Portadas de los libros mencionados.

De libros fabulosos (que nunca se vendieron)

"Otro libro invisible. Otro libro que inunda bibliotecas de no usuarios mientras los investigadores de Bogotá pasan saliva." Nicolás Morales sobre los libros del Estado, los cuales no circulan.

2017/03/24

Por Nicolás Morales

La primera vez que escuché que los libros del Estado no circulaban fue en mi vida de universitario. Buscábamos desesperadamente En canoa del Amazonas al Caribe escrito por Eduardo González, Ana Cecilia Montoya, Roberto Franco y Polidoro Pinto y editado por la Presidencia de la República en los años noventa. Fue entonces cuando nos contaron que el gobierno de turno decidió esconder en la bodega de la presidencia este poderoso libro que incluía crónicas y documentación de las tierras bajas y algunas denuncias científicas sobre la crisis ecológica y étnica que vivía la región. Al parecer, lo regalaron luego a escondidas a embajadores, pues nadie pudo nunca más conseguirlo.

Los libros importantes editados por el Estado siempre tienen una suerte de perros. Como no se pueden vender, su distribución es un albur. Y casi ninguno se salva. Que un político se interese en un autor de renombre puede ser trágico. La vicepresidencia de la república en cierto gobierno tuvo un interés loable por el conocimiento y la ciencia. Pero en su empeño literalmente asesinó una de las mejores etnografías de un colombianista del siglo xx: Música, raza y nación, de Peter Wade. Fue regalada entre amiguetes, políticos y un par de bibliotecas, pero su venta en librerías estuvo prohibida, lo que hizo que nadie, o casi nadie, conociera este trabajo.

En Colombia, a veces, que un libro gane un premio del sector público puede ser una gran catástrofe. Pienso en dos libros que los amigos de Facebook me recordaron: Historia de Orocué, de Roberto Franco, investigador trágicamente desaparecido, reconocido con el Premio Ecopetrol y que esa empresa al parecer repartió en un bingo bailable de trabajadores, a pesar de ser un gran libro académico. Un segundo caso ilustra un premio del distrito que es, entre los literatos, un caso paradigmático: El don de Juan, de Rodrigo Parra Sandoval. Por razones misteriosas, la mayoría de los ejemplares se quedó en cajas en unas bodegas y muy pocos circularon, lo que volvió el libro casi un mito de la literatura.

Por cierto, hace poco el Concejo de Bogotá sacó una edición facsimilar de los dos tomos del Manual de urbanismo, de Karl Brunner, de 1938, que, según el chisme, fue el primer manual de urbanismo en Suramérica. Esta edición no salió a la venta sino que se repartió entre entidades y amigos de los políticos distritales. Otro libro invisible. Otro libro que inunda bibliotecas de no usuarios mientras los investigadores de Bogotá pasan saliva. Lamenté mucho el no lugar de Una historia del libro ilustrado para niños en Colombia, un libro precioso hecho por la Biblioteca Nacional, que no debió ser fácil producir y que hubiera tenido una muy buena vida en las librerías. Además, porque contó con una pléyade de expertos, como Camilo Umaña, Diana Castellanos o Silvia Castrillón. Lo vi de reojo en la casa de un funcionario que solo lo quería para adornar la sala. Seguro lo repartieron en algún coctel de iniciados. Hoy ni siquiera en las librerías de viejo se encuentra. Recientemente el distrito tuvo el peor caso de todos. Me dicen que de El impúdico brebaje. Los cafés de Bogotá 1866-2015, de Mario Jursich (editor) se hizo una tirada irrisoria de 450 ejemplares y que ninguno salió a la venta. Hacen semejante investigación, contratan un superlibro y todo va a las bodegas de ratones o es repartido como canicas entre los funcionarios. Los libros terminan en manos de no lectores. Así que debe haber muchos concejales felices con el tomo en sus bibliotecas. Otro caso que me pareció un verdadero desperdicio fue la edición del Ministerio de Cultura de Teatro y violencia en dos siglos de historia de Colombia, de Carlos José Reyes. No estoy en la lista de obsequios de esas oficinas. Duré semanas buscando este primer tomo y simplemente claudiqué. Era un libro que debió ir a librerías, como es natural en los ciclos editoriales, pero al que hoy están matando con una circulación clandestina.

Hace dos décadas, cuando se potencializaron las editoriales públicas de los institutos Colombiano de Antropología y Caro y Cuervo, los funcionarios que atendieron esos proyectos editoriales tenían una solo certeza: los libros se deben vender, no regalar. Lograron convencer a los jurídicos y desafiar a viceministras tercas para que nacieran esas bellas editoriales con libros “vendidos”. En cambio, cuando los lotes de libros prodigiosos se obsequian todo pierde sentido. He mencionado algunos, pero hay cientos más. He visto esos ejemplares de la car o del Archivo Histórico Nacional feriados en ciclovías nocturnas. He visto libros de ministerios en sarcófagos. Cuando los libros no tienen canales comerciales ni de distribución, su autor, sus lectores y sus intermediarios mueren. Y claro, de paso nuestros impuestos.

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