Bañistas en la playa de Leblón, Río de Janeiro, en 1957.

La Río de Janeiro de la bossa nova

En los años cincuenta nació un género que cambió la historia de la música popular. El fantasma de Vinícius de Moraes, el espíritu de Tom Jobim, el espectro de Joao Gilberto y la aparición del acordeonista João Donato en este recorrido fantasmal por Río de Janeiro.

2016/12/09

Por Hugo Chaparro Valderrama* Río de Janeiro

Con mi enamorada de los últimos 35 años, Genoveva-La-Mar, descubrimos que el Hotel O.K., en el centro de Río de Janeiro, está lleno de karatecas. Participan en un campeonato panamericano y su energía desborda el hotel. El despliegue de utilería deportiva se inicia en la recepción con la puesta en escena del espíritu atlético representado por las delegaciones, los uniformes y, en el transcurso de los tres días que dura el evento, las medallas que exhibirán orgullosos los campeones. Un tótem con músculos de madera, que revelan su entrenamiento sin pausa, estará todas las noches sentado al frente de nuestra habitación. Cuando lo saludamos se distrae un instante del mundo virtual que le enseña la pantalla de su teléfono y luego, en un parpadeo, regresa al hipnotismo de la tecnología.

Nos sentimos seguros en una ciudad donde se reciclan las advertencias superlativas del miedo continental. La costumbre que repite, en distintos países y con distintos acentos, las frases que alertan en vano ante el azar de las calles. La ansiedad por evitarles el naufragio a los visitantes en el caos generalizado, que ya no es exclusivo de ninguna geografía.

Una cantante carioca, Joyce Silveira Moreno o, sencillamente, Joyce, decía con tristeza en un documental sobre los tiempos dorados de la bossa nova: “¡Río de Janeiro era un paraíso! ¡Era una ciudad segura, linda, limpia, de aguas limpias! ¡Con esa música! ¡Con ese arte! ¡Con el Brasil que podría ser, que debería haber sido y que ya no es más y que algún día será! ¡Creo que la bossa nova es el Brasil que algún día será y el Brasil que nos merecemos!”.

La bossa nova que estremeció al mundo de forma sensual hacia finales de los años cincuenta. Sus nombres míticos: João Donato, Johnny Alf, João Gilberto, Vinicius de Moraes, Antônio Carlos Jobim, Elizeth Cardoso, Nara Leão, Carlos Lyra, Marisa Gata Mansa, Roberto Menescal y un etcétera prodigioso de belleza humana en términos musicales. La suavidad que hizo del susurro un estilo y de la guitarra una orquesta de seis cuerdas. Otra forma de tocar y de cantar en contraste con la tradición del samba hecho percusión masiva para un tumulto que danza. Un estilo irritable por su novedad para el productor que escuchó uno de los discos míticos y fundadores de la bossa nova –un acetato de 78 rpm, prensado en 1958, en el que João Gilberto canta, por un lado, Chega de saudade y, por el otro, Bim-bom–, asegurando el melómano irascible, después de romper el disco, que no entendía por qué grababan cantantes resfriados.

La bossa nova, la forma nueva, “el Brasil que algún día será y el Brasil que nos merecemos”, que nos llevó a una expedición de fantasmas por los lugares de Río, todavía un paraíso, con problemas como cualquier paraíso agobiado por la desesperación de sus habitantes para sobrevivir.

Una sorpresa desde su aeropuerto, excepcional en la forma como se aparta de la norma por la que tantos aeropuertos del mundo ostentan los nombres de personajes políticos, recibiéndonos Río con un guiño que nos sitúa al centro de la bossa nova cuando aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Tom Jobim, el querido y prodigioso Antonio Carlos Jobim, que conmueve como los ojos de Genoveva mientras lo recuerda y llegamos al escenario de su biografía después de acariciar tantos años el aire donde escuchamos sus arreglos y los trabajos que hizo em parceria con Vinicius de Moraes y otros amigos: Só danço samba, Águas de Março, Amor em paz, Soneto da separação, Lamento, Retrato em branco e preto, Dindi, O que tinha de ser.

