Stalin, en 1917. / Vladimir Uliánov (Lenin), en febrero de 1900. / León Trotski, en 1917.

Lenin, Stalin y Trotski

Durante el último siglo, los tres primeros líderes de la Unión Soviética han sido sepultados, exhumados, apropiados y condenados por todo tipo de políticos. Desde 1917, sus figuras, al igual que el comunismo, rondan como fantasmas alrededor del mundo. ¿En qué consiste su legado?

2017/02/24

Por Hernán Darío Correa* Bogotá

Desde hace casi 170 años, cuando salió el Manifiesto comunista, su ideología política se viene tomando como un asunto de fantasmas, quizás a partir de su primera frase: “Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del comunismo…”. Se trata de algo al mismo tiempo tan poco conocido como temido, tergiversado, rechazado o relanzado como inminente y de providencial aparición, es decir, como derivado de una sobrenaturalidad histórica que ante todo expresa una profunda religiosidad de sus enemigos, pero también de sus propios amigos a pesar de haber estado ligada a una época y a un empeño intelectual en los cuales se intentó la crítica de la religión como punto de partida de la política.

Lo que nunca imaginaron aquellos panfletarios era que a lo largo del siglo siguiente iban a convertirse ellos mismos, y sus seguidores, y no solo su causa, en unos verdaderos fantasmas para el mundo pero también para ellos mismos, pues han sido una y otra vez sepultados y exhumados por imaginaciones febriles en los momentos de crisis social, política o personal en la mayor parte de los países del mundo.

Cuando después del primer atentado que sufrió León Davidovitch Bronstein, nocido como Trotski, le preguntaron si tenía alguna sospecha de quién podría haberlo perpetrado, este, con ironía, sorna y elegancia que solo quienes han leído sus obras podrían entender, le pidió al policía que se acercara y le dijo al oído: “Josef Stalin”. Habían pasado apenas 40 años desde cuando lo había conocido en un oscuro cuarto clandestino en Moscú donde unos pocos militantes imprimían en una imprenta manual el periódico Izkra (Chispa), fundado por Vladimir Ilich Uliánov, conocido como Lenin, en el cual, según el testimonio del primero, ambos discutían sobre filosofía o política mientras Stalin escasamente balbuceaba uno que otro monosílabo y manipulaba el aparato; y donde a comienzos del siglo XX publicaron el otro famoso opúsculo que emulaba el título de un pequeño ensayo de Tolstói de unas décadas atrás: ¿Qué hacer?

Aquellos jóvenes, que en ese momento apenas rondaban los 20 años, y que habían nacido en diferentes provincias del entonces imperio zarista ruso, nunca imaginaron que serían los dirigentes de una colosal transformación social que se proyectó al mundo entero y en menos de 70 años llevó a un conjunto de países desde el arado de madera hasta el sputnik; ni que como fantasmas serían convertidos en héroes o villanos por propios y ajenos durante un siglo que no ha dejado de convocarlos en un extraño juego de güija política para condenarlos o reafirmarlos desde la evanescencia de sus figuras. Támara Deustcher escribió en 1970 en un prólogo a uno de los libros de su esposo: “(Isaac) decía, parafraseando a Carlyle, que su labor de biógrafo de Trotski consistía en extraer a su personaje principal ‘de debajo de una montaña de perros muertos, de una inmensa carga de calumnia y olvido’; y en su biografía de Lenin, Isaac, que detestaba todas las ortodoxias, concibió que su tarea consistía en extraer a su personaje principal de debajo de una inmensa carga de iconografía y de ortodoxia asfixiante”.

Manes de un país profundamente religioso, como lo refirió otra rusa, Lou Andrea Salomé en su autobiografía; pero también de un siglo que Burckhardt anunció como de grandes simplificaciones, y que como tal repitió al infinito el modelo de Carlyle sobre el héroe como divinidad, profeta, literato, poeta, sacerdote o rey, para sustituir la necesaria explicación sociológica del papel de figuras como Lenin y Trotski, y un poco después como Churchill, Roosevelt y Stalin, quienes se encontraron sobre las cenizas de Hitler y Mussolini. Así, Lenin fue asociado fantasmalmente a su papel de diseñador del partido como supuesto instrumento del éxito de la revolución socialista; Trotski acusado y condenado a muerte por traidor, o elevado a la condición de profeta de la revolución permanente; y Stalin convertido en el padrecito salvador de la Madre Patria a nombre de la supuesta revolución mundial, después de haber dirigido la masacre de los intelectuales, artistas y revolucionarios de varios países que no pudo soportar a su lado.

