconocida, el videojuego Space Invaders, Billy Joel y Los cazafantasmas), que complejizan el relato y le aportan matices originales. ¿Por qué decidió hacer eso?

Todos esos referentes son parte de la imaginería de la época. Aparecen azarosamente en mi memoria cuando intento ir reconstituyendo esas escenas pasadas. Y también porque hay cierta voluntad de mi parte por replantear estas temáticas y volverlas actuales. Sacarlas de la solemnidad, de la victimización, de la oficialidad. Ofrecer una mirada nueva, fresca, por eso el juego con lo pop, con la cultura basura, a veces hasta con el humor. Creo de verdad que tenemos que ser capaces de contar nuestra historia y para eso hay que apropiarse de ella y sacarla de la invisibilización o de la oficialidad. Creo que la historia, la no oficial, es nuestra, no de los museos ni de los manuales, y debemos apropiárnosla para poder contarla. Jugar con esos referentes pop y darles una lectura de sentido es parte de ese ejercicio de apropiación. En el caso de La dimensión desconocida, lo que la serie planteaba y lo que yo misma percibía en los años setenta, cuando era niña y la veía en mi vieja tele en blanco y negro, era que vivíamos dos realidades. Una clara y concreta que salía en la televisión y en los medios, donde la gente llevaba su vida con normalidad. Y la otra, desconocida y oculta, pero no por eso menos real. Una realidad que intuíamos, pero que era negada en esos oscuros años. Ese juego esquizofrénico de realidades que muestro en la novela no busca quitarle espesor histórico a lo que pasó, sino evidenciar la ceguera de una población que prefirió negar, que prefirió pensar que el otro plano de realidad, ese lugar donde habitaban la monstruosidad y el horror, estaba lejos, en una dimensión desconocida. Se corrió un tupido velo. Hasta el día de hoy hay gente que tiene la soltura de decir que no sabía nada, que nunca se dio cuenta. El país que tenemos ahora fue construido sobre las bases de esa dimensión oculta, una realidad vergonzosa de la que queremos creer que hemos escapado, pero que se evidencia en la segregación, en la violencia y en la desigualdad de cada día.

Usted critica la compleja transición chilena, especialmente ciertas políticas de derechos humanos. ¿Cuál es su visión sobre el tema?

En efecto soy muy crítica del proceso transicional chileno. En el libro hablo bastante de eso con más detenimiento y profundidad. Nuestra democracia fue pactada punto por punto con los militares. Vivimos en un modelo económico de neoliberalismo salvaje que fue instaurado en dictadura, continuado y consolidado en democracia, con diferencias sociales abismales, con el dictador en el Senado ejerciendo de legislador, con una Constitución redactada por los militares que hasta el día de hoy nos rige y con una política de justicia en relación con los derechos humanos que fue enunciada como “Justicia en la medida de lo posible”. Esa fue la transición chilena.

También hay un intento evidente por comprender al monstruo, casi como Hannah Arendt con “la banalidad del mal”. En varios momentos se pone en el lugar de los torturados o intenta pensar qué habrán sentido las familias que buscaban a los desaparecidos y le resulta ominoso. ¿Cómo ha impactado eso en usted, a lo largo de su vida?

No tengo experiencias de violencia política en mi familia, pero siempre fui una niña atenta a lo que pasaba y con cierta sensibilidad a mi entorno. Crecí en ese periodo oscuro y extraño que fue mi apertura al mundo y caló hondo en términos experienciales. No terminaba de entender toda esa procesión de atentados, muertos, funerales, explosiones, velatones, marchas, que se daban en el día a día. Pensé que más adelante entendería. Todavía escribo y escribo intentando entender.

Usted hace referencia al concepto “distancia de rescate”, algo que trabajó la escritora argentina Samanta Schweblin en su novela homónima. ¿Leyó esa novela? ¿Le sirvió de inspiración?

Soy fanática de Samy, Distancia de rescate es un gran libro, que por supuesto leí y disfruté. Creo que La dimensión desconocida no tiene muchos vasos comunicantes con la novela de Samanta, pero el término “distancia de rescate” me pareció fantástico y preciso. Si no es parte de alguna terminología psicológica que retrate ese delicado fenómeno que se traza entre padres e hijos, debiera serlo.

También hace mucho énfasis en la cuestión familiar, en la maternidad/paternidad. ¿Le interesa ese tema?

Este libro terminó siendo, en gran parte, un libro de padres perdidos y de hijos huérfanos. Sin que lo planeara, me di cuenta de que el punto de vista de los hijos de las víctimas, que son parte de mi generación, era importantísimo, vital, un motor emotivo de la escritura. Hijos guachos (huérfanos) que quedaron sin protección. Medio perdidos, desorientados. A veces creo que escribí un libro para mi generación. Un intento cariñoso por tratar de aplacar el desconcierto y la pena.

*Periodista y docente. Integra la revista digital ArteZeta. Es autor de Codex, música contemporánea (Maten al Mensajero Ediciones, 2016).

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