No en vano, antes de aterrizar, la memoria evoca unas líneas del Samba do Avião de Jobim: Rio de sol, de céu, de mar, dentro de mais um minuto estaremos no Galeão. Aperte o cinto, vamos chegar, água brilhando, olha a pista chegando, e vamos nós pousar.

Y aterrizamos dispuestos a desplegar nuestra red para cazar fantasmas por los lugares de Río que confirman cómo la geografía decide el rumbo de un artista, pero también el artista mitifica la geografía que reinventa a través de su obra.

Una cacería musical en la que somos conscientes del carácter vaporoso que tiene nuestra búsqueda cuando el pasado es un tiempo en el que la historia se transforma en imaginación para suponer a los que estuvieron antes por las calles que caminamos.

Donde puede suceder lo que señala María Claudia Olivera en Bossa Nova-História, Som e Imagem (Spala, 1995), cuando recuerda la Plaza Roosevelt en São Paulo, ciudad hermana de Río en la bossa nova, donde se tocaba jazz y MPB (Música Popular Brasilera), “que hoy está urbanizada con estacionamientos subterráneos, túneles, supermercados y otras construcciones”.

En Río de Janeiro los bares, los clubes de fanáticos del jazz –influyendo en las revelaciones musicales que luego serían llamadas “bossa nova”–, los apartamentos y las playas donde transcurrió de forma natural la historia y su música, son ahora santuarios en calidad turística para los que quieran visitar lugares emblemáticos como el restaurante Garota de Ipanema en la calle Vinicius de Moraes, n.º 49, de Ipanema.

El paquete completo de la ensoñación y el encanto hechos nostalgia cuando se recuerda que desde la terraza del restaurante, llamado Bar Veloso antes de su consagración museológica, Vinicius y Jobim vieron a una muchacha llamada Helô Pinheiro, hermosa en su primavera adolescente –que coisa mais linda, mais cheia de graça–, andando como si fuera un poema que se balanceara camino del mar –ah, a beleza que existe, a beleza que não é só minha–.

¿Cómo se habrían sentido Vinicius y Jobim convertidos en el motivo de una peregrinación para todos los que han escuchado alguna de las 170 versiones que se han grabado de Garota de Ipanema, un título más sugestivo que su original: Menina que passa?

Quizá recompensados con justicia por su talento, por su ilusión en el tiempo, en días como estos, cuando el azar nos cruza, junto al mar de Ipanema, con Tom Jobim en la playa, llevando una guitarra al hombro, tan juvenil y entrañable como en los años sesenta. Una imagen de felicidad prolongada alrededor del mundo a través de la música. Como si estuviera disfrutando aún el don de la plenitud capaz de conjurar la sombra de la muerte que lo llevó a sambar con ella en diciembre de 1994.

El sortilegio atrae a todos los que se acercan para tomarse una foto con él mientras Jobim continúa, deteniendo el paso que lo eterniza en la estatua realizada por Christina Motta. Un homenaje a la gracia con la que tocó las playas donde permanece y en las que tal vez se encuentre con la estatua de otro amigo suyo, Dorival Caymmi, con el que podrían cantar el mismo dúo que deslizaron sus voces en Saudade da Bahia, compadeciendo en uno de sus versos a los que confían en la gloria y el dinero para ser felices.

Un encuentro al que podrían venir otros amigos imaginarios, quizá tomarse una cachacinha –como le gustaba decir a Vinicius, haciendo de los diminutivos una forma juguetona del cariño–, en estas playas doradas de Ipanema y Copacabana, donde la belleza humana se viste con traje de baño y vemos al poeta Carlos Drummond de Andrade, imperturbable en su apariencia de bronce, como si aguardara por otras estatuas que deambulan por Río y en las que se reconoce a Noel Rosa, triplicando sus 27 años de vida en más de 200 grabaciones; Ary Barroso, compositor de Aquarela do Brasil, una canción entronizada en himno por su descripción musical de Brasil, terra boa e gostosa da morena sestrosa de olhar indiscreto, o Pixinginha, al que Vinicius de Moraes le pide en Chorando pra Pixinguinha una bendición de amor y paz.

