Baena nació en Sincelejo en 1956 y falleció el 14 de diciembre de 2015, en Bogotá.

La derrota del tiempo

Hace un año largo, en diciembre de 2015, murió el escritor Rafael Baena, quien durante diez años le ganó una dura batalla a la enfermedad alargando el tiempo a través de novelas que ya son parte de nuestra tradición literaria. Su testamento, en forma de antinovela, aparece este febrero bajo el nombre de 'Memoria de derrotas'.

2017/01/24

Por Carlos Mauricio Vega* Bogotá

Rafael, muy niño, le lee en voz alta a Héctor Manuel, su abuelo, que se ha quedado ciego, en su casa de Barranquilla. Muchas horas. Para ello escarba la biblioteca de su padre, Antonio Baena: literatura clásica, historia antigua, guerras, armas, política. Intercambia con su primo Ernesto “Kico” Baena ciencia-ficción, cómics, novelitas de amor y detectives. Bucea, juega béisbol, bolita’e trapo. Oye de labios de su abuela Julia Ordóñez Ordóñez las historias del bisabuelo Hermógenes, que peleó en la Guerra de los Mil Días del lado de los liberales y murió en 1936: el honor militar, las razones políticas. Se entera de que esa rama de la familia, los Ordóñez Orbegozo, llegó a Santander hacia 1750. Eran dueños y señores de tierras y haciendas: Santa Bárbara en Pinchote, Baza en Tibaná.

Rafa joven se empapa del mundo con su cámara de reportero al hombro. Luego pasa 20 años doblando la cerviz en redacciones de revistas y periódicos.

Rafa, ya entrecano, llega a la dos veces centenaria casona de Baza, enfermo, y pasa un par de años escribiendo Siempre fue ahora o nunca, su quinta novela. En esas paredes de un metro de ancho, en esas chimeneas donde uno puede pararse bajo el buitrón, se funden los ecos de las historias fabuladas por Rafa con la verdadera historia de la casa. El abuelo de Tanta sangre vista, caminando por los jardines con su nieto, es el recuerdo que no vivió; la hacienda Saia y sus mujeres en La bala vendida se unen, como retazos, al tiempo de la casa.

*

Rafael Baena Cumplido se evaporó tempranamente, a los 60 años, en su momento más bello, y dejó tras de sí una obra copiosa y una lección de dignidad. La sociedad que lo celebró como escritor le falló a la hora de socorrerlo en su enfermedad terminal.

Esa última historia de su vida, su último cubrimiento periodístico, el de su propia muerte, está registrada en su libro póstumo, el octavo de su producción, que sale al mercado este febrero. Memoria de derrotas, una antinovela en la que el escritor se retrata al revés, propone un anti-Yo: el personaje es un editor que intenta escribir infructuosamente una única novela mientras sufre los mismos avatares de Rafael frente a la muerte. Tal vez por eso, porque al escribirla sabía que iba a ser póstuma, que cuando la leyeran él ya no iba a estar, la compuso desde el más original de los puntos de vista: el del más allá. Y tal vez por ello escogió como voz una distante tercera persona que se narra a sí misma.

Memoria de derrotas, la única de sus obras de la que podría predicarse que es “de actualidad” en el sentido periodístico de la expresión, está permeada por una perspectiva histórica. Esta paradoja la convierte –sin ninguna estridencia– en un J’accuse, en una requisitoria implacable contra esta sociedad en la que Baena floreció y languideció simultáneamente, y en la que produjo una obra monumental con un hilo de aliento. Memoria de derrotas, título que tiene un sentido marinero y otro vital, es la contradicción del Baena novelista histórico: celebra el sexo como negación de la muerte, analiza la coyuntura histórica, homenajea a muchos de sus amigos y contemporáneos y deja un fresco conmovedor del país que nos toca vivir: señala la corrupción del periodismo, el desprestigio sin reversa de la política, la perversidad del sistema de salud y la estupidez del aparato cultural. Su juicio es contundente y difícilmente cuestionable porque está escrito con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder y posee además la autoridad del honesto. Rafael Baena, como predica Kundera en El arte de la novela acerca de los verdaderos escritores, no le rinde cuentas sino a Cervantes.

