El actor Vincent Lindon en una escena la película

La vejez en términos laborales

Una conmovedora película pone el dedo en la llaga de nuestro tiempo: ¿estamos condenados a vivir en un mundo laboral cada día más deshumanizado? Estreno este 26 de mayo.

2016/05/24

Por Hugo Chaparro Valderrama*

La decisión formal es una decisión moral en La Loi du marché (La ley del mercado, Stéphane Brizé, 2015). Filmada con cámara al hombro y una apariencia de ligereza inestable para describir el mundo no menos inquietante de Thierry Taugourdeau (Vincent Lindon) –50 años de edad, casado, padre de un hijo que requiere de atención especial, desempleado y sereno hasta donde lo permiten las circunstancias–, la realidad en sus aspectos más cotidianos inunda la pantalla y nos revela su encrucijada laboral.

El artificio de la ficción y de su puesta en escena se transforman con la apariencia de la inmediatez cuando los hechos parecen filmados mientras suceden y la narración tiene el tono de un documental sobre las variables de una dinámica veleidosa como es “la ley del mercado”.

Un dilema frecuente en películas recientes como Bureau de chômage (Charlotte Grégoire & Anne Schiltz, 2015), acerca de los encuentros y desencuentros entre consejeros y desempleados tratando de resolver sus crisis, o Dos días, una noche (Jean-Pierre & Luc Dardenne, 2014), donde Marion Cotillard intenta salvar su trabajo con la desesperación que registra una cámara tan nerviosa como su angustia.

Brizé no maquilla los hechos: la vida familiar, la edad que amenaza a Taugourdeau para conseguir un empleo, el aprendizaje de tecnologías como Skype utilizadas como herramientas desconocidas que debe encajar en su vida para entrevistarse con las empresas que lo podrían contratar, el equilibrio supuesto de un trabajo en el que se harta cuando presencia la humillación a la que son sometidos los ladrones de un supermercado en el que tanto los clientes como los empleados están siempre observados con desconfianza a través de las cámaras que vigilan el almacén, suceden y ordenan de forma episódica el drama de un personaje que parece un delegado cinematográfico de los desempleados que se multiplican en Europa.

Sin despliegues trágicos que sobresalten al espectador, La ley del mercado prolonga una tradición: el kilometraje verbal del cine francés, que hace del diálogo un arte de la escritura cinematográfica y de su traducción en imágenes. En contraste con el silencio, que hace del rostro y la expresión corporal de Lindon un paisaje de paciencia extrema, salvado por el cariño de su mujer y su hijo, los argumentos que explican su situación se escuchan como una aventura radial ilustrada por la cámara, concentrando la atención en la gestualidad del actor.

El guion y su puesta en escena, el estilo seco de la fotografía que no pretende embellecer los colores primarios de una realidad prosaica, están al servicio de una idea: ¿hasta dónde podemos llegar, impulsados por la ansiedad de tener un trabajo a cualquier costo, y en qué momento la dignidad ante las miserias humanas se impone para rechazar las mezquindades de ese mismo trabajo? ¿Cuándo tendríamos que renunciar a la tabla de salvación alrededor de la que se agolpan comportamientos humanos que nos contradicen?

Las expresiones de matices neutros en el rostro de Lindon, su frustración represada y el equilibrio en medio de la incertidumbre, la mirada apacible ante los giros que le impone el destino, la atmósfera doméstica y cotidiana de su realidad, revelan su vida íntima a la manera de un diario sobre la adversidad.

La primera escena nos sitúa, como señalaba Horacio en su Arte poética, “in media res” (en medio de las cosas), sin dilaciones, introducciones que retarden el relato o demoren la construcción emocional de sus personajes. Sentimos que la historia empezó sin esperarnos y hemos llegado tarde, pero no del todo, para enterarnos de manera contundente sobre lo que sucede en el mundo de Taugourdeau. A partir de entonces la espiral del infortunio crece y nos enseña el material del que está hecha la humanidad que retrata la película. El combate entre el poder que exhiben los empleadores y el azar al que están sometidos sus empleados. Explotando sus contradicciones ante noticias que podrían desquiciar la neurosis controlada del relato cuando sabemos que una mujer se suicida, asistimos a la reunión donde el jefe de personal informa a los empleados qué sucedió y nos encontramos después en su funeral. Todo sucede como podría transcurrir a este lado de la pantalla, en la realidad recreada por el cine, donde la vida continúa –con el sabor amargo del absurdo y la injusticia–.

El umbral entre la ficción y su recreación se desdibuja en La ley del mercado. Se trata de una película que nos recuerda el equilibrio constante para sobrevivir entre el vaivén y las tensiones de la oferta y la demanda. Evitando el deterioro de la rutina y el odio por la jornada cotidiana a la que sucumben los funcionarios cansados, los burócratas malgeniados o la multitud condenada a defenderse con lo que puede y no con lo que quiere.

Si la apariencia desangelada de la vida que retrata La ley del mercado nos sugiere una historia que puede suceder sin necesidad de que la recree el cine, como una señal de la crisis galopante que cifra el desempleo, la solución a esa crisis según Taugourdeau, aunque parezca un acto de heroísmo individual que enaltece al cine y sus ficciones, no es del todo imposible en la realidad que descubre la película. El espectador verá entonces un acto de romanticismo honesto y saludable para enfrentar las manipulaciones de la desesperación.

*Escritor

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