Crédito: Carlos Julio Martínez.

Los cerros testigos

El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural abrirá, a partir de enero, la exposición 'Oriéntate, los cerros son tu norte', en el Museo de Bogotá. Los cerros, como se demuestra en este reportaje, son testigos de una historia rica, problemática y compleja. Un viaje a su pasado, un recorrido por su presente, una mirada hacia su futuro.

2016/11/22

Por Diana María Pachón*

En la Plaza de Bolívar, un guía turístico señala la escultura de la Virgen María, de 15 metros, que corona el cerro de Guadalupe. Cuenta que durante el terremoto de 1962, la colosal mujer se cayó de bruces por el temblor y quedó tendida en el suelo. No esperó la ayuda de los hombres por miedo a que la trasladaran o la convirtieran en material de construcción, y decidió aprovechar sus influencias con Dios para mover su rocosa figura. La megavirgen se paró, limpió el polvo que le había salido de las entrañas y, de una zancada, regresó a su pedestal para seguir observando la ciudad. “Ella sabe que tiene la mejor panorámica de Bogotá”.

—¿Es una leyenda?

—Yo la vi –responde el guía.

La virgen, con poderes de movilizarse, según la imaginación del hombre, y que cumplió el capricho de permanecer en el sitio, ha visto el devenir bogotano desde los años cuarenta, época en que el artista Gustavo Arcila Uribe la terminó de moldear con sus manos y la puso en la cima. Desde allí, la madre de Dios ha recreado su divina vista en primera fila y sin enemigos aún que le usurpen el lugar.

Más allá de la importancia religiosa de los cerros orientales, hay que destacar el valor geográfico. Sin ellos, en Bogotá se perderían cientos de habitantes que usan esta cadena montañosa como brújula para llegar a sus destinos. También estarían despistados los que miran las pendientes para determinar si el tiempo es de lluvia o de sol. Pero, según Mauricio Uribe, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, la labor de las montañas, aparte de ser orientadoras de coordenadas y detectoras de lluvias, protegen a la ciudad de los vientos fuertes, neutralizan el clima y detienen el paso de las espesas nubes obligándolas a descargar sus aguas sobre la capa vegetal, para llevarlas a los afluentes capitalinos.

Por ese motivo Bogotá es Bogotá. Los indígenas de la Sabana, antes que los españoles, sospecharon que bajo esas crestas naturales podían tener sus resguardos y cultivar sin el riesgo de perder las cosechas. En agradecimiento, se encaminaban por la ruta de la sal, conocida hoy como la carrera séptima, y subían a lo más alto de las cuestas para ofrendar esmeraldas y oro a los dioses del Sol, la Luna y el viento. Además, por la proximidad con el cielo creían que era la residencia de las divinidades y el lugar de los estados más sublimes del alma.

Cuando llegó Gonzalo Jiménez de Quesada, cansado de tantas correrías desde Santa Marta en las que peleó, mató y le mataron cientos de hombres, decidió hacer un alto en su andar al descubrir la sabana y su culminación en los cerros. El cronista Gaspar T. Mollien escribió al respecto: “Quesada escogió bien el emplazamiento de la ciudad debido a que es abrigada de los vendavales del este, se abastece de aguas siempre frescas y puras, y domina el llano porque le permite defenderse de los enemigos que pudieran venir por ese lado”.

La noticia del nuevo poblado, fundado en 1538, se propagó a paso de caballo, luego cruzó el mar y llegó a los oídos de los jerarcas españoles que se pusieron contentos de seguir extendiendo sus dominios en América. Ya con el territorio ganado, el siguiente paso consistía en propagar la religión católica y el idioma entre los indígenas para que se convirtieran en verdaderos súbditos de la Corona, pero ¿cuál método escogieron para quebrantar la fe de los muiscas y, en general, de todas las etnias? Los ríos sagrados fueron rebautizados con nombres cristianos (San Francisco, San Cristóbal, Arzobispo); y en los lugares de adoración a Xue y Chía, que se encontraban principalmente en los cerros, construyeron santuarios. Según Gonzalo Molina Sánchez en su libro Guía de árboles, uno de los más animados con la imposición religiosa fue el sacerdote Juan de Castellanos, que consideraba los bosques como criaderos de pestilencia. En 1575, el gobierno español, tomando como ley las palabras del sacerdote que era considerado una eminencia, emprendió la tala de los nogales por ser el árbol que adoraban los nativos.

