Dos jóvenes lectoras en la sala de lectura de la Biblioteca Pública La Peña.
  • Biblioteca Pública La Victoria, en San Cristóbal Sur.

El territorio: un libro que merece ser leído

A pesar de ser menos conocidas que las megabibliotecas de Bogotá, las localidades han convertido las bibliotecas barriales en verdaderos centros en los que se prueba que la lectura puede ampliar el horizonte de millones de personas. Una crónica sobre el valor de la lectura en la ciudad.

2016/08/23

Por Catalina Holguín Jaramillo*

Los bogotanos nos acostumbramos a ver las grandes bibliotecas –la Virgilio Barco, del arquitecto Rogelio Salmona, o la del Tintal, diseñada por Daniel Bermúdez– en los afiches de la ciudad o en los discursos oficiales sobre la ya remota transformación de Bogotá. Estas megaconstrucciones sirvieron para definirnos como una ciudad de bibliotecas, para inspirar obras públicas culturales de gran calado en otras ciudades y promover estos espacios como transformadores urbanos y sociales. Pero detrás de los cuatro centros culturales que son orgullo de Bogotá, existen otras 15 bibliotecas barriales de distintos tamaños que salpican caprichosamente el mapa de la ciudad y cerca de 170 bibliotecas comunitarias y populares identificadas, que si bien no hacen parte oficial de BibloRed, son costuras fundamentales del frágil tejido cultural de la ciudad.

Muchas de las instituciones barriales pertenecientes a BibloRed se ubican en los Puntos de Articulación Social (PAS) de las grandes localidades. Tal es el caso de la Biblioteca La Victoria de San Cristóbal o La Giralda de Fontibón. En estos conglomerados que agrupan distintas oficinas y espacios de atención ciudadana, las bibliotecas complementan, articulan y dan sentido a la oferta de la Alcaldía. En otros casos, bibliotecas como La Peña, ubicada en la calle 5 con carrera 7 este, o la Biblioteca Pública de Bosa, dentro del Centro Comercial Metro Recreo, atienden a las comunidades de sus inmediaciones y se extienden con gran esfuerzo para prestar servicio a los colegios, hospitales, veredas y centros comunitarios circundantes.

Explicar su impacto urbano no es tan fácil, pues estas bibliotecas barriales, y las otras muchas comunitarias, que no forman parte de BibloRed, tramitan con los valores más invisibles y menos populares: el aprendizaje, el crecimiento personal, la libertad de expresión intelectual y creativa. Quizás el lector entienda mejor el valor de una biblioteca barrial si enfoca la mirada un poco más lejos, al sur de Damasco, en Daraya, Siria, ciudad que hasta hace unas semanas estaba acorralada por las fuerzas de Bashar al-Ásad.

En Daraya hay un sótano con 14.000 libros salvados de apartamentos bombardeados; a su alrededor se agrupan niños y adultos que ya no tienen colegio, ni casa y ni un país para pensar en su futuro. En ese sótano, que se mantiene en secreto por miedo a que el régimen dictatorial lo bombardee, los pocos ciudadanos que siguen vivos han encontrado un espacio de esperanza, así como libros para solucionar problemas muy cotidianos: los voluntarios del hospital han encontrado libros que les indican cómo tratar heridas; los profesores, libros para preparar sus improvisadas clases, y los dentistas, libros que les indican cómo extraer dientes podridos. Como dice uno de los usuarios, Omar Abu Anas –quien fue asesinado después del reportaje de la BBC que descubrió esta biblioteca al mundo occidental– “los libros nos motivan a seguir viviendo. Leemos cómo, en el pasado, todo el mundo le dio la espalda a una nación, y cómo ellos lograron sobrevivir. Esos podríamos ser nosotros. Los libros nos ayudan a pensar en cómo será nuestra vida cuando Ásad ya no esté acá. Queremos ser una nación libre. Quizás, leyendo, podamos lograrlo”.