En efecto, en una Rusia de mentes brillantes como la de Mendeliev, que ideó la tabla periódica, o la de quienes sentaron las bases de la matemática moderna o forjaron las cumbres de la literatura mundial, “Stalin no encontró jamás su camino personal hacia la vida pública, y por eso acabó colmando y controlando todos los lugares desde el poder ejercido autocráticamente, en un proceso en el cual el partido acabó reemplazando al proletariado que decía representar, el Comité Central al partido, y el Secretario General al Comité Central”, como escribe Deutscher en Stalin. Se trató de un proceso resultado de complejos factores, pero en el cual se impuso la desconfianza como principio político desde la base de la teoría del partido como sucedáneo de la “impotencia” del proletariado, cuyo “espontaneísmo” sería ciego mientras el partido no lo elevara hasta la política, como diría más o menos Lenin en franco debate con Rosa Luxemburgo, quien fue sacrificada en Berlín en 1919 justo cuando todos esperaban una revolución en ese país capitalista desarrollado que le diera salida a la sitiada y naciente Unión Soviética.

Esa desconfianza los extravió a los tres en diferentes momentos y proporciones: solo que Stalin, el hombre del aparato, la llevó a simas gigantescas, las del viejo cristianismo fundamentalista en uno de cuyos seminarios se formó en su primera juventud, con base en principios como “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, e hizo un pacto de no agresión con Hitler; “el fin justifica los medios” y estimuló el enriquecimiento del campesinado para después ejecutar fríamente a millones en función de la colectivización; o “quien no está conmigo está contra mí”, y ejecutó o desterró a Siberia a dos generaciones de revolucionarios. Hasta el punto de que Trotski, con su agudeza, apenas nacía el debate, escribió el ensayo Su moral y la nuestra donde revela los orígenes jesuíticos de quien revivió esas máximas de la empresa católica de la contrarreforma; pero su lucidez no le impidió vivir extravíos relativamente similares, como el cruento episodio de la represión de los marinos de Kronsdat en los años más álgidos de la revolución bolchevique.

Para llegar hasta esas honduras estalinistas, habían tenido que pasar los diez días que conmovieron al mundo en 1917 (ver el libro de John Reed); la guerra civil e internacional contra la revolución bolchevique de tres años durante la cual ocho países se aliaron contra los insurgentes campesinos, obreros y soldados de Rusia con una violencia que produjo casi un millón de muertos y que dejó en el camino a los mejores dirigentes populares que hicieron falta para la construcción de lo que venía, facilitando el sucesivo control de los aparatos burocráticos en una Rusia que había reinventado la Comuna como forma de gobierno, llamada Soviet o Consejo. Doce años antes, en el llamado por él mismo “ensayo general” de 1905, un joven de 23 años, que ya empezaba a ser conocido como León Trotski, había dirigido sus sesiones en San Petersburgo, y frente al tribunal que lo hacía responsable de las muertes ocasionadas por la represión zarista, partió aguas sin saberlo respecto del camino que años después tomó Stalin, cuando exclamó: “No es la disposición para matar, sino la disposición a morir lo que nos guiaba y lo que a la postre garantizará el triunfo de la revolución proletaria”.

Ese joven, estudioso de las matemáticas en el Liceo, escribió mucho después uno de los más hermosos libros de la literatura europea, Mi vida, y en su primera juventud había escrito una serie de ensayos compilados en el libro Literatura y revolución (París, Ruedo Ibérico, 1971), donde rebatía la tesis de los socialdemócratas de varios países sobre la necesidad de un supuesto arte proletario, pues el arte no podía ser programado ni mucho menos inspirado por un aparato de propaganda. Unos pocos años después, entre 1917 y 1919, Trotski organizó y comandó el ejército rojo que derrotó a la “Rusia Blanca”, para después ser borrado de los textos y fotos de la historia oficial soviética por la policía secreta del régimen de Stalin.

