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Del tiempo verbal en la narración de sueños

¿Estamos diciéndonos que no hay un tiempo en el sueño sino un espacio, y que en ese espacio nada pasa sino que todo sigue ocurriendo eternamente, así como lo vimos, aun cuando no estemos en ese espacio como espectadores?

2017/07/27

Por Carolina Sanín

Yo entraba en un Carulla a comprar pinturas en aerosol porque quería hacer grafiti. Afuera se quedaba esperándome mi amigo P, que había tenido la idea de que escribiéramos en las paredes de la calle y que, para animarme, me había mostrado un recorte de periódico en el que aparecía la foto de una pared pintada con una frase ingeniosa. En el supermercado vendían pintura roja, amarilla y azul, y, justo cuando yo estaba preguntándome si sí valdría la pena comprar la amarilla, pues tal vez no sería lo suficientemente visible sobre la pared blanca, oía que P me decía al oído: “La amarilla es la que es”. Entonces, de repente, recordaba que debía recoger en la oficina de correos, que también estaba dentro del supermercado, unas radiografías que el médico me había ordenado y que yo había mandado a hacer “donde Fellini”. Recogía las radiografías en una ventanilla que quedaba junto a los productos congelados. Federico Fellini me las había enviado desde Roma en un sobre marcado con su nombre y del que yo empezaba a presumir en el supermercado. Me encontraba con mi amigo L y le decía: “Vea, tengo unas fotocopias hechas por Fellini”. Él abría el sobre, pero adentro, en lugar de las radiografías que yo había pedido, y en lugar de las fotocopias que anunciaba, encontraba unas fotos viejas y mal reveladas, tomadas en una fiesta, en las que no salía Fellini sino Bernardo Bertolucci. Como yo no llevaba dinero suficiente para pagar por ellas y además por las pinturas, me veía obligada a dejar en prenda todas mis prendas. Me iba a continuación en calzones a un almuerzo.

Soñé eso en la noche del sábado pasado, y no lo cuento para aburrir a la lectora (pocas cosas son tan aburridoras como oír a alguien contar sus sueños: sépanlo), ni para hacer alarde de la frondosidad de mi inconsciente —que sería como alardear de la propia digestión, sin que se sepa siquiera si es buena o mala—, ni porque mi psicoanalista esté de viaje —aunque es el caso—, ni porque es la primera vez que recuerdo haber soñado con colores, ni para exponerme e invitar a la lectora a que interprete mi sueño y me conozca más que cuanto me conozco yo —que también debe de ser el caso, porque si uno muestra el inconsciente así, sin que nadie se lo pida, seguramente tiene motivos inconscientes—. Lo cuento para ilustrar uno de los usos que más me intrigan del español —y uno de los que más me gustan, aunque estoy tratando de moderarme en el uso del verbo “gustar”, del que he aprendido a desconfiar precisamente gracias al psicoanálisis—: el que contemos los sueños en imperfecto. No sé si algún lingüista lo haya notado y lo haya interpretado.

En castellano no damos cuenta de las acciones de los sueños en el pretérito simple, como damos cuenta de las acciones cumplidas, completadas. No decimos: “En mi sueño compré unas pinturas y luego recogí un sobre”. Tampoco contamos los sueños en el presente histórico, como diríamos: “Colón les escribe una carta a los Reyes Católicos, en la que dice…”, ni en el presente en que contamos los chistes: “Se encuentran en un bar un judío, un musulmán y el papa…”, ni en el presente en el que relatamos lo que hemos leído en un libro o visto en una película —uso que también, por cierto, me intriga—: “Entonces la madre se enloquece y se pone a gritar en la mesa del almuerzo y les dice que les va a meter a todos estricnina en la sopa” (escena de Amarcord, del mismo Fellini que antenoche no fue capaz de mandarme las radiografías que yo necesitaba). Aunque a veces en la traducción de libros de psicología al castellano leemos que los pacientes cuentan en presente sus sueños, en la realidad no traducida eso solo ocurre cuando se trata de un sueño recurrente: “A veces sueño que estoy una casa a la que siempre le salen nuevas habitaciones que no conozco. Sé que en una de las habitaciones hay una mujer en una cama, la dueña de la casa, pero no siempre la encuentro”.

Contamos los sueños en el pretérito imperfecto, que se usa para designar acciones no completadas —o al menos cuya culminación es incierta—, o acciones que en el pasado realizábamos continuamente, como hábitos o costumbres, o acciones que sirvieron de contexto para otras acciones que fueron simultáneas a ellas (“Podaba las rosas cuando me clavé la espina”). ¿Qué estamos diciendo sobre los sueños al contarlos en imperfecto? ¿Estamos constatando la simultaneidad de acciones, es decir, que mientras hacemos cosas en sueños, en la “realidad” estamos haciendo otra cosa (dormir)? ¿O estamos enunciando la paradoja de que las acciones que parecen insólitas en los sueños significan precisamente lo contrario, hábitos y costumbres, los patrones de nuestra vida? ¿O estamos diciéndonos que no hay un tiempo en el sueño sino un espacio, y que en ese espacio nada pasa sino que todo sigue ocurriendo eternamente, así como lo vimos, aun cuando no estemos en ese espacio como espectadores?

Podría rematar esta columna poniéndome la mano imaginariamente en el mentón, acariciándome la barba (que a veces tengo en sueños y un poquito también, ¡ay!, en la realidad) y diciendo algo así como que “me pregunto en qué tiempo habremos de contar ahora la guerra los colombianos, durante el posconflicto: ¿En el imperfecto, que es el tiempo en el que se cuentan los sueños y las pesadillas, que pueden volver y siempre están presentes, aunque sucedan en otro lugar? ¿O en el pretérito simple, que indica lo pasado y acabado? ¿O en el presente histórico, para hacerla más vívida? ¿O en el presente del relato de segunda mano, con el que contamos el cuento o la película que otro ha compuesto?”. Pero esta no es una columna sobre actualidad nacional, sino una reflexión acerca de la actualidad en la narración de los sueños.

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