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Inocentes o cuando Dios se ausenta…

Guerras que se apropian de los cuerpos de las mujeres, cuerpos botines, trofeos para los vencedores, cuerpos violados, mentes humilladas, subjetividades destrozadas y vencidas. Una reflexión sobre 'Inocentes', de Anne Fontaine, en las salas de Cineco Alternativo, a partir del 28 de julio.

2016/07/28

Por Florence Thomas

No soy crítica cinematográfica, pero soy mujer, una mujer empeñada en defender los derechos de las mujeres, y, por supuesto, me apasiona el cine y muy particularmente el que devela las historias de las mujeres, historias a menudo dolorosas, ocultas durante muchos siglos, pues eran los hombres quienes escribían la historia y, en nuestro caso, también quienes hacían cine. Es así como los temas relacionados con la historia de ellas, sus aconteceres diarios, su manera de cuidar la vida y hacerla fluir aun cuando las circunstancias les eran adversas, no constituían relatos frecuentes en la pantalla grande. Solo desde la llegada de miradas más íntimas, de una historia de la vida cotidiana además de los aportes de mujeres historiadoras, literatas, feministas y cineastas, llegamos a conocer otras historias que, por fin, lograban romper un relato hegemónico de un mundo hecho solo de hombres. Dos películas me marcaron hace ya unas décadas: Acusados, de Jonathan Kaplan, con Jodie Foster, y unos años después Thelma y Louise, de Ridley Scott, con la gran Susan Sarandon. En fin, la revolución de las mujeres había ocurrido y pudimos empezar a contar vidas en femenino y conocer por fin un mundo algo más completo y complejo.

Inocentes, de la cineasta francesa Anne Fontaine, es una historia inspirada en hechos reales y apoyada por un guion apasionante firmado por Sabrina B. Karine y Alice Vial. Una historia desgarradora en la Polonia del fin de la Segunda Guerra Mundial (diciembre de 1945). En pleno invierno, una joven mujer médica francesa de la Cruz Roja es contactada por una religiosa que le suplica acudir al convento donde vive una congregación de monjas de clausura y donde una de ellas está en peligro de muerte. Mathilde, la joven médica, descubre entonces que unas siete monjas están embarazadas y ella entiende, a pesar de un silencio culposo, que todas ellas han sido violadas por soldados del Ejército Rojo que, si bien contribuyó a la liberación de Polonia, usó a estas mujeres como botín de guerra, abusando de ellas repetidamente en cuanto vencedores. La médica, ante el terror de las monjas suscitado por el rechazo social y la amenaza divina fruto de sus creencias religiosas, se compromete con la situación de ellas, acepta compartir su secreto y, con su profundo amor y respeto por la vida, logra poco a poco hacerlas recuperar su condición de mujeres deseantes que les había sido totalmente usurpada por una fe ciega a un Dios castigador y por haber estado inmersas en las condiciones deshumanizantes de la guerra. Mujeres, cuántas veces víctimas impotentes, ante la violencia de hombres que, como en múltiples conflictos bélicos, sustentan en ellas su hombría, su valor y su prestigio.

El hilo conductor de esta película se teje entonces entre ese dilema: o permanecer en la fe, negando de manera total la existencia de los cuerpos, de los sentimientos, de las emociones y hasta de las palabras, prefiriendo la muerte, u optar por la vida con todo lo que ella implica, asumiendo la humanidad a través de una condición de mujer en este caso a través del dolor del parto y la posibilidad de escoger su propia vida. Dilema que está representado de una parte por la madre superiora del convento y, de otra, por la médica. En una de las escenas más dolorosas, cuando Mathilde ayuda en el parto de una de ellas que trata de impedir cualquier posibilidad de mostrar parte de su cuerpo sin el hábito monacal, la médica le pregunta que si puede considerar por un momento poner a Dios entre paréntesis. ¿Y dónde estaba Dios cuando los soldados irrumpieron en el monasterio y las aterrorizaron violándolas durante varios días? Sin embargo la médica, en medio de la oscuridad del convento y de un escenario sin esperanza, logra abrir un camino de liberación y de un posible nuevo devenir para estas mujeres.

Lo aterrador de esta película es que, como ya lo mencioné, se basa en un hecho real, lo que no nos sorprende, pues ha sido un evento que se ha repetido de guerra en guerra. Guerras que se apropian de los cuerpos de las mujeres, cuerpos botines, trofeos para los vencedores, cuerpos violados, mentes humilladas, subjetividades destrozadas y vencidas. Legitimación del ejercicio del poder por la fuerza. Una lógica inherente a las guerras que se repite inexorablemente y que seguirá repitiéndose mientras prevalezcan los discursos autoritarios y excluyentes intrínsecos a ellas.

Ante el arrasamiento de la vida misma que conlleva la lógica de las guerras, esta película logra rescatar las voces de las mujeres como lo ha hecho la premio nobel Svetlana Alexiévich en su libro La guerra no tiene rostro de mujer, o en Colombia los múltiples aportes de mujeres víctimas del conflicto armado, investigaciones de organizaciones de mujeres, películas y documentales sobre el tema, que nos proponen nuevas miradas sobre la guerra al dejar de idealizarlas como gestas libertarias con sus héroes y medallas.

En las guerras sufren seres humanos concretos, hombres y mujeres que lloran sus muertos, que sufren sus estragos y que nos permiten cuestionarnos sobre las salidas bélicas como única manera de resolver los conflictos ideológicos y políticos que atraviesan nuestra historia. Una película necesaria para Colombia, para recuperar las humanidades perdidas en estos tiempos inciertos de fin de guerra.

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