Murió en el momento en que quiso, en el pináculo de su maestría como novelista, cuando consideró que su obra estaba terminada. Quién lo hubiera creído. Aquel fotógrafo callado, de grandes ojos asombrados, que se comía las uñas hasta la cutícula mientras meditaba alguna respuesta tan contundente como original, apareció de repente como uno de los novelistas colombianos más destacados del siglo xxi.

Digo “de repente”, y el adverbio es injusto, porque detrás de las siete novelas y un ensayo y de las más de 3.000 cuartillas de literatura que Rafael Baena pulcramente construyó durante los últimos diez años, hay una dosis monumental de disciplina, abnegación y entrega. Lo hizo alternando en secreto su formación de escritor con 30 años de duro periodismo, entre los oficios de fotógrafo, reportero, editor y cronista. Trabajó en sus novelas los fines de semana y en las madrugadas, y luego continuó de tiempo completo gracias a una escasa pensión de invalidez. Todo ello, mientras levantaba una familia de tres hijos con la literata Amalia Carrillo, su alter ego y compañera hasta siempre, sin cuya callada e infinita gestión no habrían sobrevivido ni la obra ni el novelista.

Víctima de una enfermedad pulmonar sin regreso, Rafael Baena pasó los últimos diez años de su vida encadenado a una cánula de oxígeno, en su hermoso apartamento de Chapinero Alto. Sin aliento, pero con los arrestos de un atleta, emprendió la composición de siete novelas y un precioso ensayo sobre caballos: casi un libro por año. La enfermedad y la presión de la muerte, siempre cercana, lo llevaron a producir al ritmo de una redacción de periódico, similar al que impone la hora de cierre de la edición, que cae como una guadaña sobre los redactores. En este caso la guadaña era literal: con una saturación de oxígeno inferior al 20%, la muerte podía decretarle el tercer out en cualquier momento y sacarlo del montecillo de pitcheo antes de que pudiera lanzar otra serpentina literaria. Pero Rafa usó los primeros innings para calentar el brazo en el box de lanzadores del periodismo, y así aprendió a manejar la presión, que muchas veces conlleva al error y a la superficialidad. Sin embargo, para Rafael la presión de la Compañera Muerte, que le respiraba en el hombro, supuso producir no solo en cantidad, sino con perfección y detalle. Muchos años de preparación previa y de abrevar en fuentes históricas y familiares debió suponer este proceso para desembocar en la catarata productiva de esos últimos diez años. Desarrolló un método de escritura que lo acompañaba en todo momento. Alguna vez, en una reunión social, lo vieron absorto y callado en una silla. Qué hace, Rafael, le dijeron. El alzó el dedo índice y con la mirada de los ciegos contestó a media sonrisa: “Escribo”.

A ese efecto llevaba siempre en el pecho una pequeña libreta Moleskine en donde tomaba apuntes precisos y claros que luego se trasladaban casi literalmente a los textos definitivos. Amante de la cocina, del fútbol y del béisbol, interrumpía sus lecturas y sus horas de escritura, que eran casi todas, solo para cocinar de once a una con la minuciosidad y el orden de un artista y para concelebrar cada miércoles frente al televisor la ceremonia ecuménica de la pelota.

Escribió, escribió, escribió incansablemente, sobre guerras ignotas pero imprescindibles para entender lo que ahora nos sucede; sobre héroes olvidados o anónimos, sobre figuras intocables como Bolívar, sobre el mundo del porno, sobre caballos, sobre su juventud setentera. Pero para escribir tanto tuvo que haber leído a fondo sobre cosas que ya nadie lee: las guerras púnicas y los ejércitos persas, los cruces de razas de caballos y los cruces de las grandes montañas, las armas de caza y las de guerra, las tácticas cuerpo a cuerpo de la época de las cargas a la bayoneta y las estrategias envolventes de los escuadrones de caballerías de tiempos idos.