De nuevo Vinicius, siempre Vinicius, en otros lugares de Río, en su casa de la avenida Henrique Dumont de Ipanema, el mismo barrio donde vivía Jobim en la calle Nascimento Silva, 107, donde se lee en una placa: “Aquí viveu o músico, compositor e poeta, o maestro Antônio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim (1927-1994)”.

Una frase elocuente y sencilla agrega: “Memoria é vida”. Describe en su brevedad el rastro de una vida hecha memoria, el antes y el después del pasado y el futuro como los evoca otra canción, Carta Ao Tom 74, con la que Vinicius recuerda la casa de Jobim en Nascimento Silva y el tiempo en el que Ipanema era solo felicidad, el amor dolía en paz y la famosa garota no sabía cómo cambiaría la ciudad; cuando la tristeza de la gente era más bella y a través de la ventana podían verse el cielo y la estatua gigantesca del Cristo Redentor; antes de que se perdiera todo y el amor se tuviera que inventar de nuevo.

En Chico & Alaíde, el restaurante de la calle Días Ferreira de Leblón al que nos llevan Marcos y Kátia Nogueira, los amigos que nos han guiado por las playas y las calles de Río hacia el pasado y sus historias, conversamos sobre la presencia que tienen actualmente la bossa nova y sus héroes.

Mientras las promesas de la felicidad se cumplen en la mesa con los bolinhos de mandioca, abóbora con carne seca, camarón y catupiry, con queso y orégano, la categoría de reliquia que tiene la bossa nova según los Nogueira nos desconcierta.

“Es una música que no se olvida, pero que ahora se escucha poco –nos dicen–. La MPB ya no es tan popular, al menos entre los jóvenes”.

El cariño sin límites puede ser equívoco. Sugerir el espejismo de compartir nuestra pasión desbordada con una multitud.

¿Estamos solos? Es difícil cuando la población de Brasil, honrando la desmesura de su geografía, rebasa los 200 millones de habitantes. Cuando ser un ermitaño parece una contradicción de términos. En un país de dimensiones continentales siempre habrá un público capaz de llenar estadios para festejar la multiplicación de la música.

Además, con tanta gente acercándose a la estatua de Jobim y de Caymmi, a Carlos Drummond de Andrade, sin que importe cuánto y cómo lo conozcan o si nunca lo han leído; con los personajes hechos de bronce para la memoria, ¿no es posible suponer que no estamos tan solos?

Me consuelo pero olvido que un turista es un coleccionista de estatuas para retratar y sigue a la horda para no quedarse atrás en el clic que le garantice un souvenir fotográfico, aunque no lo vea nunca en el baúl infinito de los archivos que inunden la memoria de su teléfono.

No importa. João Gilberto fue un solitario. Un músico que trazó, con la sabiduría del excéntrico, un camino distinto en los años cincuenta a la forma de cantar en portugués. Aunque un sordo dijera que parecía resfriado. Aunque sus amigos se desconcertaran cuando tocaba la guitarra a puerta cerrada en los baños de las casas donde vivió porque la acústica de un baño siempre será inmejorable. Aunque pudiera atormentar a los que escuchaban los versos de algún tema que componía, repetidos por Gilberto una y otra vez, hasta que lograba su idea de la perfección.

“Ronaldo, dime si se oye: ‘O pa-to. O pa-to’”.

João Gilberto dejaba abierta la puerta del apartamento de Ronaldo Boscoli y se iba hasta el otro extremo del descansillo, junto al ascensor. Ronaldo tenía que colocarse en la otra punta del apartamento, lo más alejado posible de João Gilberto, e intentar oírlo mientras éste susurraba lo más bajo que podía: “O pa-to. O pa-to”.

