Expulsión de los judíos, por un autor desconocido. De Agostini / Getty Images.

Soldados de Cristo: 'Jesuitas' de Jean Lacouture

Esta historia del surgimiento y expansión de la Compañía de Jesús mezcla la crónica, el ensayo y los perfiles de sus principales actores, siempre presentes en lugares y momentos cruciales a lo largo de cinco siglos, incluso el proceso de paz colombiano.

2017/12/12

Por Hernán Darío Correa* Bogotá

En ocasiones el sentido de una historia se revela en acontecimientos que, de un solo golpe, anudan los hilos silenciosos con los que se había venido tejiendo. Es el caso del encuentro, en el escenario nacional de los últimos meses, de dos figuras de la Compañía de Jesús: Jorge Bergoglio y Francisco de Roux, ambos proyectados en un primerísimo plano sobre el telón de fondo del titubeante proceso de paz. El primero, con su aclamada visita y sus contundentes mensajes papales dirigidos a los jóvenes y al episcopado colombiano, que en su mayoría guardó silencio durante la campaña del plebiscito. Y el segundo, luego nombrado presidente de la Comisión de la Verdad prevista en el Acuerdo del Teatro Colón, sobre el trasfondo de un plebiscito de apoyo a la paz que se perdió por la activa participación de las iglesias protestantes convocadas de forma falaz por una derecha militante, explícitamente ultramontana y corrupta como la que campea en el Congreso, los tribunales y algunos gremios dominantes.

En Colombia, en efecto, el Vaticano, el episcopado, el gobierno, los partidos y diversos actores políticos –incluido el partido de las Farc–, los descendientes criollos de los reformistas cristianos del siglo XVI y los jesuitas no acaban de pasar unas páginas decisivas para el logro de la paz y la instauración de un Estado laico, cuyo sentido solo puede esclarecerse dentro de una larga historia en la cual estos últimos se han alternado como sombras o como luces a partir de su fundación a comienzos del siglo XVI, en los albores del capitalismo y del debate europeo ante la reforma protestante.

En esa historia, las figuras personales e institucionales de los jesuitas se alargan o se contraen en el periodo que va desde la Edad Media hasta la Modernidad, y desde el Vaticano, donde se asienta la sede de su Prepósito o Superior General, hasta las provincias más apartadas de los “infieles”, a donde llegaron sus legendarios misioneros o sus exiliados (China, Vietnam, Japón, India o Paraguay, de los siglos XVI y XVII; Rusia y Polonia en el cruce de los siglos XVIII y XIX; el Oeste de la Conquista de los territorios indígenas del suelo norteamericano del siglo XIX, o Latinoamérica de todo el tiempo, entre muchos otros), pasando por los pasillos de las Cortes, los parlamentos o los barrios y fábricas obreras, las universidades y colegios, las iglesias nacionales y las comunidades campesinas europeas o latinoamericanas.

En su libro Jesuitas, Jean Lacouture nos ofrece unas ventanas magistrales para asomarnos a este panorama a través de unas historias hilvanadas sobre las etapas de surgimiento y expansión de la Compañía de Jesús. El autor se basa en relatos que combinan de forma brillante la crónica, el ensayo y los perfiles biográficos de sus principales actores, siempre presentes en lugares cruciales de la historia a lo largo de cinco siglos en unos escenarios de tensión entre su misión evangelizadora, la búsqueda espiritual de sus miembros alrededor de la razón, la ciencia y la fe, así como la investigación y el reconocimiento del mundo y su diversidad. Todo eso, además, atravesado por juegos de poder entre el Vaticano, los episcopados nacionales, las monarquías y las repúblicas de los nacientes Estados nacionales.