Para entonces, ya entrados los años veinte, también había muerto Lenin y estaban siendo detenidos y juzgados o desterrados los más esclarecidos dirigentes del partido bolchevique, caracterizado hasta entonces por una enorme producción intelectual, ahora diezmado por las órdenes de aquel responsable del atentado y luego del atroz asesinato de Trotski a manos de un hombre que también adoraba los perros, según decir de Leonardo Padura en su novela del mismo nombre, en la cual este agudo crítico del espíritu estalinista exhumó al mismo tiempo a dicho dirigente y a su asesino desde la entraña de La Habana.

Habría que agregar que la significación real de la figura fantasmal de Stalin, el único que en vida se convirtió en fantasma para todos, hasta para su propia hija (ver el libro de Svetlana Stalin), tuvo que ser exhumada y recuperada desde una montaña de sangre, miedo y silencio por sus propios lugartenientes: Jrushchov denunció sus crímenes en el XX Congreso del Partido Comunista, en 1956, en un proceso de búsqueda de transparencia que se demoraría hasta finales de los años ochenta, cuando cayó el muro de Berlín.

Así aquellos fantasmas se proyectaron hasta el final de siglo. Y cuando en los años sesenta y setenta un joven aspirante a participar en la política contemporánea quería conocer a los clásicos, ya no solo debía abordar a Maquiavelo, a Locke o a Hobbes, sino también aquel Manifiesto, y los libros de Lenin El Estado y la Revolución o Las tesis de abril; de Trotski, Historia de la revolución rusa, o La Revolución permanente; y debía revolcar los estantes para encontrar una escasa referencia de Stalin como autor, con un texto mediocre sobre La cuestión nacional.

Un poco más adelante, los embates de Mayo del 68 y las luchas tras la cortina de hierro, y los nuevos desarrollos del pensamiento crítico fueron decantando asuntos aún hoy vigentes, como el origen del terrorismo en la Revolución francesa (el jacobinismo que tan bien estudió Lenin en el archivo nacional en París), y no tanto en la que ahora se denomina genéricamente como “izquierda”. Ya para esas calendas obras como Adiós al proletariado, de André Gorz, Olvidar a Lenin, de Francois George, o películas como Adiós, Lenin, de Wolfgang Becker, que en 2003 batió record con seis millones de espectadores en una Alemania reunificada, junto con los libros de E.H. Carr o Deutscher, fueron recuperando otros aspectos de la historia de aquellos personajes: Lev Bronstein, el joven de clase media cuya familia fue reencontrada por Amos Oz en el vecindario de su infancia en Israel (Una historia de amor y oscuridad), en los años treinta había sido acogido de su exilio forzado por Breton, Diego Rivera y Frida Khalo en México; y Vladimir Uliánov, hijo de un padre maestro rural y de una madre de origen alemán y sueco, había sido estudioso del latín, amante de la música y del ajedrez, lector voraz de Pushkin, Lérmontov, Nekrasov, Gogol, Tolstói y Turgueniev, escritor prolífico que se encerró durante años a estudiar filosofía y a escribir en Zúrich, donde aún existe el café que frecuentaba; y el seminarista de Bakú, que lo embalsamó y después fue embalsamado, dio paso a la peste política conocida como “culto a la personalidad”, y fue deificado por un pueblo profundamente religioso agobiado por guerras devastadoras en menos de 50 años, en una gesta de salvación –la derrota del nazismo–, que como un velo ocultó sus crímenes dentro de la Unión Soviética apenas por dos décadas.

Ahora, cuando la humanidad enfrenta una verdadera crisis civilizatoria, con guerras antes que revoluciones permanentes instaladas en sus rutinas de poder y de riqueza, afronta tragedias similares detrás de aquellos héroes afortunadamente develados, pero cuenta con la agudeza del pensamiento crítico y de la historia como disciplina, que dejan aflorar las vidas de seres humanos concretos detrás de esos fantasmas que en realidad no son más que nuestros propios fantasmas.

Lea aquí todo el especial del centenario de la revolución rusa.

*Sociólogo

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