Rafael fue un escritor en contravía. En una época de vanguardias ininteligibles y efímeras, que consagra el culto de novelas urbanas como Opio en las nubes, de Chaparro Madiedo, o produce efímeros movimientos de contracorriente como McOndo, Rafael emprendió una serie de novelas que muchos editores comerciales condenaron al fracaso: novelas bucólicas, rurales, bélicas y decimonónicas, es decir, a contrapelo de las modas y tendencias y sobre temas que se consideran ya superados. La primera de ellas, Tanta sangre vista, es en realidad la historia de una carta. A través de ella se adivinan unos amores desgraciados en una guerra civil de un país tropical que se vislumbra como Colombia, entre el polvo de datos ciertos y falsos que Baena sopla hacia la realidad como un prestidigitador, para recrearla y hacerla más rica que la realidad misma. Una novela sutil y delicadamente construida, olorosa a cuero de alforjas y a almohaza de caballo, en la que un oficial peregrina por un país en guerra con una carta clave para uno de los ejércitos, a horcajadas entre un amor imposible y un deber que le puede costar la vida. Escrita para cumplir con una apuesta, Tanta sangre vista es una de las mejores óperas primas de un escritor colombiano reciente, comparable tal vez con Primero estaba el mar, de Tomás González.

Hasta allí el talento de Rafael Baena parecía seguir una derrota normal. El fotógrafo de carácter taciturno, capaz de cubrir con el mismo profesionalismo tanto un partido de fútbol como un enfrentamiento con la guerrilla, el estudiante que se había destacado en la universidad por su sencillez y modestia frente a un pénsum que a todas luces le quedaba chico, el callado reportero que con su maestría para titular y mejorar textos ajenos se había ganado el título de editor periodístico en Cambio16, en Cromos, en El Espectador, de pronto demostraba que también podía escribir una buena novela. Tanta sangre vista fue redactada en los tiempos muertos de su trabajo como editor de la revista Credencial y en los vivos fines de semana de su diminuta casa de campo en las montañas de Sopó, a donde llegaba a todo trapo, con la escandola de su prole bajo las lonas de su jeep Willys 1954 verde mate, que junto con el sempiterno cigarrillo, sus enormes ojos grises y su bigote entrecano, se convirtió para sus amigos en su marca de fábrica.

Allá, muy lejos de su Barranquilla adoptiva y del mar de Ciénaga donde buceaba y cazaba con escopeta en sus años colegiales, disfrutó de los caballos de algunos bon vivants cercanos a quienes asombraba con su erudición sobre el tema. Y lo más importante, incubó –al calor de su amistad con sus vecinos de finca, los artistas Javier Gutiérrez y Liliana Wills– sus siguientes libros. Fue Javier, también retratado al aguarrás en estas memorias de derrotados como un escultor de bronces medievales perdido en el tiempo de lo perecedero, uno de sus lectores de originales y el más despiadado de sus críticos.

Libros que vinieron como una seguidilla de rápidos batazos al jardín izquierdo: primero apareció Vuelvan caras carajo, otro roletazo en contravía del establishment literario. A través de la voz de uno de los militares ingleses que participaron en la campaña libertadora, resucita y pone a caminar al Negro Rondón, el hombre de la carga del Pantano de Vargas, y a través de él al general Culoeyerro, al Tío, al Longanizo: a Bolívar.

Luego vino Samaria Films XXX, original novela, casi de escritura automática, sobre la tras escena de una compañía productora de porno. Después compuso La bala vendida, una de las pocas novelas bélicas que abordan la guerra, un tema tradicionalmente machista, desde un punto de vista femenino: desde la ausencia. Por encargo de un editor, escribió entonces una colección de delicados ensayos sobre el papel del caballo en la historia de la humanidad (Ciertas personas de cuatro patas). Para entonces ya había alcanzado la maestría, y volvió a sacarla del estadio en 2014 con Siempre fue ahora o nunca: una novela en la que la voz narrativa es de nuevo femenina y se tejen amores difíciles sobre un bastidor histórico real: la Colombia de los años ochenta y noventa. Casi 800 páginas sobre guerrilla, paramilitarismo, amor, muerte y periodismo.