Ante todo, la presencia de los jesuitas deriva su potencia de una asombrosa condición institucional centrada en su capacidad de rehacerse y reinventarse desde las cenizas a que los redujeron varios papas cuando decidieron disolverlos, diversas expulsiones continentales o nacionales, o sus propias contradicciones, a partir de tres aspectos centrales: en primer lugar, “una estructura rígida, y experiencias múltiples” que incluyen dinámicas asamblearias y excepciones al principio de obediencia bajo el criterio del descernimiento, dentro del cual “se asocian la autoridad del derecho y la responsabilidad de la persona”, salvo de la que deben al papa como institución misma. En segundo término, una exigente ruta de iniciación de sus propios miembros, que deben recorrer en su devenir iniciático los caminos de los fundadores de ir descalzos por el mundo evangelizando mientras afrontan y asumen la búsqueda espiritual y de Dios, forman y educan a la juventud, investigan y aportan al desarrollo de las ciencias, y al mismo tiempo acompañan, jalonan, combaten o eluden la modernización de los países según las configuraciones de poder donde se han trenzado. Y en tercer lugar, una casuística de realismo político de apego al poder como forma de relanzar sus propósitos evangelizadores hasta el extremo de cerrar filas con ese referente oscuro que fue el Syllabus, expedido por el papa en 1864 como un “catálogo de los males del siglo”, entre los que se condenaba “el racionalismo, el galicanismo, el socialismo, el ‘economicismo’ y el ‘naturalismo’”.

Aspectos centrales de esos “males” han sido esgrimidos repetidamente por las derechas colombianas en coyunturas como la actual, repitiendo los signos de la Regeneración de Núñez que obligaron a Rafael Uribe Uribe a publicar “De cómo el liberalismo no es pecado”; o lo que agitó Laureano Gómez en el ambiente de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando recuperó la metáfora decimonónica de “la hidra liberal de pequeña cabeza y muchos tentáculos”, para “hacer invivible la república”.

Por otra parte, aunque ligados a la construcción de la modernidad con todas las complejidades de la razón instrumental, los jesuitas –desde Loyola– la pusieron al servicio de sus búsquedas espirituales, “en función de elaborar técnicamente una interlocución, es decir, una lengua nueva que pueda circular entre la divinidad y el ejercitante. El modelo del trabajo de oración es aquí mucho menos místico que retórico (…), se trata de producir reglas generales que permitan al sujeto encontrar qué decir (invenire quid dicas), es decir, con toda simplicidad, hablar: en el punto de partida de la retórica y de la meditación ignacianas, hay en verdad el sentimiento de una afasia humana, [desde la cual] se intenta asir el signo de la divinidad dentro de una alternativa personal de perfecta igualdad en la cual el ejercitante debe trabajar en no escoger; [se trata de] la famosa indiferencia ignaciana que tanto ha indignado a los enemigos de los jesuitas: no querer nada por sí mismo, estar tan disponible como un cadáver, perinde ac cadaver (…). Esta indiferencia es una virtualidad de posibilidades…”, dice Roland Barthes, en Sade, Loyola, Fourier.

Dentro de dicha lógica, esa razón fue aplicada con furor paradójico en el siglo XVI contra los herejes con base en algunos “medios para extirpar la herejía”, resumidos así por los comentaristas de las obras completas de Ignacio de Loyola, el fundador: “El principal medio para extirpar, que el rey se declare enemigo efectivo de toda herejía; no sufrir en el Consejo ningún hereje; ningún inficionado de herejía debe permanecer en ninguna dignidad; que en vez de premiarse la herejía con honores, se la castigue con las penas más graves; los rectores y profesores de universidades y demás centros docentes sospechosos de herejía deben ser desposeídos de sus cargos; todos los libros heréticos deben ser quemados o sacados fuera; lo mismo debe hacerse con los libros de los herejes, aunque no sean heréticos; prohibir la impresión de nuevos libros heréticos; no debe tolerarse ningún sacerdote tildado de herejía; ayudaría mucho la convocación de sínodos y la energía de los sacerdotes en desenmascarar a los herejes”.

La paradoja reside en que al mismo tiempo esa razón instrumental fue aplicada por algunos de los misioneros para construir miradas interculturales sobre los pueblos asiáticos y amerindios; e inspiró y desarrolló las reformas del Concilio Vaticano II, en los años sesenta del siglo pasado, a partir del generalato de Pedro Arrupe, por lo demás víctima notoria de la aplicación de aquellos “medios” por Juan Pablo II, cuando aquel quiso apoyar el descentramiento de la ciencia y de la fe en torno a la justicia social.

