Olivier Bourdeaut nació en Nantes en 1980.

La vida y su contrario

Uno de los invitados más esperados de la Feria Internacional del Libro de Bogotá es Olivier Bourdeaut. Su primera novela, que gira en torno a una familia alejada de toda convención social, ha sido una de las grandes sorpresas editoriales de los últimos años en Francia, con más de 200.000 ejemplares vendidos.

2017/04/22

Por Giuseppe Caputo* Bogotá

La aparición en Colombia de Esperando a mister Bojangles, la primera novela de Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980), viene precedida de muchos bombos y platillos: publicada originalmente por Finitude, una pequeña editorial de Burdeos, la obra empezó a recibir el respaldo de los libreros franceses desde que salió al mercado. Esto, sumado a un impresionante voz a voz y a la avalancha de premios que ha obtenido —el Grand Prix RTL-Lire, el Prix du Roman des étudiants France Culture-Télérama, el Roman France Télévisions, el Emmanuel-Roblès y el Prix de l’Académie Littéraire de Bretagne—, ha hecho que la novela ya lleve vendidos más de 265.000 ejemplares en Francia.

Su editorial en español, Salamandra, muy acertadamente presenta la historia de la siguiente manera: “Ante la mirada absorta de su hijo, una pareja embriagada de amor baila al son de Mr. Bojangles, de Nina Simone. La escena, mágica, vertiginosa, solo es un recuerdo más de los muchos que brotan de la memoria del protagonista de la historia, que rememora una infancia marcada por la excentricidad de unos padres adscritos a un estilo de vida ajeno a toda convención social. El padre, la vitalidad hecha persona, no concibe una vida sosegada y monótona, y la madre, capaz de interpretar todo tipo de papeles con la convicción del ilusionista más avezado, hace de la rutina familiar una fiesta perpetua, un espacio donde solo caben el gozo, la fantasía y la amistad. Sin embargo, poco a poco, empieza a entreverse que este universo lleno de poesía, de quimeras, de momentos maravillosos se asienta sobre un precario sentido de la realidad, y que, cuando las canciones y los sueños toquen a su fin, el despertar puede ser muy doloroso”.

La dinámica de esta familia es un triángulo de ficción en el que madre, padre e hijo son, de manera intermitente, autores, personajes y lectores de su historia —historia que entre los tres escriben, protagonizan y leen, cada uno a su manera.

Portada del libro Esperando a mister Bojangles.

El padre, Georges, se considera a sí mismo un idiota feliz. Es un crítico inclemente de la televisión y, para castigar la mala programación, le pone al aparato orejas de burro. “Si no te portas bien —advierte al hijo—, enciendo la tele”. Georges solía escribir, pero nunca consiguió publicar su libro. “Está bien escrito —le dijeron los editores—, es divertido, pero no tiene ni pies ni cabeza”. Al oír esto, respondió: “Si alguien hubiera visto un libro con pies y cabeza, ya nos hubiéramos enterado”.

Entonces está la madre. No sabemos su nombre, o más bien: la madre tiene todos los nombres. “Haga el favor de dejar de llamarme Marguerite —le grita a su esposo en un momento—. Búsqueme un nombre nuevo o empezaré a mugir como una becerra”. Ella no permite que la llamen de la misma manera dos días seguidos; le habla de usted a todo el mundo, pero tutea a las estrellas. De su pasado sabemos poco: trabajó en una floristería y la despidieron porque se negaba a cobrar los ramos. “Pero ¿en qué mundo vivimos?”, se escandaliza. “Las flores no se venden, las flores son hermosas y gratuitas, basta con agacharse y cogerlas. ¡Las flores son la vida y, que yo sepa, la vida no se vende!”. Ella está “reñida con los relojes” y se niega a lidiar con preocupaciones o penas: “Cuando la realidad sea aburrida y triste —le dice a su hijo—, invéntese usted una buena historia y cuéntemela. Con lo bien que miente, sería una pena no aprovecharlo”.

El hijo, cuya edad no sabemos (podría estar entre los 8 y los 13), acepta el mundo que recibe de sus padres y a la vez lo reproduce y recrea. “(Mi madre) no me trataba ni como un niño ni como adulto sino como un personaje de novela. Una novela que le encantaba y en la que podía sumergirse a todas horas”. Nadie en el colegio, ni estudiantes ni profesores, le creen las historias de su familia, entonces tiene que reinventar su vida constantemente, darle una apariencia de normalidad para que no lo tachen de mentiroso. Luego de varias discusiones que tiene su madre con la profesora por temor a que las clases pongan en peligro “el equilibrio estético” de su hijo, decide sacarlo del colegio. Sus padres, pues, se convierten en profesores: “Les sobraban ideas para educarme. Para las matemáticas, me adornaban con pulseras, collares y anillos, me hacían contarlos para que aprendiera a sumar y luego me hacían quitármelo todo, incluidos los calzoncillos, para que aprendiera a restar. Lo llamaban el striptease numérico”.

