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Messi artista: la teoría del hombre perro

"Bajo los esquemas de la fama, de la infamia, de la admiración o el desprecio, el asesinato del arte puede adquirir muchas formas. Es una violencia soterrada que se ejerce desde la vulnerabilidad e inquietud que su libertad genera."

2016/07/28

Por Lucas Ospina

Las fotos de Leonel Messi en una playa en Ibiza –en una moto de agua, en un yate acompañado de sus dos hijos o con su mujer sobre una solitaria tabla de surf en el mar mientras ella le masajea la espalda con los pies– suben y bajan en la marea viral de la actualidad con igual intensidad que la noticia del tribunal español que condenó al futbolista por evasión de impuestos.

Sus abogados califican el fallo de incorrecto, dicen que Messi & Co fueron mal asesorados, y que el ídolo, uno de los máximos contribuyentes al fisco, pagó los cuatro millones de euros que debía al ser reportado de la inconsistencia. Ellos esperan que el derecho eclesiástico –“el que peca y reza, empata”–, opaque al principio jurídico –“la ignorancia no exime del cumplimiento de la ley”–.

El club del futbolista lanza en redes la etiqueta #TodosSomosLeoMessi, un marcador que el Sindicado de Técnicos de Hacienda califica de “irresponsable” y cuestiona al FC Barcelona por una campaña pedagógica que arropa el delito bajo el espíritu de cuerpo deportivo. Manuel Mandianes, en “Cuando el mito es intocable”, pela y pica la cebolla de esta tragicomedia y muestra a Messi como figura de culto: “La mayor catástrofe” para un creyente es “que su ídolo, su mito, su héroe sea manchado porque el mito, sujeto de identificación, ni se cuestiona ni se critica y menos se mancha”. Mandianes concluye: “Por ello, el Barça y los hinchas culés harán lo que sea por salvar al mito”.

El debate se extiende a la tensa relación entre España y Cataluña, a cómo otros ídolos –deportistas y realeza–, cercanos a la esfera del poder madrileño, han sido tratados con menor dureza; el nacionalismo aroma el ambiente. “El nacionalismo es como un pedo, solo le gusta al que se lo tira”, decía el escritor catalán Josep Pla, la identidad no es una buena trinchera para regir el incesante desmarque de la representación estética.

La colección de uniformes y guayos 2016-2017 que lucirá el astro Messi bajo la constelación Adidas-Barcelona está ya para la venta, alimenta la ilusión de infantes, adolescentes y rodillones de todo el planeta, las multinacionales ven el mundo como una gran pelota, la ética como una zancadilla y para ganar meterán el gol mercantil a las patadas –y hasta con la mano– en la portería emocional del consumidor.

La zarzuela de Messi fue precedida por el tango de la nueva debacle de la Selección Argentina en la Copa América. Un nuevo título se pierde en la final, y se suma al del evento anterior y al del Mundial de Fútbol “carioca” de 2014, en el que los “gauchos” perdieron ante los “teutones”. En Argentina a Messi le dicen “pecho frío”, le reclaman el contraste entre lo ganado con el Barcelona y lo perdido con su selección natal. Este novelón se acentuó cuando el futbolista erró su tiro penal y camino al camerino se desahogó: “Ya está, lo intenté mucho, es increíble pero no se da. Se terminó para mí la Selección”.

Ante la corruptela contable y filosófica de la burocracia del deporte, y la impostura de más y más futbolistas que privilegian el histrionismo y no el rendimiento atlético, es bueno volver a leer “La teoría del hombre perro”, que aventuró Hernán Casciari, editor de la revista Orsai, al calor del Mundial, hace dos años.

Casciari navega por internet, ve videos de Messi y cae en un compilado extraño: “El video muestra cientos de imágenes –de dos a tres segundos cada una– en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal”. Messi le recuerda a su perro de infancia, un animal impasible que solo se aguzaba cuando jugaba con una esponja: “Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes”. Dice Casciari: “Messi es un perro. Bate récords de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la fifa nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja”.

La “teoría del hombre perro” es liberadora porque vuelve la mirada al escenario de la libertad y del arte, de la pura experiencia sin juicios ni ataduras. Un artista vive fugazmente ese momento poderoso, una actualidad efímera, engrandecedora, comprensiva. El arte, en ese instante, es la epifanía de la libertad, lejana a toda suerte de retórica y romanticismo, e incluso peligrosa, como señala el personaje de Jack Nicholson en la película Easy Rider: “Hablar sobre la libertad y ser libre son dos cosas diferentes… No vayas a decirle a alguien que no es libre… Se enfurecerán y querrán matarte para demostrarte que lo son”. 

Bajo los esquemas de la fama, de la infamia, de la admiración o el desprecio, el asesinato del arte puede adquirir muchas formas. Es una violencia soterrada que se ejerce desde la vulnerabilidad e inquietud que su libertad genera. La normalidad siempre se impone, siempre está al acecho. Cualquiera puede ser hallado culpable de incumplir alguna obligación fiscal o normativa mundana. Ver a Messi jugar en la cancha es una lección incesante para no olvidar dónde está el arte en este y otros juegos.

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