Debido a la evangelización, las iglesias se convirtieron en la prioridad arquitectónica por encima de las sedes de los delegados de España. Entre los siglos XVI y XVII se construyeron una veintena en la naciente ciudad, la primera fue la de San Francisco, en el casco urbano. Pero como una iglesia en la cima tiene más observadores, y por lo tanto potenciales feligreses, levantaron en la cumbre de tres cuestas, en territorios de adoración indígena, las ermitas de Monserrate, Guadalupe y La Peña.

Ante la oleada de cruces, algunos de los muiscas terminaron por convencerse de la nueva creencia por miedo a la ira del Dios católico, y otros intentaron continuar las costumbres pero estas se fueron degradando con el pasar generacional.

Hoy Monserrate es el atractivo turístico y religioso más importante de Bogotá. El primer domingo de enero de cada año se forma un trancón humano desde el inicio del recorrido y por las más de 1.600 escalinatas que llegan hasta la puerta de la iglesia. Los encargados de la organización deben coordinar para que no suban más de 7.200 personas, sin contar las que prefieren usar el teleférico o el funicular. Marchan seres de diferentes nacionalidades que se toman fotos con cada flor que encuentran, y férreos católicos que avanzan de rodillas, con camándula en la mano, para que Dios les dé preferencia a la hora de escoger los milagros.

El gran don y la mano del hombre

Lejos del bullicio, las filas y las misas, como si los milagros fueran repartidos al azar y sin miramientos de rezos o penitencias, un ingeniero que solo quería caminar por un páramo encontró de sorpresa una especie que la mayoría de los colombianos solo vemos en las diminutas monedas de 50 pesos. La posibilidad de encontrarse con un oso de anteojos en los páramos de la capital es tan extraordinaria y escasa como atinar a los números de una lotería. Jaime Andrés Herrera, el aventurero afortunado, logró fotografiar a dos oseznos y a su madre osa en el Parque Nacional Natural Chingaza, que conecta con los cerros orientales y surte de agua a la capital.

Cuando la foto fue publicada, los biólogos, activistas ambientales y el propio alcalde de la ciudad, Enrique Peñalosa, la compartieron en sus redes sociales y celebraron la noticia. La presencia de esta especie indica que los páramos se están recuperando luego de siglos de deforestación desde la época de la Colonia.

Además de la aparición de los osos, otros animales han salido más confiados de sus madrigueras gracias a los procesos de arborización. En Usaquén, a espaldas de los edificios que se erigen sobre las faldas de la montaña, un tigrillo de pelaje grueso fue descubierto en 2014 mientras merodeaba en busca de conejos salvajes. También se hallaron especies que se creían desaparecidas como el curí de la Sabana y el cusumbo andino, este último es un mamífero del tamaño de un roedor y con un hocico casi tan largo como su cuerpo.

El corredor de los cerros tiene una extensión de 14.000 hectáreas, diez cumbres y abarca cinco localidades desde el norte hasta el sur. Aunque para los capitalinos es un bonito telón de fondo que siempre ha estado y seguirá allí, es el patrimonio más importante de Bogotá. Según el biólogo y periodista Eduardo Arias, si un día amanecemos sin cerros vamos a estar buscándolos como desesperados y todo se despelotaría. “Solo con mirarlos el subconsciente reconoce que hay una identidad”.

Para que el sentido de pertenencia aflore en la mente de los habitantes, la Alcaldía Mayor, por medio del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural programó para enero de 2017 una gran exposición que abarcará las seis salas de la Casa Sámano, sede del Museo de Bogotá. La finalidad es mostrar la influencia que ha ejercido ese telón de fondo en la ciencia, la historia, el ambiente, la cultura y la sociedad bogotana por medio de fotos, pinturas, videos y crónicas. “Nos definimos por nuestras montañas como Cartagena se define por sus murallas, Honda por el río Magdalena, Santa Marta por el mar y Leticia por la selva” afirma Daniel Tarazona, miembro del equipo de curaduría de la exposición.