Revoloteando entre ellos está la mascota, Doña Superflua, “una elegante e increíble ave que, como todos los pájaros sabios, amaba la lectura”, y la cantidad de amigos y conocidos que día tras día participan de las fiestas y banquetes que los padres organizan. Y en el fondo, sonando siempre —siempre— en “un precioso y viejo tocadiscos”, la canción Mr. Bojangles, de Nina Simone, que narra la historia de un hombre que viaja por el sur de Estados Unidos “con su perro y su traje viejo, hasta que un día el perro se muere y ya nada vuelve ser igual”. “Aquella canción —dice el hijo— era realmente increíble, triste y a la vez alegre, y hacía que mi madre se pusiera igual… Era una música para los sentimientos”.

La pregunta por la realidad

Quizás el discurso literario de Esperando a mister Bojangles, la pulpa de la novela, se concentra en esas palabras que dedica la madre a su hijo: “Cuando la realidad sea aburrida y triste, invéntese usted una buena historia y cuéntemela. Con lo bien que miente, sería una pena no aprovecharlo”. De esa idea surge el mencionado triángulo de ficción —autor, lector y personaje—, pero también la pregunta que atraviesa la totalidad de la novela: ¿la madre (y, por extensión, la familia entera) entiende la ficción como una evasión de la llamada “vida real” o quizá como una realidad incluso más real, tan real que es capaz de hacer desaparecer todo lo que no es ficción?

Aquí vale la pena recordar a James Wood y su libro How Fiction Works: “La mayoría de los movimientos literarios de las últimas décadas han invocado el deseo de capturar la verdad de la vida tal y como es (o la forma como son las cosas), incluso cuando la definición de lo que es realista cambia y, sobre todo, cuando la definición de lo que cuenta como vida cambia también”. Para continuar problematizando las nociones de verdad y vida, Wood cita a Virginia Woolf: “¿Por qué la novela (nosotros decimos: la ficción) debe concentrarse en el poder de imitar la vida? ¿Por qué una silla real es mejor que un elefante imaginario?”.

Uno de los momentos más sorprendentes y emotivos de Esperando a mister Bojangles —escena que pone de manifiesto la excentricidad de padre y madre antes, incluso, del nacimiento del hijo— es el primer encuentro de Georges con la mujer de todos los nombres: “El sentido común debería haberme impulsado a huir de allí —escribe—. Podía huir de ella poniendo una excusa tan ineludible como falsa. O bien podía dejarme llevar, tomar impulso y deslizarme por la rampa con la dulce sensación de que ya no podía decidir nada… Sus delirantes ojos verdes ocultaban taras secretas… las heridas de la adolescencia. La vida debía haberla zarandeado y golpeado con dureza. Me dije que por eso bailaba como una loca, sencillamente para olvidar su tormentoso pasado”.

El padre se refiere a ese encuentro como el momento en que la madre lo invita a “compartir su demencia”. Él acepta la invitación y decide trabajar de ahí en adelante para que las ideas excéntricas de la madre tengan un lugar concreto en el mundo: “Mi papel consistía en proporcionarle los medios para vivir su locura sin preocuparse de nada más”, escribe.

Su papel, entonces, es esencial en ese triángulo de la ficción, pues es quien materializa las ideas disparatadas de la madre. Él convierte la fantasía en realismo puro y duro. “Me dije que nunca me arrepentiría de cometer aquella locura”, escribe el padre. “Un espectáculo tan hermoso no podía ser el resultado de un error, de una mala elección, una luz tan perfecta no dejaba espacio para el remordimiento”.

Georges, es decir, no solo evidencia que la silla real de la que habla Woolf no necesariamente es mejor que el elefante imaginario, sino que, en unión con su esposa e hijo, pone a la silla y al elefante en el mismo plano: no es posible distinguir entre uno y otro. La disyuntiva entre lo real y lo imaginario desaparece.

Dinero

Olivier Bourdeaut ha dicho en repetidas ocasiones que, para escribir su novela, se inspiró en el matrimonio de Scott y Zelda Fitzgerald: en la vida de lujos y fiestas que tuvieron, interrumpida abruptamente por la crisis económica de 1929. “La gente cambió y dejó de interesarse en Fitzgerald —recuerda Bourdeaut—. Cayó su éxito, y con la caída social del escritor el estado mental de Zelda cayó en picado”.

En Esperando a mister Bojangles, la crisis económica, anunciada por un funcionario del Ministerio de Hacienda, también provoca una ruptura: la excentricidad de la madre deja de ser una fiesta y pasa a revelarse como enfermedad mental. Padre e hijo, entonces, se ven obligados a recluirla en una clínica. Ya queda en manos del lector descubrir lo que pasa después (le advertimos: muchas, muchas cosas suceden de ahí en adelante).

El dinero, entonces, la opulencia, posibilita que la vida imaginaria y la vida real no puedan diferenciarse. En ese sentido, el dinero es un aliado de la ficción: la alimenta, la convierte en un mundo no solo posible sino concreto. La ausencia del dinero, sin embargo, se presenta en Esperando a mister Bojangles como la ruptura de la vida con la ficción: lo que da a la vida una literalidad y una única lectura posible. Lo que triste e inevitablemente separa a la silla real del elefante imaginario. Con la ausencia del dinero, la vida termina en un lado y la imaginación en otro —en un lugar muy, muy lejano—. En ese sentido, la ficción ya no se entremezcla más con la vida sino que se vuelve su contrario: una evasión.

*Escritor.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.