*

Al cambiar de oficio, de periodista a novelista, Rafael Baena no buscó ni la gloria ni el lucro personal. No utilizó jamás el reconocimiento que le otorgaban sus dos décadas largas de oficio para proyectarse como escritor. Sus obras caminaron solas a partir del momento en que las parió. Salvo la mentoría de colegaje que le brindó Darío Jaramillo Agudelo, no requirió el favor de la crítica ni hizo parte de cenáculos literarios ni de vanguardia o movimiento alguno, ni acudió al frecuente recurso del amiguismo para obtener prebendas o favorecimientos que lo sostuvieran en su solitario empeño. Mantuvo una independencia inalienable y ejerció la libertad de opinión absoluta que les es dada a los espíritus libres. Hizo literatura por la literatura misma.

De tarde en tarde se acordaba de consultar su cuenta bancaria, no para constatar el saldo de sus derechos de autor, siempre magro, sino para confirmar que sus libros circulaban. Tampoco quiso aceptar columna o espacio de opinión periodística alguno. Su alter ego en Memorias… lo explica: “…asumir el papel de columnista de prensa exasperaría su sentido del ridículo… Miren qué culto soy, y cuán perspicaz e inteligente, y lo bien que escribo a partir de mi vasta experiencia, queridos y fieles lectores que también pueden encontrarme en Twitter y Facebook. ¿Periodista él? Si bien a lo largo de su vida ha caído muy bajo en varias ocasiones, no piensa exagerar”.

*

En Memoria de derrotas, Rafael Baena discute e invoca el derecho del novelista a novelarse a sí mismo de una manera no autobiográfica: abre la discusión como un actor que cambia de traje frente al público, y asume las máscaras de sus personajes: Cavadía, en Marcelo, Eloísa su exmujer, en Clara su mejor amiga... Luego la obra adquiere varias dimensiones. Baena recurre a una tradición ya olvidada o al menos desechada por antimoderna: la de la novela dentro de la novela, al estilo de Historia del cautivo o El curioso impertinente, dos textos breves y autónomos que Cervantes insertó en El Quijote; o la historia del marino amotinado Steelkilt que recoge Melville en Moby Dick. Baena inventa un escritor antagonista, Juan Eugenio Cavadía, tan odioso como exitoso, quien además le clava la banderilla de casarse con su exmujer. A través del artificio de estar obligado a conocer los originales de Cavadía por su oficio de editor, Baena nos permite echar una mirada a los textos más disímiles, que probablemente son embriones de otras tantas novelas o cuentos que él mismo no alcanzó a terminar, y entre los cuales hay por lo menos dos memorables: la historia de la señora Neville, la Catira Inglesa, perdida en los Llanos tras buscar a su marido, un oficial inglés baldado durante la campaña de Boyacá. Y la de Campanas al vuelo, historia de un grupo de soldados de Alfínger muertos de hambre en las selvas del Opón, que primero se devoran a sus guías indios y luego se comen entre sí. Baena crea un clima de sospecha mutua tan intenso como el del Aguirre o la ira de Dios, de Werner Herzog. “Empezaba a caer en la duermevela cuando sintió que en su interior la sospecha se abría paso hasta convertirse en categórica clarividencia: acababa de comer carne de humano”. Pero en últimas, el cargo de conciencia del soldado europeo se alivia con la consideración de que al fin y al cabo un indio no es humano. A partir de esas reflexiones sobre el origen de nuestra idiosincrasia mestiza, Baena traza finos paralelos con la situación actual, no lejana del canibalismo social y financiero.

El mecanismo de la internovela le permite a Baena también describir el mundo de las salas de redacción y pintar arquetipos de artistas, editores y periodistas, entre los que homenajea, por ejemplo, a Fernando Garavito, el memorable Juan Mosca, autor del poemario Já! y jefe de toda una generación de periodistas en Cromos y en La Prensa. Así, con el sencillo recurso de poner conectores entre lo que vive en un tiempo real Marcelo, el editor que padece de EPOC, y los textos que llegan a su escritorio, Baena hace pasar al lector de las penurias de la soldadesca española del xvi o del puesto policial pueblerino desbaratado por la guerrilla hace veinte años, a su propio drama personal. Retrata su peregrinación de hospital en hospital y de tutela en tutela hasta que logra que nuestro kafkiano sistema de salud lo ponga en lista de espera para un trasplante de pulmón, que le programan en otra ciudad, en Medellín, a donde debe trasladarse permanentemente, sin recursos y sin otra esperanza que la del azar de que aparezca un donante. Ocurre lo que era de esperarse, es decir nada, y Rafael, es decir, Marcelo, decide “hacerle una inútil morisqueta al sistema” y enviar el trasplante al cuerno de la luna, ubicándose en un territorio de autonomía desde donde se hace dueño de su destino y se da el lujo de decidir cuándo será su cita con la muerte.

