León de Greiff, en el café El Automático. Cortesia El Espectador.

La memoria de las calles

A mediados de 2016, la Gerencia de Literatura de Idartes creó 'Literatura, Bogotá y memoria’, una ruta literaria por el centro de la capital que busca difundir sentido de pertenencia a través del patrimonio urbano y arquitectónico de la ciudad.

2017/04/22

Por Daniella Tejada García* Bogotá

Para leer y comprender a Bogotá existe un recuento nutrido de anécdotas y sucesos que han ocurrido en sus calles, librerías, cafés o instituciones educativas. Como cuna de los acontecimientos que han definido la historia social y política del país no hay una receta más acertada que recorrerla, a pie si es necesario.

Aunque la ciudad pareciera estar sumida en un afán rutinario, tiene en cada localidad huellas históricas que han sido reconocidas por escritores como Gabriel García Márquez, Mario Mendoza, Antonio García Ángel y León de Greiff. Son cientos de literatos quienes han narrado a través de novelas, crónicas, cuentos y poemas su visión sobre el estallido del Bogotazo, la toma del Palacio de Justicia y la formación de los barrios en la capital.

A mediados de 2016, la Gerencia de Literatura y el área de Arte, Ciencia y Tecnología del Instituto Distrital de las Artes lideraron el proyecto ‘Literatura, Bogotá y memoria’. La idea es difundir la literatura bogotana a través del reconocimiento del patrimonio urbano y arquitectónico de la ciudad. Para su ejecución, el docente Andrés Torres Guerrero colaboró con una investigación que desembocó en la creación de una ruta literaria, que será instrumento para recorrer tres localidades del centro de la ciudad: Mártires, La Candelaria y Santa Fe. Posteriormente se quiere trascender la investigación hacia otros barrios como Chapinero, Teusaquillo y Kennedy.

La localidad de los Mártires se ubica en la parte centro-sur de la ciudad. El nombre de la zona se debe al parque en el que fueron fusilados algunos personajes notables de la independencia de Colombia. El cuentista y crítico literario José Antonio Osorio Lizarazo, uno de los precursores de la novela urbana en el país, describió con precisión la esencia del lugar. Casa de vecindad (1978) fue la posibilidad de dar cuenta de los anhelos y frustraciones de personajes sumidos en el florecimiento urbano de la Bogotá de los años veinte. Se trata del diario de un tipógrafo que se hospedaba durante un tiempo en un inquilinato donde se encuentra con la vida de un puñado de inmigrantes campesinos. A través de la obra de Osorio, el lector puede descubrir que muchas cosas permanecen en el territorio. En los años en los que sucede la novela, dicha vecindad era un lugar en el que se multiplicaban expendios clandestinos de chicha y casas de prostitución. Actualmente, en la localidad de Mártires, se conservan casas o piezas de alquiler y las viviendas se cruzan con burdeles improvisados.

La Candelaria, por su parte, ha sido una de las localidades que más han inspirado a escritores e investigadores. Cuando la cineasta cubana Wendy Guerra llegó a Bogotá desde La Habana, escribió Jugar al capitalismo. Es quizás uno de los relatos que mejor logran ubicar al extranjero en el centro de la ciudad: “Amo el set gris, la elegancia de sus mujeres, los abrigos largos de sus transeúntes, la mirada perdida de los niños que rescatan un globo inexistente en el cielo encapotado y a veces lujurioso”. Guerra recuerda con emotividad, incluso, una ciudad en la que es costumbre salir a desayunar por fuera de casa los fines de semana.

En los años cincuenta, los cafés en Bogotá eran escenarios políticos. Eran tiempos en que el permanente estado de violencia partidista impedía la reunión pública y por ello las tertulias de café daban lugar a una discusión más discreta en el corazón de la ciudad. Gabriel García Márquez relató esa realidad en Vivir para contarla (2002). El texto autobiográfico del nobel colombiano cuenta sus experiencias en cafés como El Windsor, El Molino y San Marino: “El Windsor hizo su época de políticos famosos. Era uno de los cafés más perdurables y fue refugio del caricaturista Ricardo Rendón, que hizo su obra más grande allí y años después se perforó el cráneo genial con un plomo de revólver en la trastienda de la Gran Vía”. García Márquez cuenta en el libro que prefería visitar El Molino, café de los poetas mayores, ubicado a 2 metros de su pensión y en la esquina crucial de la avenida Jiménez de Quesada con carrera séptima. En el café no permitían ‘estudiantes de mesa fija’, pero, según él, en ese lugar consiguió camuflarse y aprender más de las conversaciones que de cualquier libro de texto. Saint Moritz es uno de los cafés bogotanos que aún conserva cierta esencia desde su apertura en 1937. Está ubicado en el callejón de los libreros y desde hace unos pocos años enfrenta su cierre definitivo por cuenta de remodelaciones del sector. Sus dueños se resisten a entregar el predio a sus propietarios porque temen perder el patrimonio inmaterial que encierra la edificación. Es, además, uno de los seis cafés sobrevivientes del Bogotazo, entre ellos: el Café Pasaje, la pastelería Belalcázar, el Salón La Fontana, el Florida y La Romana.

