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La soledad de los hombres y la Mujer Maravilla

"Entiendo que la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres es una consecuencia esperable en una cultura que los enloquece, pues les obliga a querer lo que les enseña a despreciar": Carolina Sanín reflexiona sobre las lecciones de 'La Mujer Maravilla'.

2017/06/21

Por Carolina Sanín

Es cierto que la cultura patriarcal otorga al hombre el poder sobre el mundo, la supremacía en el mundo y la superioridad con respecto a la mujer. El poder, la superioridad y la supremacía son, supongo, valores indiscutibles y deseables. Sin embargo, a mí me intriga que no haya más hombres que se rebelen contra el patriarcado, que los hace vencedores aparentes. Me intriga porque los veo tan desdichados en el patriarcado como desdichadas veo a las mujeres, y veo que su soledad es tan extensa y honda como la de ellas. Tanta tristeza me produce la condición de los hombres, que ya ni ternura me suscita. Tienen que hacer la guerra y hacer luego el pan con las manos con las que hacen la guerra. Creen que tienen que ser más productivos que las mujeres y creen que, de un modo u otro, tienen que pagar por ellas, y que al tiempo tienen que creer —o fingir que creen— que no todas ellas son prostitutas. Tienen que competir unos contra otros por las mujeres, y vivir entonces una falsificación de la amistad. Es esperable que constantemente se sientan insuficientes, y que ese sentimiento les cause un miedo y una rabia permanentes. Para mostrar su poder, tienen que llevar esos trajes con la corbata colgada del cuello, que representa la ambivalencia de su condición: es el pene largo, pero es también el pene flácido. Es la representación de la parte del cuerpo que engendra y da placer, pero en la representación es una parte inerte, muerta. También es una espada, a juzgar por la forma usual de la punta. O tal vez la corbata es el pene erecto: en ese caso, el glande es el nudo y apunta al cuello como amenazando con cortar la voz de su dueño, con asfixiarlo y ahorcarlo.

Más que el traje, que la guerra, que la sensación de insuficiencia, el afán laboral y la ansiedad de la competencia, me produce lástima la obligación contradictoria que el patriarcado les impone a los hombres de amar a las mujeres. Tiene que ser un gran infortunio pretender que se aprecia a un temido sirviente, a alguien a quien la cultura enseña a ver como un ser inferior y discordante, incompleto, tan estorboso como peligroso. Lo que más me lastima de la condición de los hombres en el patriarcado es que tengan que compartir su vida con alguien con quien sienten que no pueden compartir su pensamiento y a quien no deben intentar conocer. Los oigo hablarles a las mujeres en tono condescendiente y hablar de ellas con resentimiento, como prisioneros que se refirieran a su carcelero, y me sobrecoge su desamparo. Entiendo que la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres es una consecuencia esperable en una cultura que los enloquece, pues les obliga a querer lo que les enseña a despreciar.

Para paliar la amarga incomunicación de los hombres, en la historia del patriarcado aparece cada tanto la fantasía de la Mujer Maravilla: la fantasía de la verdadera compañía, la verdadera escucha. Es Atenea entre los griegos, es la Virgen María entre los cristianos y los musulmanes, es la dama idealizada en la lírica medieval, son las amadas platónicas de cada día y es Diana Prince en La Mujer Maravilla, dirigida por Patty Jenkins.

Al salir del teatro, la película me pareció una indiscutible alegoría feminista. Diana nunca ha estado sometida a ningún hombre. Viene de una isla desconocida y paradisiaca, que sugiere la posibilidad de un orden matriarcal paralelo, más feliz que el patriarcal. Puede vencerlos a todos en combate, pero además puede vencer al espíritu mismo de la guerra y el desastre. Ama la batalla y no le teme a nadie. Desde niña trasluce una rabia radical, incontenible, sin objeto. Es una descontenta. Es una godkiller, una matadora de dioses, con lo que quizá se representa a la mujer como capaz de derribar el orden religioso en el que se cimienta nuestra cultura. Rechaza los incómodos vestidos femeninos convencionales y lucha semidesnuda, como los guerreros que vemos en las ánforas (aunque lleve tacones altos, pero bueno) y es deslumbrantemente bella porque la belleza femenina es también un valor —como la masculina— y porque la belleza puede reflejar otros valores y porque la más bella puede ser también la más sabia, lo que se opone al persistente prejuicio sexista que aún supone lo contrario.

Al segundo día de pensar en la película, sin embargo, caí en la cuenta de que La Mujer Maravilla, al tiempo que es una aparente y emocionante alegoría feminista, es la repetición de la gran fábula misógina: es la fantasía de una virgen que es más “macha” que cualquier hombre. Viene de un mundo diferente pero decide permanecer en el patriarcado establecido, trabajando en una oficina. Es una mujer “pura” y fuerte, autosuficiente pero no autónoma: en la película se explica que es el instrumento de Zeus, que la engendró para derrotar a Ares. Es el arma de un sujeto masculino contra otro. Es la mujer vencedora e indestructible que blande la espada, pero no es una reina, sino una princesa; no una princesa, sino un príncipe (Miss Prince): el “príncipe azul” de los hombres.

¿Cómo sería heroica, en una historia de salvadores y villanos, la mujer que la cultura patriarcal ha construido, la que no se ha criado en una isla al margen del mundo, sino la ya arruinada, ya encogida y ya condicionada por este mundo? ¿Y cómo se redimiría si no tiene la fuerza física suficiente —ni los escudos rebotabalas necesarios— para vencer a todos los malos del mundo y todo el odio de la guerra? ¿Y qué historia de amor podría tener, que no fuera con un náufrago a quien le salva la vida? ¿Será que en las historias de superhéroes la mujer real es necesariamente la villana, la doctora Isabel Maru —la desfigurada Doctora Veneno— de La Mujer Maravilla? ¿O será que las historias de heroísmo son precisamente contrarias a la apreciación verídica de la feminidad?

Hay que recordar que las diosas también fueron inventadas por la cultura patriarcal. Y las diosas, que acompañan a los hombres, nos dejan a las mujeres solas.

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