La muestra, denominada Oriéntate, los cerros son nuestro norte, pretende ser el inicio de un macroproyecto ambiental. El primer paso consiste en despertar la conciencia por medio de la memoria, y luego la puesta en marcha de un sendero ecológico, de aproximadamente 80 kilómetros, que recorra las montañas. Hoy en día la interacción con los cerros es escasa por los problemas de seguridad, pero se planea una intervención y accesibilidad que no afecte los ecosistemas, con repercusiones positivas en la sociedad. Además del sendero, pensado para deportistas y hasta personas con algún tipo de discapacidad, se van a implantar sistemas contra incendios a lo largo del recorrido para hacer un plan efectivo en caso de alguna emergencia.

En la historia de los cerros no se puede decir que siempre han sido verdes y de follaje espeso. Durante la época de la Colonia, los nuevos constructores talaron, hicieron canteras y vaciaron ríos, con la mentalidad ciega de que los recursos eran inagotables. Además del auge de la construcción, los árboles eran el único medio para obtener calor y preparar los alimentos. A medida que se levantaban casas cada vez más grandes por las ambiciones citadinas, el monte se fue vaciando hasta quedar hecho un peladero. Fue hasta el siglo XIX, cuando se agotó la fiebre, que se dieron cuenta de que el campo, como el ser humano, también puede agonizar.

Sobre este tema, el diplomático francés Augusto Le Moyne escribió en su obra Viajes y estancias en América del Sur: “Pero el aspecto de Bogotá es triste lo mismo de lejos que de cerca, pues sus alrededores están desprovistos de árboles que pudieran velar. La monotonía de las laderas desnudas de las montañas que las enmarcan, cuyos tintes grises o sombríos se confunden con los de las pesadas techumbres de teja que tienen todas las casas”.

Omitiendo la preocupación estética de Le Moyne, el mayor inconveniente de la deforestación fueron los derrumbes y las inundaciones por la ausencia de árboles. Los dueños de canteras y la élite bogotana acusaban a los habitantes humildes de los barrios cercanos a las pendientes de ser antihigiénicos y atentar contra la salud pública por bañarse en los ríos. Era tanta la necedad de estas clases sociales que publicaron artículos, a comienzos del siglo XX, que hablaban de los peligros latentes de vivir cerca de gente tan sucia. El estigma culminó gracias a un artículo del ingeniero Diodoro Sánchez, en la revista Anales de la Ingeniería, en el que trata el tema de la falta de bosques y propone métodos de reforestación.

Después de meses en los que discutieron sobre los árboles que se debían sembrar, ganó el eucalipto por la calidad de la madera y su rápido crecimiento. En 1919 se sembraron 160.000, y al año siguiente 122.000, la mayoría eucalipto, pero también cedro, arboloco, pino y nogal, la planta satanizada en la época de la Colonia.

A partir de 1970, emergen de los barrios populares de los cerros, hombres y mujeres que se resisten a la construcción en sus montañas. Aunque no sumaban, en ese entonces, medio centenar de miembros, protestaban con pancartas y en voz alta, cada vez que algún alcalde o presidente se le ocurría la idea de levantar moles de cemento en el monte. En 1973 ganaron la primera pelea con el Estado. Ese grupo de críticos ambientales evolucionó con el tiempo y ahora se constituyeron en la cooperativa Mesa de Cerros. Gracias a la labor de ellos se han cerrado canteras, evitado construcciones y creado campañas para la protección de la naturaleza.

El pensamiento ambientalista, llevado a la práctica, ha rescatado el 60% de la naturaleza oriental de Bogotá. Se espera que para el quinto centenario de la fundación de Bogotá, en 2038, se hallen especies nuevas, se incremente el número de osos de anteojos y, lo más importante, que los bogotanos reconozcan que en esa naturaleza, aparentemente quieta, existen riachuelos, cascadas, colibríes orejivioletas, mariposas que parecen de alas invisibles y flores moradas que parecen racimos de campanas. Solo con el conocimiento podemos amar a esos cerros que nos han sostenido durante siglos.

*Periodista.

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