Pues sitios así, que desinteresadamente se dedican a mostrar otros caminos de vida a niños, jóvenes y adultos, en Bogotá solo existen 15, a razón de uno por localidad. Según las cifras citadas por los bibliotecarios barriales entrevistados, sus bibliotecas atienden entre 5.600 y 19.000 usuarios al mes. Una multiplicación rápida y aproximada nos arroja un estimado de 200.000 ciudadanos mensualmente. El 2,5% de la población de la ciudad, si lo dividimos en los presuntos ocho millones de habitantes de la capital. Podemos sumar a esta cifra la atención brindada por las cerca de 170 bibliotecas comunitarias registradas en el directorio de BibloRed, que existen gracias a los esfuerzos individuales y aislados de personas testarudas. ¿Quiénes son esas personas que sirven a sus comunidades en el anonimato? ¿Quiénes son esos usuarios?

Comunitarias de verdad

Son las 2:00 de la tarde y desde la Biblioteca de La Peña se ve el manto de cemento extendido por la Sabana, abajo. Hacia arriba, en los cerros próximos al páramo, está Benposta Nación de Muchachos, un internado para jóvenes víctimas de la violencia, mientras que al sur se encumbra una gran iglesia enchapada en losas brillantes y remates dorados, casi como un templo mormón. Estamos en la zona conocida como Los Laches y a la Biblioteca La Peña, dirigida desde hace un año por Cristina Silva, los chicos ya empiezan a llegar. Primero a la modesta sala de internet –seis computadores a toda máquina lanzando YouTube y Facebook–, luego a la sala infantil, donde en otros tres computadores los más chicos juegan Garfield en línea. Por los corredores van y vienen adolescentes sin uniforme. Muchos son asistentes asiduos, muchachos que desde niños han asistido a la biblioteca que existe hace diez años, pues acá encuentran un espacio seguro y amable donde siempre hay alguien dispuesto a escuchar.

Van a seguir entrando los niños a medida que salgan del colegio, y llegarán más cuando empiece uno de los talleres que se dictan allí. “No les damos refrigerio porque no podemos, y porque no creemos que se deba competir por el hambre de las personas”, explica Silva. Tres auxiliares, un promotor de lectura y ella misma, realizan talleres de programación y videojuego para los jóvenes, talleres de manualidades y animación en stop-motion para los más chicos, maletas viajeras de lectura para los pacientes de un cancerológico aledaño, talleres de lectura en el Berjón, que es el páramo colindante a la biblioteca, sesiones de lectura en el jardín infantil Casa del Pensamiento, dirigido por un cabildo indígena, y hasta clases de informática para chicos con discapacidad cognitiva que quieren ser youtubers. Así, la biblioteca ha extendido su rango de acción y se ha integrado a la comunidad que la rodea, sirviendo de refugio a los niños que estudian solo media jornada, de espacio de interacción a organizaciones artísticas como La Tribu Laches, un colectivo que promueve el hip-hop y la literatura, o Luz de Luna, un grupo de teatro local con el que trajeron espectáculos internacionales del Festival Iberoamericano de Teatro a su barrio.

De los 5.600 usuarios mensuales que atiende La Peña, Silva calcula que el 80% son niños, hijos de vendedores ambulantes, recicladores y otros empleados informales de la zona. Los sábados los niños acompañan a sus papás a vender, pero entre semana pasan la mayor parte de su tiempo ahí. Acabando nuestra visita a la biblioteca, dos niñas de ocho años nos acompañan en el recorrido final. Una de ellas estudia en la escuela vecina a la biblioteca y va todos los días con su hermana menor. Su casa está a 20 minutos del lugar. Todavía lleva puesto el uniforme. La otra niña vive más cerca y ha tenido tiempo de cambiarse. Luce orgullosa jeans, botas y una camiseta de colores. Brincotea alrededor de la fotógrafa, y hace mimos y carantoñas, sin acordarse de que en el ojo izquierdo trae un moretón que ya empieza a desvanecer.

Más lejos de acá, en otra percha que sobrevuela la sabana, se levanta una casa de una planta con murales exteriores. Aún rodeada de potreros, la Biblioteca de la Creatividad se encuentra ubicada en Quiba Guabal, un barrio periférico de Ciudad Bolívar. Su fundador, Iván Triana, decidió hace siete años aportar al desarrollo de su comunidad desde su especialidad, que es la bibliotecología. Según él, su biblioteca comunitaria “un espacio creado para empoderar a niños y jóvenes como líderes sociales y emprendedores, para que ellos mismos creen las soluciones a los problemas de su entorno. Queremos eliminar el asistencialismo y la pobreza mental”. Según Triana, esta pobreza mental ocurre “cuando la gente espera que todo se lo den solo por estar en una comunidad vulnerable, sin ellos hacer esfuerzo ni buscar los medios para satisfacer sus necesidades”. La biblioteca trabaja directamente con cerca de 80 chicos entre los 8 y 17 años.