“Tras sobrevivir a otra crisis se ha ratificado en su decisión de no esperar a que la muerte venga por él, sino a citarse con ella en un punto y hora determinados”, escribe Baena que escribe Marcelo sobre sí mismo.

*

Para llegar a semejante cumbre de serenidad, en la novela y en la vida real, Rafael-Marcelo pasa por un largo proceso que incluye terminar todo lo empezado antes de irse de este mundo. Meta que no es pequeña. ¿Quién que muera no deja asuntos inconclusos? Rafael cobra por ventanilla el privilegio de su decisión: de no tener que hacer cuentas con las semanas de la pensión ni luchar más con el sistema de salud, ni con la hipoteca, ni con los impuestos, ni con los pagos a 90 días. Por eso, los dos últimos años de su vida les parecen a sus amigos inexplicablemente mágicos; porque llevaba una determinación y un derrotero ya inalterables: vigilar las reediciones de sus primeros libros y publicar La guerra perdida del Indio Lorenzo, su último libro, en donde regresa al género histórico alrededor del conflicto de Panamá. Es cuando le contesta a un periodista que le pregunta sobre su próxima novela: “Creo que me estoy repitiendo. Me parece que aquí planto”. Unos meses después de esa respuesta, revisa y aprueba los originales de la transcripción a novela gráfica de Tanta sangre vista y muere en su casa, rodeado de quienes le aman, el 14 de diciembre de 2015.

“Ningún tema ni ningún personaje acudieron en mi auxilio para sacarme del marasmo en que se convierte la profesión de periodista tras varios lustros de borronear cuartillas en un vano intento de ordenar el caos del día a día”, escribió acerca de sus veintipico de años de silencio, anhelando escribir pero sin voz, o habiendo encontrado la voz, pero sin tema.

Tal vez Rafa, que se ganaba la vida tomando fotos y haciendo crónicas, es decir, contando cosas, gastó buena parte de su tiempo esperando que le sucediera algo importante a él para contarlo literariamente. Y sin darse cuenta tenía los temas ante sus ojos. Tenía a su propio coronel Aureliano Buendía en la familia. A la abuela Julia, que le hizo el puente con ese pasado de las 32 guerras civiles que Rafael heredó involuntariamente de su coterráneo el maestro cataquero. A su vida de periodista, que le permitió trazar a su más bello y profundo personaje, la editora de Siempre fue ahora o nunca. A los caballos, que lo condujeron al personaje del Negro Rendón, pieza clave de la historia nacional pero ‘ninguneado’ por negro y por hijo de libertos. Y a la señora Muerte, que permea este último libro de Memoria de derrotas y lo convierte en un reto moral, ético, legal, político, filosófico. Un libro como un prisma, de muchas caras, pero sobre todo atravesado por la discusión de la eutanasia, la inmoralidad del sistema de salud, la pacatería de una sociedad católica que se atreve a consagrar constitucionalmente el derecho a morir con dignidad, pero no es capaz de reglamentarlo para hacerlo practicable. Aquí su voz:

“Es nada más un pensamiento, pero su eco rebota en las paredes de la cocina mientras prepara la cafetera: muerte muerte muerte muerte. ¡Coño, qué temita! No es que tenga miedo a la idea, pero tanta reiteración le aburre hasta el cansancio.

“A lo mejor su obsesión con el tema de la señora Muerte no lo sea tanto. Quizá lo que le ocurre en el fondo es que pretende familiarizarse con ella por si acaso a la hora de la verdad le faltase el empuje suficiente para poner punto final a su existencia de una manera racional.

“Pensar y actuar, para bien y para mal, con la parca siempre como referente, lo conduce a adaptar la realidad para convertir a la insigne guadañadora en protagonista principal de su cotidiano, en el rasero con el que analiza y mide su vida hasta sentir que está apenas a milímetros, a segundos de patear el balde y convertirse en polvo de estrellas”.

*Periodista

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com