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Los límites del ecologismo

¿Cómo se transmite con eficacia un mensaje ambientalista? Ante la necesidad de “salvar el planeta”, se suponía que todos olvidaríamos nuestras diferencias y nos concentraríamos en alcanzar el bien común. Ya que tales esperanzas han resultado infundadas, ¿no convendría cambiar nuestros métodos de persuasión?

2017/07/27

Por Mario Jursich Durán

Aprovechando que desde el 22 de mayo está en Netflix, volví a ver una resistida película documental estrenada en 2015, dirigida por Mike Slee y producida por el Grupo Éxito, la Fundación Ecoplanet y la productora británica Off The Fence. (Sí, estimado lector, estoy hablando de Colombia, magia salvaje).

Con seguridad, verla en mi casa, en un televisor mediano y sin surround system (es decir, sin los efectos de espectacularidad con que la vimos todos en el cine) fue lo que me hizo advertir algo que no había detectado en primera instancia: que el documental es, por encima de cualquier otra consideración, el fruto esquivo de dos proyectos claramente antagónicos, aunque dirigidos por una misma persona.

Si uno nada más se fija en la pista de video, encontrará que Mike Slee es un competente y en ocasiones sugestivo director cinematográfico. Incluso detestando la película, Colombia, magia salvaje tiene tramos de indudable belleza, en los que el espectador no solo se siente arrobado por la hermosura de las imágenes que está viendo, sino transportado a una especie de dimensión mística.

Para efectos prácticos, apenas importa considerar que esa hermosura sea convencional y el resultado de algunos dispositivos técnicos actualmente en boga. Yo supongo que en 2012, cuando Slee contactó a los hermanos Jensen del SkySightRC (una compañía gringa especializada en tomas aéreas de deportes náuticos como el rafting), el uso de drones debía verse como el nec plus ultra de la industria. Pasados apenas cinco años, lo que vemos es que el “ojo de águila” no solo no ha traído ninguna novedad importante al cine, sino que se ha convertido en el sello inocultable de la pereza fílmica.

(Le sugiero al lector el siguiente ejercicio: compare en su cabeza las tomas de la Sierra Nevada de Santa Marta hechas por Slee con las filmadas por Ciro Guerra en Los viajes del viento (2009): enseguida notará que mientras el primero es un fabricante de belleza acostumbrada, el segundo tiene un don casi innato para ver el paisaje con ojos frescos).

Ahora bien, si en vez de fijarnos en la pista de video nos concentramos en el audio de Colombia, magia salvaje, descubriremos que Slee es, además de ese predecible pero hábil productor de lugares comunes visuales, un guionista lleno de ripios y un pésimo poeta. Con eso no me refiero únicamente a que su guion sea una catarata de superlativos (“supera todo lo imaginable”, “los incomparables picos”, “el don deslumbrante”, “un teatro mágico de luz y vida”, “una imposible floración de colores”), sino también a que esté lleno de sonrojantes frases pseudolíricas: “El serpenteo tranquilo de las aguas acaricia el bosque”, “los ibis escarlatas se congregan en sus altas perchas”, “el cóndor alza su vuelo sobre estas perlas glaciales”.

Naturalmente, con estas frases se intenta mostrar que el nuestro es un país excepcional en términos biológicos, pero al acudir una y otra vez a las hipérboles lo que se logra es justamente lo contrario. Para el ego nacional podrá ser reconfortante oír que Caño Cristales es “el río más hermoso del mundo”; desde el punto de vista científico, la frase no vale ni siquiera el papel en que fue escrita.

Y esto me lleva a lo que yo creo que es el meollo del asunto: ¿Cómo se transmite con eficacia un mensaje ambientalista? La fórmula clásica del ecologismo ha sido siempre exhibir un paisaje muy bello y luego advertirle al espectador que ese paisaje está en peligro. Es posible que en alguna época tal procedimiento haya calado entre el público; hoy en día, si acaso, produce un encogimiento de hombros.

La razón para que sea así tiene que ver con la pérdida de la inocencia en cuanto a que todos estemos de acuerdo con la conservación de los recursos naturales (no, no lo estamos), pero sobre todo con que esas admoniciones se revelan particularmente inútiles a la hora de enfrentar los dilemas contemporáneos. ¿En qué sentido le puede ayudar a un campesino –o al votante de una consulta popular– el mensaje ecologista de Colombia, magia salvaje cuando está frente a la disyuntiva de escoger entre minería o conservación o, para formularlo en términos económicos, entre el interés individual de maximizar ganancias y el interés común de usar los recursos de manera sostenible? Más aún: ¿Se trata en verdad de una disyuntiva? ¿Qué política pública cabe instaurar cuando los ecosistemas donde hacía presencia las Farc –y que por eso mismo se habían mantenido vírgenes– están ahora mismo siendo invadidos por toda clase de expoliadores del medioambiente?

La ecología siempre tuvo el anhelo de ser suprapolítica. Ante la necesidad de “salvar el planeta”, se suponía que todos olvidaríamos nuestras diferencias y nos concentraríamos en alcanzar el bien común. Ya que tales esperanzas han resultado infundadas, ¿no convendría cambiar nuestros métodos de persuasión? Esa es la razón por la que decepciona tanto Colombia, magia salvaje: no porque sea un mal documental, sino porque termina justo donde debería haber comenzado.

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