Esta biblioteca comunitaria se enmarca plenamente en el nuevo modelo que se ha venido promoviendo desde los países escandinavos –quizá donde se encuentren las bibliotecas más vanguardistas del mundo–. En esta nueva definición, la biblioteca no es un lugar pasivo donde los niños llegan a hacer tareas, sino un espacio que propicia encuentros positivos entre los usuarios y que apalanca el desarrollo creativo, social, intelectual y artístico de la comunidad por medio del acceso al conocimiento y la información. Bajo esta perspectiva, la biblioteca promueve el desarrollo de capacidades fundamentales para el mundo actual como es la resolución de problemas y la creación colectiva. La conciencia de este nuevo tipo de biblioteca y del bibliotecólogo está muy arraigada en Triana. “Me mortificaban los comentarios de la gente”, afirma Triana, “que me preguntaba que si para acomodar cajas y libros se necesitaba estudiar. Yo no podía cambiarlo, pues la gente asocia las bibliotecas a un lugar oscuro, aburrido, para hacer tareas. Me preguntaba cómo podía hacer el experimento de posicionar las bibliotecas como un espacio útil para la comunidad”.

En la Biblioteca de la Creatividad, donde se anuncia en las paredes que “la creatividad se aprende igual que se aprende a leer”, los bibliotecarios actúan como mentores, y los chicos son impulsados a encontrar soluciones a los problemas de su vida. Es así como surge el proyecto liderado por Gina Gamba, de 13 años, y sus compañeras Franci y Karen. En la biblioteca, Gina descubrió que por cada tonelada de papel que se recicla se salvan 17 árboles. Su proyecto “Mi papel” consiste en recolectar papel de reciclaje en universidades, colegios y empresas. Con el dinero recogido por medio del reciclaje se sostienen el proyecto, la biblioteca misma y la siembra de árboles en Quiba Guabal. Los bibliotecarios conectaron a Gina y su equipo a distintas convocatorias y estímulos. “Mi papel” ganó la beca Disney Amigos por el mundo así como un fondo de inversión otorgado por la Cámara de Junior Internacional y aliados empresariales para implementar el proyecto.

Al suroccidente de la ciudad se ubica una biblioteca más sui generis, la de Bosa, localizada en el Centro Comercial Metro Recreo, un lugar pequeño al sur de la localidad, me explica Patricia Forero, directora de este espacio hace cuatro años. Entonces y ahora, los espacios culturales en ese sector de Bosa eran inexistentes. En la ciudad-estado de Singapur, donde lo que falta es el espacio, el sistema de bibliotecas ha adoptado como estrategia premeditada de intervención social la creación de bibliotecas dentro de los centros comerciales. En Bogotá, la ubicación de esta biblioteca de Bosa responde a una contingencia surgida por la falta de espacio.

La biblioteca del centro comercial es quizá de los pocos espacios de acceso libre a la cultura y la educación en esa parte de Bosa. “A los usuarios que no conocen otras bibliotecas”, explica Forero, “posiblemente les parece muy normal que la biblioteca esté acá. Muchos aprovechan, y mientras hacen mercado, dejan a los niños en la biblioteca. También estamos al lado de un consultorio de odontología, entonces la gente mientras espera viene a la biblioteca. La verdad es que es un sitio muy seguro. Los niños, que son los mismos hijos de los comerciantes, llegan solitos”. Al igual que sus bibliotecas hermanas, la de Bosa extiende sus servicios por fuera del local, atendiendo talleres de lectura en jardines infantiles y colegios, sesiones de lectoescritura en salones comunales, actividades culturales en los Clanes, capacitaciones en alfabetización informacional y experiencias culturales en otras instituciones amigas. “¡Es que ya no damos!”, exclama Forero cuando indago sobre la asistencia. Entre 500 y 600 personas entran a la biblioteca diariamente, lo que equivale a cerca de 15.000 usuarios mensuales.