João Gilberto quería comprobar qué tan bajito podía emitir la voz sin que se dejara de oír, usando el pasillo como una especie de megáfono. Y, de paso, aprovechaba para ensayar «O pato». Los vecinos de Ronaldo no entendían nada y, al principio, les sorprendía aquel hombre apostado al final del descansillo diciendo: “O pa-to. O pa-to”.

La anécdota se encuentra en un libro que sirve de guía óptima para cazar a los fantasmas de su tiempo: Chega de saudade: a história e as histórias da Bossa Nova (traducido al español como Bossa Nova. La historia y las historias, Turner, 2008), escrito por el periodista Ruy Castro –protagonista de una leyenda urbana cuando se dice que en las calles de Río de Janeiro, cuando alguien se acerca al escritor Rubem Fonseca, el escritor asegura que lo confunden, que él es Ruy Castro–.

Nos despedimos de nuestros amigos, regresamos al O.K. y recuperamos el ánimo visitando la Livraria Cultura que está en la misma calle del hotel. Sucede lo mismo que en São Paulo con la Plaza Roosevelt, pero el hallazgo es distinto: el antiguo Cine Vitória, abandonado durante veinte años, está ocupado ahora por la librería que honra el barrio de Cinelândia donde nos encontramos y donde el pasado se encuentra con el presente.

Salimos de la librería y, antes de entrar al hotel, escuchamos al fondo de un callejón el murmullo de una fiesta que comienza. Nos acercamos y encontramos un tumulto que disfruta la noche al ritmo de un DJ en frente del Teatro Rival.

Genoveva, como Eurídice capaz de conducirme, no al Hades, pero sí al paraíso cotidiano de los días compartidos, me enseña quién se presenta esa noche en el lugar: uno de los pioneros de la bossa nova, el chico que tocaba el acordeón en su adolescencia y se sumó a la tropa de João Gilberto por la gracia y el derecho de su talento, el dueño de una voz inconfundible cuando se desliza profunda en sus canciones y al que siempre es posible descubrirle una sonrisa cuando toca en el piano temas que lo han hecho legendario: A rã, Café com pão, Amazonas, Minha saudade, Nasci para bailar, Bananeira.

¡João Donato está esa noche en Rival! El azar nos permite suponer que la devoción también tiene sus recompensas cuando el círculo del día entre las playas de Ipanema, Copacabana, Leblon y el centro de Río traza una figura perfecta para hacer del espejismo una realidad que nos sorprende; cuando los quinientos o más solitarios que festejamos el concierto, prolongado generosamente por Donato, demuestran que no estamos tan solos y que el pasado continúa en la ciudad, desde los años treinta, cuando se fundó el teatro, hasta el 2016, cuando se presenta Donato con un ángel de la batería, Robertinho Silva; Luiz Alves en el contrabajo; Ricardo Pontes en el saxo y la flauta, y José Arimatéa en la trompeta.

Una noche para evocar a los amigos de siempre mucho después de que termine el concierto en el que hemos visto la salud musical de Donato y la juventud que lo acompaña a sus 82 años de edad.

Al día siguiente, antes de salir del hotel, nos sorprende un equipo japonés de futbolistas ciegos. Estamos en el restaurante y uno de los meseros me dice que el O.K. es un destino deportivo y que en 2015, cuando fueron los japoneses a Río, vio los partidos y se fascinó con la precisión del juego.

En el taxi hacia el aeropuerto pienso que los jugadores se orientan con la destreza de los que aprendieron a ver en la oscuridad. Quizá como perseguir el rastro de un fantasma, visible para el que quiera encontrarlo; el fantasma de la bossa nova que me anima a preguntarle a Genoveva cuándo regresamos a Río.

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*Escritor. Su último libro se titula Tratado de simología (Seix Barral). 

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