Una réplica de la cabaña donde Thoreau vivió dos años lejos de la sociedad. Foto: Farrell Grehan.

El llamado del bosque: la luz de Thoreau

Ahora que el desmonte de la democracia estadounidense parece estar en plena marcha bajo la administración de Donald Trump, un grupo de intelectuales de ese país ha decidido buscar inspiración en un ensayo de Thoreau, dos siglos después de su publicación. ¿Qué tanto se puede aprender de un escritor que rechazaba las acciones en masa, abogaba por un férreo individualismo y en su momento se opuso a pagar impuestos?

2017/03/24

Por Hernán D. Caro* Berlín

El 4 de julio de 1845, en el aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el ensayista, naturalista y fabricante de lápices Henry David Thoreau decidió alejarse –al menos a una distancia modesta– de la civilización y largarse a vivir al bosque. Los motivos de Thoreau eran tan categóricos como bien conocidos, a causa de haber sido citados, probablemente, un par de miles de veces: “Me fui al bosque porque quería vivir deliberadamente, enfrentar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido”. El retiro, que duró poco más de dos años, resultó ser, y no solo para Thoreau, muy fructífero. Fue el origen de dos pequeñas y peculiares obras literarias que se cuentan entre las más populares e influyentes de la literatura estadounidense.

La cabaña en el bosque donde Thoreau vivió hasta septiembre de 1847 la había construido él mismo junto a un lago llamado Walden, a menos de una hora a pie desde el centro de Concord, la pequeña ciudad en el noreste estadounidense donde el autor vivió toda su vida. En 1854, basado en las notas redactadas en su cabaña, Thoreau publicó un librito titulado Walden, la vida en los bosques. La obra trata sobre el experimento de vivir lejos del mundo industrializado, es declaración de independencia personal y viaje espiritual, así como crítica y sátira social, cuaderno de notas de un amante de la naturaleza y manual filosófico. En 18 capítulos, Thoreau reflexiona sobre la soledad, las necesidades materiales, emocionales y sociales o la lectura de autores clásicos, y presenta observaciones, a menudo muy detalladas, sobre los animales y las plantas que encontró al lado del lago.

Ya antes de publicar Walden Thoreau había escrito sobre algo relacionado con su estancia en el bosque. Aproximadamente un año después de irse a vivir a la cabaña, el autor se topó con el recaudador local de impuestos, quien le exigió el pago de cierto tributo estatal. Thoreau se negó a hacerlo, a modo de protesta contra la guerra mexicano-estadounidense –que finalizó en 1848 con la pérdida, por parte de México, de un enorme territorio–, así como contra el esclavismo negro, una de las principales bases económicas de Estados Unidos en el siglo XIX. Pasó una noche en la prisión y habría permanecido allí si una de sus tías, en contra de la voluntad de Thoreau, no hubiera pagado el impuesto por él. A partir de esta experiencia, en 1849 apareció el breve ensayo Resistencia al gobierno civil, titulado más tarde Desobediencia civil, cuya tesis principal es que los ciudadanos tienen el deber de impedir que el gobierno actúe en contra de sus conciencias, y de oponerse de modo individual a posibles injusticias sociales llevadas a cabo por el Estado.

Henry David Thoreau retratado por Benjamin D. Maxham. Galería Nacional de Retratos en Washington DC.

Desde que el gran público descubrió ambas obras de Thoreau, tanto la figura del autor como su pensamiento (o al menos fragmentos especialmente inspiradores, reconfortantes o provocadores de sus escritos) han estado presentes de modo vigoroso en la mitología intelectual, ciertamente no solo la estadounidense. Activistas como Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., escritores como León Tolstói, Marcel Proust y Ernest Hemingway, el arquitecto Frank Lloyd Wright o científicos como B. F. Skinner y E. O. Wilson reconocieron la influencia de Thoreau. En 2015, la autora Kathryn Schulz, de The New Yorker, produjo cierta polémica al sostener que Thoreau no era más que un misántropo, un hipócrita y un moralista moralmente inconsistente. Y el diario The New York Times reportó recientemente sobre “Walden”, un videojuego en el que el reto principal es vivir, à la Thoreau, una vida de simplicidad en medio de la naturaleza.

Por estos días, Henry David Thoreau experimenta una ola más de popularidad. Este 2017 se celebran los 200 años de su nacimiento, y así, junto a congresos y exhibiciones, este año trae una nueva y voluminosa biografía (Henry David Thoreau: A Life, de L. Dassow Walls) y varios libros sobre temas particulares, desde aspectos místicos de la obra del autor (Expect Great Things: The Life and Search of H.D. Thoreau, de K. Dann) hasta su relación con la naturaleza (R. Higgins: Thoreau and the Language of Trees o Thoreau’s Animals, de G. Wisner). Pero hay algo más. Desde el desconcertante ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y tras las amenazas y medidas inquietantes con que ha iniciado su gobierno, el nombre de Thoreau es mencionado una y otra vez cuando se trata de comprender cómo una protesta civil contra un gobierno percibido como injusto se podría ver hoy en día.

“En Concord he viajado muchísimo”

Thoreau nació el 12 de julio de 1817, como uno de los cuatro hijos de un fabricante de lápices local y su esposa, en la pequeña ciudad de Concord, Massachusetts, cerca de Boston. Entre 1833 y 1837 estudió Literatura, Filosofía, Matemáticas y Ciencias Naturales en la cercana Universidad de Harvard. A su regreso a Concord, dictó clases en la escuela pública y fundó con su hermano una escuela propia, que aplicaba métodos pedagógicos progresivos para su tiempo, como excursiones a la naturaleza y la aspiración de no golpear a los estudiantes. La escuela cerró en 1842, tras la muerte del hermano de Thoreau.