Así, esa lógica contradictoria los llevó a estar de un lado u otro dentro de las reformas y contrarreformas religiosas, o en los avances, retrocesos y estancamientos políticos propios de las revoluciones y restauraciones de Occidente. Quizá por ello han estado en el centro de las más agudas polémicas y han sido objeto de estigmatizaciones o exaltaciones propias del mundo de la política: “Si se hubiesen contentado con atribuir un papel más importante a la voluntad humana dentro de los límites de la teología católica, a las ‘obras’ un mayor valor y a la gracia una significación diferente… nadie, fuera de la Iglesia, habría tenido motivo o derecho a levantar la voz para juzgar estas diferencias de criterio. Pero los jesuitas no se han contentado con servir como ‘soldados de Cristo’ en el silencio de los conventos y los debates de los concilios. Se han derramado por todo el mundo, en los gabinetes de los soberanos y de los ministros, en los parlamentos y las universidades, en las salas de audiencia de los déspotas asiáticos, junto a las hogueras de los pieles rojas, en los observatorios, en los institutos de física y de psicología, en los escenarios, en los congresos de sabios y en las tribunas políticas… Han querido ser considerados entre gente mundana como gente mundana, entre los sabios como sabios, entre los artistas como artistas, entre los políticos como políticos, y ser tratados en pie de igualdad en todos estos ámbitos. Por consiguiente, no pueden escapar a esta esfera mundana, a la crítica mundana”, dice René Fulop-Miller en Les Jésuites y le Secret de leur puissance.

En nuestro caso, aquel acontecimiento se constituye como un “feliz encuentro” entre los procesos personales e institucionales de Bergoglio y De Roux, en tanto encarnan y manifiestan su mutuo compromiso de contribuir a la paz en un país en el cual las reformas religiosas y políticas ha sido ferozmente aplazadas o deformadas. Y “feliz” porque la Compañía de Jesús está ahora ligada a un papa “pragmático, no doctrinario, cuya apuesta por los pobres se centra en ese concepto jesuita por excelencia, el acto en el mundo, y no por una u otra doctrina, incluyendo a la teología de la liberación”, según lo retrató Leonardo Boff en un artículo publicado en la revista Semana; y por supuesto, por alguien como Francisco de Roux, cuyo compromiso con la paz, la educación popular y las víctimas es reconocido y respetado.

La pregunta por los otros actores, el episcopado, los partidos y los electores, se renueva entonces en relación con si van a estar a la altura de una modernidad que no resiste más aplazamientos, mucho menos en medio de un envilecimiento de la política como el que agobia a un país mayoritariamente joven y relativamente informado. En el país del Sagrado Corazón asistimos, además, a la configuración de un extraño ecumenismo invertido: de forma tan ostensible como ordinaria, a las desfachateces de la violencia atroz y de la corrupción de actores de la parapolítica, las finanzas, el país rural y el extractivismo, se ha sumado ese extraño fenómeno de unidad política para que nada cambie, entre sectores de las iglesias de la reforma y de la contrareforma, antes enfrentados en Europa.

Ese extraño “ecumenismo” está teniendo lugar en el contexto de una búsqueda de la paz cuya principal característica es la sumatoria de debilidades de todos sus gestores. Todo ello como parte de una profunda crisis de representación política mundial de extremas expresiones en Colombia, mediada por el juego de las posverdades en todo el orbe. Se configura así un círculo vicioso en el cual aquel feliz encuentro podrá sin duda contribuir a una ruptura que solo se consumará por una decidida acción ciudadana que haga eco de aquel jesuita estadounidense y activista de los años setenta, Daniel Berrigan, cuando frente a los militaristas del momento, afirmó: “La paz no triunfará sin una acción emprendida por un gran número de hombres y mujeres honestos”.

*Sociólogo.

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