La orientación social de la biblioteca barrial La Victoria, ubicada en el PAS de San Cristóbal, es de otro tenor. En esta biblioteca amplia e iluminada, se dan encuentro adultos mayores que leen la prensa, jóvenes que toman clases de inglés, niños en sesiones de lectura en voz alta una tarde cualquiera de miércoles. Felipe Bedoya dirige desde hace tres años una de las bibliotecas más antiguas de la ciudad. Fundada en 1979, la Biblioteca La Victoria atiende hasta 19.000 usuarios al mes, y ofrece actividades de formación para todas las franjas de edades, desde niños en preescolar hasta adultos mayores analfabetos que por primera vez se encuentran con la palabra escrita en un espacio abierto y comprensivo.

La biblioteca está en el corazón de los servicios administrativos de la localidad. En un espacio que congrega teatro, dos hospitales, piscina y centros de atención comunitaria, la biblioteca obligatoriamente se inserta en la dinámica social de la comunidad. No le son ajenos los problemas de género en una localidad donde el feminicidio y el abuso contra mujeres son rampantes. Así, los bibliotecarios –tres auxiliares, un promotor y un director– han realizado jornadas con la Secretaría de Educación para identificar y apoyar a la población desescolarizada; han organizado junto a la Secretaría de la Mujer, actividades como la Semana de la No Violencia a la Mujer y la presentación de un libro que cuenta la historia de Rosa Elvira Cely, la mujer ultrajada a muerte en medio del bosque del Parque Nacional. “Nos veían como un programa más de la Secretaría de Cultura”, afirma Bedoya, “pero cuando empezamos a participar en otras actividades, descubrieron que la biblioteca podía ir más allá de la lectura”.

Sin duda, la experiencia más impactante de esta biblioteca ocurrió en agosto de 2015, cuando organizaron, con la participación de una de las pandillas locales que tenía amenazado al PAS, una jornada de paz y reconciliación. Después de que un guardia del PAS asesinara a uno de los miembros de la banda Los Guacamayos, sus colegas empezaron una campaña de amenazas y hostigamiento. Ante una situación que invitaba a una respuesta represiva, la biblioteca lideró una intervención de otro orden. Por medio del diálogo, los bibliotecarios lograron integrar a Los Guacamayos a la biblioteca, al punto de que estos participaron en la jornada de paz de agosto de 2015, donde se realizaron, charlas en contra del feminicidio, la lectura en voz alta de un libro de crónicas que conmemoraba la muerte del guacamayo a manos del vigilante y la entrega simbólica de una antorcha al PAS de Bosa, donde estaban sufriendo problemas similares.

Mientras me relata esta historia, Bedoya baja la voz, cambia el tono, y aún duda si sentir orgullo o miedo. No están en un lugar fácil. A la biblioteca se llega recovequeando entre las callejuelas de San Cristóbal, subiendo y bajando por entre la montaña, atravesando barrios que cuestionan por completo las aspiraciones metropolitanas de la capital. Bogotá es esto también: una extensión incierta de barrios y galladas, gente venida de tantas regiones y con tantos problemas que es fácil minimizar el impacto de un espacio así: abierto, libre y desinteresado, donde los chicos pueden reunirse a escuchar un cuento de boca de Ángela Mesa, promotora de lectura.

Finalizando nuestra entrevista, le menciono la biblioteca secreta de Siria a la promotora Mesa y su jefe, Felipe Bedoya. También han escuchado de esta biblioteca heroica, quizá porque se sienten identificados. Les pido que expliquen en qué se diferencia una megabiblioteca de una barrial. “Las bibliotecas grandes son más chiquitas que nosotros”, afirma Mesa. “¡Son muy frías!”. Y sin titubear, me transmite su mensaje, cargado de orgullo, rebeldía y esperanza: “El territorio es un libro que merece ser leído. San Cristóbal tiene un capítulo rural, uno indígena, uno urbano. Y tiene también el signo de la estigmatización”. Seguro eso es lo que hacen estas pequeñas bibliotecas que nadie ve: proponer otra forma de leer y de interpretar la vida y sus dificultades.

*Literata.

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