En esta época Thoreau conoció al ensayista y poeta Ralph Waldo Emerson, quien también vivía en Concord, y que se convirtió acaso en la figura más influyente –de forma tanto intelectual como práctica– en la vida de Thoreau. Emerson, junto con otros habitantes de la pequeña ciudad (entre ellos la feminista Margaret Fuller, el poeta Ellery Channing y el pedagogo Bronson Alcott), formaba parte del círculo trascendentalista, el cual sostenía –a partir del idealismo alemán, el hinduismo o el escepticismo del filósofo británico David Hume–, que la naturaleza es la manifestación de un “espíritu interno” (Emerson), que los seres humanos son intrínsecamente buenos, que el conocimiento subjetivo intuitivo es más veraz que el conocimiento empírico objetivo, y que la sociedad y sus instituciones corrompen a los individuos, quienes, por tanto, deberían seguir mejor sus propias conciencias que regulaciones estatales o religiosas. Los trascendentalistas eran, en su mayor parte, pacifistas, defensores de los derechos femeninos, conservacionistas ambientales y abolicionistas, y fueron ellos quienes animaron a Thoreau a escribir. Walden y Desobediencia civil bien pueden ser consideradas dos de las principales obras del trascendentalismo estadounidense.

Viejo Puente Norte de Concord, Massachusetts. Via WikiCommons.

Entre 1841 y 1844, Thoreau vivió durante largas temporadas en casa de Emerson y trabajó como tutor de sus hijos, como su secretario y jardinero. Después se hizo cargo, durante algunos meses, de la fábrica de lápices familiar. Tras abandonar la cabaña en el bosque de Walden, en 1847, Thoreau retomó el trabajo en la casa de Emerson y la fábrica de su familia, se dedicó a dar conferencias en el círculo trascendentalista, a escribir en abundancia, por temporadas colaboró con el llamado “Ferrocarril Subterráneo” –una red clandestina que ayudaba a esclavos afroamericanos a escapar de las plantaciones del sur– y se volvió un lector pertinaz de obras científicas e informes de viaje. (Al menos en lo que respecta a las distancias físicas, durante su vida Thoreau se alejó solo un par de veces más de una decena de kilómetros del lugar donde nació, lo que recuerda, guardadas las proporciones, a otro viajero sedentario célebre: el filósofo alemán Immanuel Kant). Para el final de su vida, el 6 de mayo de 1862, Thoreau había escrito un centenar de ensayos filosóficos, políticos y científicos, informes de viajes locales y varios volúmenes de diarios personales. Pocos años después se habría convertido en uno de los santos patronos de la llamada literatura universal, y Desobediencia civil y Walden, en dos de sus clásicos.

Parar la máquina, ¿pero cómo?

Por lo cual no sorprende que, ahora que el desmonte de la democracia estadounidense parece estar en plena marcha, algunos consideren que Thoreau tiene un par de cosas que decir. “Mis impuestos van a ayudar a la construcción de un muro en la frontera con México y no a gente enferma. Van a contribuir a la destrucción del medioambiente y quizá a más armas nucleares”, decía hace algunos días al diario británico The Guardian un profesor en Nueva York llamado Andrew Newman, quien ha decidido, presuntamente junto a algunos otros estadounidenses y siguiendo el ejemplo de Thoreau, no pagar sus impuestos a modo de protesta civil contra el gobierno de Trump.

Thoreau escribió en Desobediencia civil: “¿Cómo debe comportarse un hombre frente al actual gobierno estadounidense? Digo que no puede asociarse a él sin humillarse. No puedo aceptar ni por un instante a esa organización política como mi gobierno, que es también el gobierno del esclavo”. Ya que para Thoreau –al menos en el contexto en que escribía– las vías democráticas usuales también parecen ser deleznables (“Incluso votar por la cosa correcta no es hacer nada contra ella”), el individuo que siga su propia conciencia debe convertir su propia vida en “una contrafricción dedicada a parar la máquina” y “no prestarse al mal que rechaza”. La medida de protesta y acción personal por la que Thoreau abogaba es, pues, negarse a pagar tributos al Estado injusto, incluso a riesgo de aterrizar en la cárcel. (La decisión de vivir en el bosque con lo menos posible responde también a ese razonamiento).

Frase de Thoreau, cerca de su cabaña en Walden Pond. Dice: "Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido".

Ahora bien, el dictamen de Thoreau, “La única obligación que tengo derecho de asumir es la de hacer en todo momento lo que creo correcto”, es sin duda problemático (¿por qué no habríamos de suponer que muchos votantes de Trump actuaron justo sobre este principio?). Pero aparte de eso, uno bien se puede preguntar cuán efectivo o incluso posible es no pagar impuestos. Como el mismo Newman admite, “mis amigos y colegas están muy interesados […] pero también dicen: ‘No quiero ir a la cárcel’”. Y más allá de ello, en un complejo sistema gubernamental de leyes e instituciones, la pregunta fundamental es, a fin de cuentas, cuán adecuado, cuán maduro, cuán responsable es el camino del individualismo radical, la “emigración interior” que Thoreau personifica, de cara al reto que enfrenta hoy la democracia estadounidense (o cualquiera). Como Kathryn Schulz escribía en The New Yorker: “Una nación de ásperos individualistas […] ciertamente no necesitaría un gobierno. Pero una nación así jamás ha existido”.

Parecería entonces que, si de luchar de trata, la manifestación masiva organizada podría quizá obtener resultados un poco más palpables –suponiendo que muchos estadounidenses quisieran abandonar su usual reticencia a las protestas colectivas–. Pero eso, claro está, significa dejar a Thoreau (quien escribió: “Hay poca virtud en la acción de las masas”) en paz en el bosque.

*Doctor en filosofía y periodista.

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