Las librerías, al igual que los cafés, son pequeños descubrimientos que se esconden en los pasadizos bogotanos. El escritor Iván Thays recuerda en Interior, uno de los relatos de Bogotá contada 3 (2016), la ruta para llegar al aposento de los libros: “Él mira hacia adelante y la gente, mojada y húmeda, es una marea humana. La ciudad se ha convertido en un mar que debe navegar. Camina con esfuerzo y logra avanzar. Se topa de pronto con una enorme librería de viejo llamada Merlín. Son tres pisos de libros. Recoge el paraguas y entra al lugar. Empieza a caminar por los libreros, a leer el nombre de los libros”. Quince años atrás, Célico Gómez, un estudiante de Literatura, abrió ese anaquel literario comenzando el milenio. Para encontrar su fachada discreta basta con caminar por la carrera octava con calle 16: cerca de la entrada se puede ver a Gómez con la cabeza entre los libros y con una prudencia propia de quien se ha leído el mundo.

Foto: Diana Rey.

El estallido del Bogotazo también hace parte de la narrativización de Bogotá. García Márquez lo relató en Vivir para contarla, cuando en medio de una corrida de toros se anunció el asesinato de Gaitán: “La expresión más tenebrosa del estado de ánimo del país la vivieron aquel fin de semana los asistentes a la corrida de toros en la plaza de Bogotá, donde las graderías se lanzaron al ruedo indignadas por la mansedumbre del toro y la impotencia del torero para acabar de matarlo. —¡Se jodió este país, acaban de matar a Gaitán frente a El Gato Negro!”.

Asimismo, Arturo Alape en su libro El Bogotazo. Memorias de un olvido (1983) recuerda los tiroteos de calle en calle, el desespero y las peleas de la medianoche hasta cuando el ejército llegó a los alrededores del colegio La Merced. Después de dicho episodio, que no solo marcó nuevas pautas políticas en el país, sino que dividió la historia de la capital, surgieron las guerrillas en acto de rebelión como efecto colateral del asesinato de Gaitán. En 1985, la toma del Palacio de Justicia por un comando del Movimiento 19 de Abril perpetró uno de los más crudos hechos del siglo XX en el país, con una respuesta desmedida del Estado, que a sangre y fuego incendió el centro del poder de las cortes. El M-19 mantuvo cerca de 350 rehenes entre empleados del Estado y visitantes del Palacio. La historia oficial dice que hubo 98 muertos, incluidos 11 magistrados. Desde entonces, diferentes textos reviven los relatos olvidados entre la angustia. Mario Mendoza cuenta en Apocalipsis (2011) la desconfianza que aún permanecía en las calles luego de unas semanas de la toma del Palacio. Los allanamientos del ejército en la zona parecían ser permanentes a pesar del tiempo transcurrido, y por ello el número de mudanzas hacia el sur de la ciudad se acentuaba. Las guerras (2013), de Pilar Quintana, es otro de los textos que transportan al lector hacia los hechos. En una sala familiar, las imágenes palpitantes de un televisor encendido preocupaban a los espectadores: “Militares haciéndose señas y avanzando hacia el objetivo; el pañuelo blanco que un rehén agitaba desde una de las ventanas; los tanques de guerra entrando por la puerta principal; el Palacio en llamas; los rostros pálidos y asustados de los rehenes que salían del edificio, ilesos y escoltados por los militares hacia el Museo Casa del Florero en la acera de enfrente. Trece de ellos nunca regresaron a sus casas. De once, no se volvió a saber nada”.

La localidad de Santa Fe, por su parte, otro de los puntos del mapa literario, cuenta con varias leyendas en torno al barrio Las Nieves. Por ejemplo, “La hostia incorrupta”, del historiador Pedro María Ibáñez, una de las historias de Crónicas de Bogotá, (2014) publicado en la recopilación Libro al Viento Capital, en la que el autor cuenta un dato curioso del colegio Las Nieves: “En septiembre de 1764, en una de las casas del barrio contigua al Hospicio o Colegio Noviciado, que entonces era de los jesuitas, donde vivían Simón de Torres y María Páez Celi Zambrano, se habían sentido repetidas veces espantos, entre otros, el de un penitente que entrando a una sala de la casa se azotaba delante de un crucifijo”. Otro de los relatos más comunes que aún conservan su historia en las paredes de recintos bogotanos es “El jeroglífico de Caldas”. En el momento de marchar hacia el patíbulo, Caldas grabó en las escaleras del Colegio del Rosario una gran O, partida por una línea. “Al signo se le ha dado la traducción de “¡Oh larga y negra partida!” y sobre esta bella tradición se inspiró el artista bogotano Alberto Urdaneta para crear, en cuadro al óleo, una de sus mejores obras, que guarda el Museo Nacional”, se narra en el relato del libro de crónicas.

Durante la celebración de la versión número 30 de la Feria del Libro en Corferias, en la carpa de la Alcaldía habrá un mapa de la lectura de Bogotá que incluirá este recorrido por su memoria literaria con los tres puntos específicos, además de algunos folletos con la información del proyecto. Actualmente, el área de Arte, Ciencia y Tecnología se encarga de la construcción de una aplicación web que brindará a la ciudadanía la posibilidad de hacer una autorruta por las localidades de Mártires, La Candelaria y Santa Fe. Se planea hacer visitas guiadas durante la FilBo, que serán avisadas a través de la página web de Idartes.

“Consideramos que el proyecto es una buena herramienta para que los bogotanos conozcan el centro de la ciudad a través de una ruta literaria que les permita indagar no solo sobre la arquitectura del centro sino sobre el patrimonio literario de la ciudad”, dice Alejandro Flórez, gerente de Literatura de Idartes. Ante la valiosa posibilidad de empezar a crear pertenencia de la memoria bogotana, basta con invitar a los lectores a abrir las páginas de cientos de libros en los que también se encuentra una misteriosa ciudad tutelada por los cerros.

*Periodista.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.